Temas del día:

Las palmeras salvajes

Dos historias conviven en esta novela, autónomas, en apariencia escindibles, aunque tal vez el calificativo que mejor les calce sea “paralelas”: al igual que las líneas geométricas, nunca llegarán a tocarse.

28 de febrero de 2016 a las 12:01 a. m.
Las palmeras salvajes

Dos historias conviven en esta novela, autónomas, en apariencia escindibles, aunque tal vez el calificativo que mejor les calce sea "paralelas": al igual que las líneas geométricas, nunca llegarán a tocarse. La relación de todos modos existe, palpable por una serie de datos brumosos pero que están ahí, a la espera de una interpretación que el lector clásico de novelas, habituado al acecho de conexiones en historias ilusoriamente inconexas, buscará decodificar atendiendo a vecindades de nombres, lugares, épocas, conflictos y propósitos, al principio sutiles y luego cada vez más manifiestas. Esto no sucede en Las palmeras salvajes con la claridad que aquel lector espera, pero es esa distinción, independientemente de la hechicería de la trama, la que de entrada le confiere su encanto. Las dos historias, rigurosamente alternadas en capítulos por William Faulkner (1897-1962), llevan por nombre "Palmeras salvajes" y "El Viejo", y tienen como núcleo histórico inmanente la Gran Depresión de Estados Unidos de 1929, ya que una de ellas se desarrolla dos años antes, en 1927, y la otra, casi una década más tarde, en 1937-1938."Palmeras salvajes" cuenta una historia de amor, truculenta, hiperbólica, disfuncional, condenada al fracaso desde que ella, Carlota, decide dejar a su marido y a sus dos hijas, su decente vida en un barrio de Nueva Orleans, para emprender con un médico residente pobre, Harry, unas aventuras peligrosas que durante dos años los llevarán a deambular por varias ciudades urgidos por el hambre, la merma del dinero y la búsqueda de un empleo digno que les permita vivir su amor ilícito hasta que la fuerza de la realidad decante (Rat, el marido despechado, entregará a Harry un cheque para que le compre a Carlota un eventual pasaje de regreso). La atmósfera de sus peregrinajes es opresiva, departamentos estrechos, habitaciones compartidas con gente inmoral, trabajos insalubres en minas de carbón en medio de la nieve de Utah, una escenografía malsana que compite con la búsqueda terca de aquella quimera ("Oye, será siempre luna de miel. O cielo o infierno: nada de cómodo purgatorio para que nos alcancen la buena conducta, la abstinencia, o la vergüenza o el arrepentimiento"), una insistencia de la mujer que tal vez tiene su fuente en un consumo excesivo de lecturas de ficción. Será un embarazo no deseado, sin embargo, aun antes que la miseria, la puesta a prueba del amor de la pareja y el disparador de un dilema moral complejo.También la historia de "El Viejo" encierra una tragedia y una redención. El diluvio de 1927 ha destruido los diques sobre los algodonales del Mississippi y obligado a la evacuación de los presos que los trabajan de sol a sol. Entre los condenados surgen dos figuras que cobrarán su importancia en momentos distintos: el penado alto y el penado gordo (ninguno aparecerá nunca con su nombre propio), ambos presos por crímenes que aparentemente no cometieron. Los dos iniciarán su aventura cuando los envíen en un mismo bote hacia las cuencas anegadas del gran río para buscar a un hombre y a una mujer embarazada que no habrían llegado a ser evacuados. La furia de la tormenta los separa pronto y el penado alto seguirá su búsqueda solo, mientras el gordo, meses después, oirá de boca del compañero la historia completa de su odisea, colosal e increíble, infinitamente humana, una especie de martirio voluntario contado con la ingenuidad de una travesura. Como Carlota, el penado alto también está contaminado de libros, una pasión por las aventuras del forajido Jesse James que primero lo mandó a la cárcel y después, como castigo a una honradez desmedida, le extendería la condena por largos años.