La vanguardia pasó a ser dependencia
La sucesión de errores locales y la exacerbación del modelo de concentración de poder en el eje porteño bonaerense contribuyeron a la postergación de Córdoba. Roberto Battaglino.
Un portal de cemento de 10 metros de altura con la leyenda "Bienvenido a Córdoba" en sobre y bajo relieve, con el logo de la Provincia, la leyenda del Bicentenario y, bien destacado, el nombre del gobernador Juan Schiaretti. Está en el límite Córdoba-Santa Fe, sobre la ruta 19 en el ingreso a San Francisco. Es un pórtico bien visible para dar la bienvenida a una provincia que se caracterizó por tener una más que austera cartelería de ingreso en su rutas de acceso. Señal imponente de que estamos entrando a Córdoba. De lo que no hay señales es de que estamos comenzando a recorrer una ruta nacional angosta, llena de trabas, desbordada, lenta, peligrosa, que siembra muertes y atraso en el corazón productivo del país. Es una síntesis de una provincia que está peor de lo que parece estar y muy lejos de aquel papel histórico de liderazgo y vanguardia. Córdoba está postergada por errores propios, de sus gobernantes, de sus dirigentes en todos los ámbitos y de sus principales actores sociales. Pero, fundamentalmente, sufre esa postergación por un esquema de país, que después de un par de centurias de concentración de poder y decisiones, decidió en la última década llevar al extremo el centralismo porteño-bonaerense. Por esas contradicciones que signaron la historia argentina, Néstor Kirchner, aquel gobernador de Santa Cruz que acumuló capital político denunciando los abusos del poder central y que hizo eje de campaña en el federalismo, profundizó el modelo unitario. Con una paulatina modificación del sistema impositivo, de manera tal que la caja nacional concentrase cada más recursos en detrimento de los distritos, y con otras acciones políticas, el kirchnerismo reforzó la tendencia de un país macrocefálico y profundamente desequilibrado. Con matices, los gobernantes cordobeses –provinciales y municipales y de casi todos los signos políticos– han adherido a esa gestión que les robó protagonismo a las provincias.La penosa (y de crudo realismo) imagen de intendentes sentados horas en la antesala de funcionarios de tercera línea del Gobierno nacional, con un paquete con salames o algún otro producto de su zona, esperando congraciarse para unos metros de cordón cuneta, es contundente.Hace rato que se abandonaron aquellas ideas de integración geopolítica, como fue la confluencia de Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos en la Región Centro, convertida hoy en un mero sello. Ni hubo integración efectiva ni hubo, como se había pensado allá por finales del siglo pasado, el armado de un bloque parlamentario que empardase el peso en el Congreso de los representantes de Capital Federal y provincia de Buenos Aires.Acciones estratégicas como el corredor bioceánico, una red de carreteras que permitiesen unir el desarrollado y productivo sur de Brasil con los puertos chilenos que miran hacia los cada vez más demandantes mercados asiáticos, quedaron en meras enumeraciones en documentos y protocolos, que sólo sirvieron para intercambiar bocaditos.Por eso no es casual que las principales rutas que atraviesan Córdoba, y que unen la capital provincial con sus ciudades más importantes, sean una muestra de atraso y frustración. Aunque nos duela, habrá que entender que la vanguardia ha mutado en dependencia.

