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Mayo, pasado y presente

El valor de una fecha patria no se define de una sola vez, sino que se construye constantemente.

02 de mayo de 2010 a las 12:02 a. m.
Rogelio Demarchi (especial)
Mayo, pasado y presente

Ya que entramos en mayo, el mes del Bicentenario, ¿por qué no reflexionamos un poco sobre el tema?

A quien le interese la propuesta, el primer libro que debe buscar es Doscientos años pensando la Revolución de Mayo (Sudamericana, 2010), realizado por una cátedra de Historia Argentina de la Universidad de Buenos Aires, con la coordinación de Raúl Fradkin y Jorge Gelman, y pensado para el gran público.

Demuestra que el valor de una fecha patria no se define de una vez y para siempre, sino por el contrario, que se construye constantemente, estableciendo una tensión entre el pasado y el presente.

En palabras de Gelman y Fradkin, "el pasado no es sólo un territorio de circunstancias que han transcurrido ya irremediablemente, sino también un terreno de combates desde el presente, de disputas por asignar sentidos a un determinado recorrido y, desde allí, posicionarse ante el presente".

En consecuencia, "la Revolución de Mayo no fue sólo lo que sucedió, sino lo que sucesivas generaciones y apropiaciones intelectuales hicieron con lo que pensaban que había sucedido".

Veamos algunos ejemplos. Para nuestros románticos de la Generación del ’37 (Echeverría, Sarmiento, Alberdi), la revolución estaba incompleta. Faltaba librarla en el plano de las ideas y desarrollar, a partir de ellas, una nueva identidad nacional. En ese contexto, Mitre introdujo dos elementos que tendrían trascendencia: que la revolución era el producto de "los grandes hombres" y que una nación argentina preexistente al 25 de Mayo daba sentido a la revolución.

Entre fines del siglo XIX y el Centenario, un nutrido grupo de intelectuales más o menos relacionados con el campo de la política (Joaquín V. González, Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía) asumió el estudio histórico y se preguntó por la participación de los sectores sociales y de las fuerzas provinciales en la revolución.

Poco después, nuevos actores se incorporaron a la discusión: los revisionistas, que provenientes de un ideario nacionalista, venían a discutir la historia oficial escrita por la tradición liberal, de modo que impugnaron a muchos próceres del panteón hasta entonces establecido (Rivadavia, Sarmiento) y trataron de limpiar el buen nombre y honor de otros (Rosas, los caudillos).

Hacia 1960, cuando se conmemoró un Centenario y medio de la Revolución de Mayo, la fuerte politización que sacudía a toda la sociedad a derecha e izquierda también se vivió al interior de los estudios históricos. De Rodolfo Puiggrós a Milcíades Peña, de José Luis Romero a Jorge Abelardo Ramos o José María Rosa. Son los años en que por ley se creó la famosa Biblioteca de Mayo, que reúne documentos, memorias y relatos de la revolución.

Ya en nuestro tiempo, un amplio abanico de nuevas miradas enriquece la lectura de nuestro pasado a costa de destruir las muchas falsas certezas que nos transmitieron las generaciones anteriores. Son cuestionamientos que incomodan porque erosionan la autocomplacencia argentina, que no es poca.