La segunda transición
“En menos de dos décadas, se pasó del sueño ingenuo de la democracia al estilo europeo... a exageradas descalificaciones que asimilaron a la Argentina con algunos países africanos”, grafica Kanenguiser.
El kirchnerismo es el emergente de la crisis más profunda y peligrosa que ha vivido la Argentina contemporánea; y, como tal, es parte de aquella crisis, no su solución o superación. He allí una buena presentación del planteo que Martín Kanenguiser, periodista con estudios de posgrado en Economía y Relaciones Internacionales, propone al lector en El fin de la ilusión. Argentina 2001-2011. Crisis, reconstrucción y declive (Edhasa, 2011), cuya mayor virtud es la rigurosa reconstrucción de la primera década del siglo, con que se abre el libro. Es que el autor quiere curarse en salud: "La Argentina puede considerarse un fiel reflejo de Wikipedia a la que tanto se consulta en Internet: un sitio poco riguroso, basado en el aporte de muchas personas que no necesariamente piensan lo mismo ni tienen el mismo objetivo y que, por lo tanto, presenta datos contradictorios entre sí". Tras ese duro diagnóstico con que inicia el prólogo, Kanenguiser está obligado por igual a la meticulosidad y a encontrar ejemplos contundentes de ese defectuoso comportamiento nacional, que, además, está sintetizado en el subtítulo del libro: crisis, reconstrucción y declive. Es decir, no terminamos de reponernos de un momento negativo que ya estamos otra vez cuesta abajo en la rodada. ¿Cómo se puede explicar eso? La referencia inmediata es, por supuesto, la crisis de 2001. En primer lugar, al rastrear los orígenes de esa crisis, advierte la confluencia, entre otros factores, de una propuesta política bastante confusa (la Alianza, supuestamente una coalición de centroizquierda, estaba liderada por un conservador); una mala lectura de la situación del oficialismo contra el que se disputaba (se vio y describió a Eduardo Duhalde como el heredero de Carlos Menem, cuando era público y notorio el enfrentamiento entre ambos) y una política económica inviable, que asumía el desafío de mejorar la convertibilidad, no por afinidad ideológica sino porque salir de ella era calificado como el equivalente del Apocalipsis.Así las cosas, el país terminó donde nadie se animaba a decir que terminaría: en una crisis fenomenal que implicó, entre otros tétricos números, "un contexto de pobreza del 61 por ciento y 33 por ciento de indigencia, un desempleo del 24 por ciento, el predominio del trueque por sobre la comercialización formal de bienes y de 16 cuasimonedas que en los hechos habían reemplazado al desahuciado peso argentino".En segundo lugar, planteada la crisis, a la hora de elegir una vía de resolución, para Kanenguiser hubo una puja falsamente presentada como ideológica: el tironeo entre "dolarizadores" y "devaluadores" no expresaba un debate sobre un modelo de país, "sino la mera discusión sobre quién perdía más en esa salida después de 10 años de estabilidad en los precios". Y quien se quedó con el poder y saldó esa discusión fue Duhalde, un "cacique territorial que comprendió mejor que otros el final de una época y que contaba con instrumentos para hallar el camino hacia una diferente". Uno de esos instrumentos, acaso el más importante, fue la legitimidad que a su gobierno le otorgaron la UCR, el Frepaso y un sector considerable del PJ.Si se suman estos elementos y se los pone en perspectiva histórica, resalta un segundo rasgo negativo de nuestro comportamiento: la exageración. "En menos de dos décadas, se pasó del sueño ingenuo de la democracia al estilo europeo que imaginaron algunos intelectuales en los albores del alfonsinismo a exageradas descalificaciones que asimilaron a la Argentina con algunos países africanos", grafica Kanenguiser.En consecuencia, lo que se repite de nuestra historia es una conducta: lo que sucede a partir de la irrupción de Néstor Kirchner en la escena política sería, una vez más, producto de nuestra falta de rigurosidad y de nuestra tendencia a exagerarlo todo; por cierto, dos elementos que estarían condicionando el juicio tanto de quienes lo apoyaron como de quienes lo denostaron.Kanenguiser describe a Kirchner como el "animal político" más "osado en la toma de decisiones políticas" de los últimos años, pero no ve en él al líder progresista de centroizquierda que se ha querido construir. Por el contrario, lo cataloga como "conservador en materia de ideas económicas y cínico hasta el paroxismo en términos discursivos". La segunda transición. Primer ejemplo: "La mayor demostración de audacia de Kirchner fue en el campo de los derechos humanos, pese a que previamente no había exhibido ninguna participación o interés sobre esta cuestión, ni durante la dictadura ni luego de la recuperación democrática". Segundo: "Tomar proyectos de la oposición y hacerlos propios". Tercero: "Las rabietas presidenciales de los Kirchner no se tradujeron en promover una burguesía nacional comprometida con el desarrollo, un Estado más inteligente para atender a una sociedad más castigada, ni un modelo muy diferente al que existía antes de la crisis de 2001". Por lo tanto, en su opinión, sería más justo considerar al kirchnerismo como la "segunda transición" post-crisis 2001 –la primera fue encabezada por Duhalde, que sentó las bases sobre las que descansaría (como mínimo) la gestión social y económica de Kirchner–, exitosa hasta 2008 y fallida desde entonces, ya que acumula una serie de errores que fueron debilitando su fortaleza inicial y que representan el lastre que ni siquiera sus aliados de centroizquierda pueden explicar: "La manipulación de las estadísticas públicas, el realineamiento del presidente con los barones del PJ bonaerense, los casos emblemáticos de corrupción, la falta de mejora en los indicadores sociales respecto de la convertibilidad y la escasa audacia para adoptar medidas progresistas en materia económica y social".

