“La revolución es hoy y en este tacho"
Se proletarizó siendo estudiante de Filosofía y domina múltiples oficios manuales, pero ante todo se define un “recuperador de plusvalía”. Lo llaman Juan Ciruja.
"Hay un componente psiquiátrico entre muchos cirujas y gente en situación de calle, y yo reconozco que en algún sentido para mí es terapéutico. En el centro soy feliz porque voy tacho por tacho. En la vía pública está la mirada del otro y del Estado, pero cuando asumís la posición de ciruja creas un vacío a tu alrededor. Es muy poca la gente que rompe esa burbuja. La gran mayoría ni te mira. Y si te acercás, se aleja". El tipo es un recolector compulsivo. Colecciona descartes, tesoros malqueridos. En el gremio es un caso particular. No va tras el mango como cartonero o buscador de metales: va tras los objetos, no los materiales. "Para el burgués urbano sos intocable. Estás por debajo de un delincuente: estás cirujeando".Se llama Juan Manuel López Gimelli y nació en Rosario. De niño no conoció a su padre. Se crió en Alta Gracia con los abuelos maternos y una bisabuela. Vivían en casas alquiladas y cada dos años perdía sus colecciones. "Soy un rehabitante del siglo 20 y los espejitos de colores me fascinan. Pero fui criado en la austeridad, del poco acceso al objeto comercial, al fetiche, al objeto publicitado. Mucho deseo de tenerlo, y al mismo tiempo, muchas imposibilidades fácticas". Creció jugando en baldíos, con música de inmigración de fondo: "Historias de gente que deja una casa con todo puesto y cruza con un bolsito el océano. Ese background de que algo terriblemente valioso de un instante a otro puede no valer nada, eso que hacen las guerras y el hambre, que modifican tanto el valor subjetivo de las cosas, produjo en mi la sensación de que es posible encontrar un tesoro en cualquier lado… Y nunca pude diferenciar mucho un galeón español del siglo XV de unas zapatillas Skippy de los '60". Vino con su madre a Córdoba en 1985 para empezar el secundario. Se independizó trabajando en locales de ropa. Vendió en shoppings y llegó a encargado. Pero conoció con la cerámica el contacto creativo con la materia. "Y fue un quiebre estético, un quiebre ético; porque para la clase media por lo general los trabajos manuales son serviles". En un local de Lee fue su último trabajo "careta, como empleado". Montó un taller con un amigo. Y en 1994 empezó la carrera de Filosofía: "Y ahí fue el quiebre. Me definí ciruja y empecé a vivir bajo esta consigna: 'la revolución es hoy y en este tacho'".
De bolsa en bolsa
De recolector esporádico pasó a ir bolsa por bolsa. Desarrolló intuición y estudio, y fue armando circuitos de comercios, industrias, residencias.
“Menem. Convertibilidad. Capitalismo salvaje. Sentí que era una obligación expresar mi rechazo y cirujear era un modo. Pero al mismo tiempo me estaba dando un gusto, porque a mí las cosas me gustan, pero me parece terriblemente inmoral gastar plata en espejitos de colores. El cirujeo trajo a mi vida una satisfacción moderada permanente. Una sensación de paz”.
“En la facultad aprendimos que el sistema existencial de los griegos era la democracia. Sí, bueno, el 80 por ciento eran esclavos y el 20 por ciento eran los hombres libres. En los romanos, en la civilización egipcia y en la babilónica, los números son los mismos, y también en la Edad Media, cuando aparece el concepto de ‘proletarios’, que aportan su ‘prole’ al señor feudal. El 20 por ciento de la humanidad disfruta de ‘la popa de la historia’ diría Hegel: de los dones, las virtudes, lo moderno. Y el 80 por ciento vive sometido a la ley del mínimo. El mínimo de alimento, salud, educación y refugio por el máximo de productividad. Esas son las leyes de la esclavitud”.
Juan vive en barrio Las Palmas, en una casa que en el frente tiene las persianas cerradas, pero está abierta por dentro a un patio donde reutiliza fierros, chapas viejas, rasquetea, amola y suelda. Un amigo lo ayuda a levantar un galponcito. Ahí derivarán los materiales que saturan el departamentito anexo. Juan lo va a alquilar. A él le alcanza con ingresos equivalentes a la jubilación mínima, porque no gasta en mucho más que comida, puchos y cable, pero ahora se siente obligado a ganar cierta seguridad económica, porque vuelve su niña. La última vez que la vio tenía seis meses. Pronto llegará de México para vivir con él después de 19 años de existencia sugerida vía satélite. De la evidencia de ese karma Juan no saca la vista: él tenía 14 cuando al fin conoció a su padre.
