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Los crímenes de la calle Morgue

Poe inauguró, con Los crímenes de la calle Morgue , el género policial, mérito que mejor explica la persistencia de su lectura y su categoría de clásico.

27 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
Los crímenes de la calle Morgue

Dos mujeres que vivían solas han sido asesinadas en una habitación inaccesible mediante una brutalidad tan exacerbada y desmedida (a una la estrangularon y embutieron su cuerpo en la chimenea, la otra sufrió el degüello y la mutilación) que no se compadece con la aparente ausencia de un motivo criminal. La habitación se encuentra en el cuarto piso de un edificio ubicado en una calle marginal de la París de principios del siglo XIX, un "miserable pasaje" llamado Morgue. Una singularidad de los crímenes es el alimento de la historia y la dificultad mayor para su resolución: tanto las ventanas como la puerta del cuarto se hallaron cerradas (las llaves, incluso, aparecieron puestas por dentro). El enigma llama la atención del narrador del cuento y de su amigo, el caballero venido a menos August Dupin, un hombre de una inteligencia extraordinaria cuyo poder analítico se ampara en la genialidad de su método y en una imaginación casi sobrenatural.Los dos son pobres y viven juntos en "una casa extravagante" del bulevar Saint-Germain. Pasan todo el día encerrados con las cortinas corridas, en una penumbra apenas alterada por candelabros alrededor de los cuales leen y discuten sobre sus lecturas. Sólo salen a la noche y vagan hasta una hora avanzada para buscar, entre las luces y sombras de París, "esa multitud de excitantes mentales que la tranquila observación no puede procurar".Apenas leen en la prensa la crónica de los asesinatos, el narrador comprueba una vez más el talento excepcional de su amigo para mirar lo que nadie ve, para acercarse a una verdad "que no está siempre en un pozo porque los datos más importantes se hallan en la superficie", esa habilidad puesta a prueba por primera vez unas noches atrás, cuando Dupin conjeturó con una exactitud prodigiosa lo que su amigo estaba pensando, desde la construcción de la idea hasta el instante de su revelación, gracias a una fascinante ilación de razonamientos. Los asesinatos de las mujeres animarán, como su desafío cumbre, la inteligencia del caballero.En el diario, la fuente principal de consulta de aquellos crímenes, los hechos están contados con una sorprendente fruición por el detalle, como si el periodista fuera un avezado detective. Se describen, casi minuto a minuto, las circunstancias del descubrimiento de los cadáveres, la arquitectura del cuarto cerrado, las imposibilidades de un eventual escape del asesino sin que fuera advertido, pero, sobre todo, los testimonios de vecinos, de transeúntes de la calle Morgue y de conocidos de las víctimas que unánimemente han declarado el dato que mejor revela la complejidad del caso: la voz homicida que escucharon no parecía corresponder a ningún idioma conocido.A mitad del cuento, Dupin anuncia que ya tiene la solución, y que, para verificar su teoría –advierte ante la estupefacción del amigo-narrador–, es necesario que se presente en la casa de Saint-Germain un visitante que ninguno de los dos conoce. "No tenemos derecho a rechazar esta conclusión en razón de su aparente imposibilidad", justifica el hombre, y su sentencia se vincula con la célebre boutade del Sherlock Holmes de Doyle, su epígono literario más devoto: "Cuando todo aquello que es imposible ha sido eliminado, lo que quede, por muy improbable que parezca, es la verdad". Edgar Allan Poe (1809-1849) hizo más que escribir un cuento entretenido que apela, como motor de su atractivo, a la admiración del lector por la perspicacia inhumana de un personaje. Como señaló Borges una vez, Poe inauguró, con Los crímenes de la calle Morgue , el género policial, mérito que mejor explica la persistencia de su lectura y su categoría de clásico.