La soberbia armada
La Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina. Editorial Aguilar, 2013. Felipe Celesia y Pablo Waisberg.
La presidencia de Raúl Alfonsín, lo que es decir la transición a la democracia, debió soportar 13 paros generales de la CGT, como parte de la irracional oposición que desplegó entonces el peronismo, más tres levantamientos militares y, cual frutilla del postre, una delirante operación guerrillera contra el cuartel de La Tablada, el 23 de enero de 1989, hace 25 años. En La Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina (Aguilar, 2013), los periodistas Felipe Celesia y Pablo Waisberg reconstruyen, con numerosos testimonios y gran documentación, dos cosas igualmente importantes: por un lado, el asalto al cuartel; por el otro, cómo el Movimiento Todos por la Patria (MTP), fundado por Enrique Gorriarán Merlo y otros históricos dirigentes del Partido Revolucionario de los Trabajadores y su Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), más el aporte de militantes con otras experiencias políticas y sociales, decidió esa acción.En los capítulos impares, el asalto a La Tablada. Primero la llegada de los cerca de 50 participantes activos, luego el despliegue de los distintos grupos en su interior para ocuparse de objetivos específicos, finalmente el control militar y la detención de los sobrevivientes. En los capítulos pares, la historia del PRT-ERP, el "exilio nicaragüense" de Gorriarán y otros de sus dirigentes, a partir del triunfo de la Revolución Sandinista, en 1979, el ajusticiamiento del exdictador de ese país, Anastasio Somoza, su retorno a la Argentina democrática y la fundación del MTP, que hasta las elecciones de 1987 había aceptado el juego de la democracia, algo que incluyó, entre otras acciones, no sólo la presentación de candidatos, sino también su participación económica en emprendimientos comunicacionales y culturales, como la revista Entre Todos, la editorial Contrapunto y la financiación aparentemente total del diario Página 12.E n pocas palabras, los atacantes ingresaron haciéndose pasar por carapintadas para simular un nuevo levantamiento militar. Una vez que tomaran el control del cuartel, saldrían como los civiles que lograron frenar un golpe de Estado y, subidos a los tanques que sacarían a las calles, arengarían a la multitud para dirigirse a Plaza de Mayo y exigirle al gobierno que renunciara por inepto y les entregara el poder a ellos, los valientes.Es que, para ellos, los levantamientos militares habían demostrado la impotencia del radicalismo, de modo que no podrían frenar el "inminente golpe"; y las manifestaciones populares que acompañaron cada levantamiento militar indicaban que "la revolución por la vía de la insurrección era posible" ya que "el pueblo apoyaría a quienes enfrentaran a los militares". Entonces, en vez de esperar a que los militares se levantaran de nuevo, decidieron pasar a la acción, previa denuncia de una supuesta "conspiración de los turcos" (el líder carapintada Seineldín, Carlos Menem y Lorenzo Miguel) para derrocar a Alfonsín.Detrás de esa retorcida lectura de la realidad, había otra: las elecciones de 1987 les demostraron cuán lejos estaban del objetivo de alcanzar el poder, ya que no consiguieron hacer realidad ni una sola candidatura. El resultado los desanimó y los llevó a pensar que "la vía electoral demandaba mucho trabajo y sin ninguna garantía de éxito".Sin palabras.
*Especial