“Durante mucho tiempo construí la fantasía de prepararme para el reencuentro. Pensaba en el hombre que quería ser. Pero estalló la guerra atómica y yo no tengo búnker… Pero su llegada me reafirma, porque estoy a tiempo de compartir con ella todo lo que tengo, que son algunas ideas, algunas historias, argumentos”.
Recuperar habilidades proletarias
Juan sabe de oficios. “Yo hago carpintería, herrería, pongo azulejos, cerámica, agua fría, caliente, albañilería… Con mi pareja, siendo estudiantes decidimos que pensar filosóficamente exigía tener la experiencia de la mayoría, que era muy importante recuperar las habilidades proletarias. Así empezamos este departamento. Porque el origen determina todo en esta sociedad. Si tuviste educación y tu color de piel es el correcto se te hace cuesta abajo. Nos sentíamos disfrutando de una ventaja injusta”.
Por entonces Juan pegó un laburo de carpintería importante y un
stock
de viejas persianas devinieron escaleras, placares y muebles. “Mi primera forma de ganar dinero con las habilidades manuales tuvo que ver con el reciclaje. Y trabajé con artistas plásticos, hice puestas con Los hermanos Eufrasio. A la par hacía trabajos de pintura, mantenimiento o decoración, siempre tratando de enchufar algún objeto mío”. Y son miles, millones. Se despliegan en esta casa como en un museo, de piso a techo, pero bajo el orden de un archivista práctico. Juan hace de “celestina”, le busca “novio” a las cosas: “Alguien que las quiera, que les dé el valor que se merecen” en una obra cualquiera, en una colección.
Allá electrónica; los llaveros colgados; en un rincón, los cuadros; chapitas en frascos; fotos en valijas y otros dos cajones con el archivo de un viejo ingeniero ferroviario. Videoteca, discoteca, biblioteca, “whiskyteca”. Perfumes importados. Juguetes. Ese cajón metálico de lavavajillas logra un andar sereno sobre las baldosas y Juan se enorgullece. ¿A quién darle tantos kilos de azúcar de colores? Acá arriba, de la pantalla de un viejo ventilador pende un manómetro, un indicador de horno y algo más. En un programa de tele, seis meses después del hallazgo, Juan descubrió que es el dial de una radio a capilla de madera y gritó: ¡Gol!
La logística, un problema
Su cuello de botella es la logística. La ciudad ofrece más de lo que un esqueleto soporta. El ciruja es su propia herramienta y un día se rompió: hernia de disco. Fue en 2012. Rato antes se había terminado su pareja de 15 años. Ella lo ayudaba en cualquier rubro y en las obras causaba sensación. Nada se movió en la sala de textiles desde que no está. Juan sufría dolores de muerte y dormía sentado. Mientras se recupera, cirujea poco y caminando: la espalda no lo deja pedalear, menos tirando del carro.
Ahora despliega sobre la mesa una completa gama de repuestos de bici y comenta: “Es un problema del capitalismo. La producción en serie abarata ficcionalmente el valor de los productos al ridículo, pero hay un costo invariable: la hora hombre no se puede abaratar porque el obrero come. Entonces cuesta más clasificar y ordenar que tirar y comprar un contenedor nuevo. En el Mercado de Abasto se tiran 10 toneladas diarias por día, y la mitad, por no sentar a un pibe a clasificar los cajones donde aparecen frutas podridas. Esa mercadería va a enterramiento y una persona sólo la puede rescatar después de que le pasaron una máquina encima. Es perverso y pasa todo el tiempo, en todos los rubros”.
El estadounidense Gregg Segal hizo posar a una serie de familias desparramadas en el piso junto a sus residuos de una semana. La potencia simbólica de cada foto es brutal. A criterio de Juan el “cirujeo” encarna una “arqueología urbana contemporánea, o comparativa”. Su propia estampa retrata “la teoría del derrame del capitalismo. ‘Podés tener un par de zapatillas de marca, pero vas a tener que rescatarlo de un pañal con mierda’”.

