"La política entró al régimen de las celebrities"
La reconocida escritora y ensayista recibió en su estudio a La Voz del Interior y habló del rol de los medios y los intelectuales.
La charla comenzó por el jazz. Podría haber sido la política y sus avatares; el Bicentenario y la posibilidad de reflexión que encierra, la literatura argentina, los alcances del término "cultura", de Néstor Kirchner o de Mauricio Macri. Pero Beatriz Sarlo, docente, escritora, ensayista, es además apasionada del jazz -"del moderno, de Coltrane para acá", aclara-. Así que empieza contando que hace unos días pudo ver a Overtone, el cuarteto que integran el contrabajista Dave Holland, el pianista Jason Moran y el baterista Eric Harland, pero que ella identifica por su saxofonista, Chris Potter. "Tengo amigos, como Adrián Iaies, que aseguran que me pierdo por un saxofonista", dice riendo, y salta al recuerdo de Billy Harper en la Biblioteca Nacional, un par de años atrás.
Autora de ensayos cardinales como Una modernidad periférica , Escenas de la vida posmoderna y el más reciente, La ciudad vista ; observadora aguda de lo que la circunda, durante la conversación con este diario Sarlo no duda en asumir la condición de intelectual desde un sentido crítico punzante que anima la reflexión continua.
"El intelectual tiene un solo lugar desde donde hablar, que es el de su saber, pequeño o grande que sea. Esa responsabilidad tiene que ver también con evitar el autoengaño y no caer en autoconcesiones", asegura mientras enciende un cigarrillo.
En el mediodía del feriado de mayo, desde su estudio de la calle Talcahuano se escuchan los rumores de una avenida 9 de Julio particularmente agitada por los movimientos del Paseo del Bicentenario, centro de las celebraciones del 25 de Mayo número 200. Aún no se produjo el cierre con el gran despliegue de Fuerzabruta y su desfile de escenas históricas y Sarlo ya se entusiasma con la inédita concurrencia masiva y con cierto espíritu de pertenencia que la celebración genera. Pero su ojo, implacable, también cae sobre algunos detalles del patriótico trayecto que ocupa varias cuadras con las representaciones de cada provincia del país.
"Lo que uno constata caminando por el Paseo del Bicentenario no es sólo el apuro y la improvisación con que fue organizado, sino la precariedad de los recursos intelectuales que en general expone cada provincia", comenta, y agrega: "Las esculturas en tamaño natural que están frente al stand de Corrientes, por ejemplo, con un poco más de ironía se convertirían en un objeto pop . Pero no buscan ser irónicas, remiten a lo que sucede cuando una provincia elige para identificarse a una paisanita y un chamamecero vestidos como figuras arquetípicas del circo criollo, junto a un yacaré, un dorado y la Virgen de Itatí en tamaño natural. Esa precariedad simbólica y de representatividad se podría atribuir también a una distribución desigual de los recursos culturales. Hablamos siempre de la distribución desigual de los recursos económicos e incluso de los recursos educativos, pero pocas veces reparamos en los accesos a formas complejas de la cultura, que son las que ayudan a pensar una identidad. Justamente la cultura es el ámbito en el que se piensa una identidad, no como programa político ni como sistema ideológico, sino como procesos de simbolización que se cristalizan".
-¿Será por la idea tan extendida que relaciona cultura con elites, que por ejemplo se puso en evidencia en las discusiones acerca del Teatro Colón?
-Sería equivocado pensar que el Colón es símbolo de una cultura de elite. Es el símbolo de la alta cultura musical, tanto su sala principal como su Centro de Experimentación. En todo caso la elite no es social, se trata de una elite cultural que las naciones deben tener, salvo que uno tenga una visión espontaneísta de la cultura.
-El Colón está en Buenos Aires, ¿puede considerarse un símbolo nacional?
-Los argentinos que no pisaron nunca el Colón también lo perciben como parte de una identidad nacional. Sería sencillo decir que a un niño del fondo del Chaco, por ejemplo, el Colón no le importa. Es muy probable que si uno evaluara todas las inversiones culturales desde ese lugar terminaría aprobando la frase con que Sartre, en un determinado momento, invadió la literatura: "¿Qué vale un libro frente a la muerte de un niño?". Esas son comparaciones que no permiten construir un país en el que ese mismo niño pueda ser incorporado a un sistema y tenga una escuela. Cuando uno recorre el país encuentra notables dotaciones culturales que están inertes.
-¿Serán parte de un pasado que tenía un proyecto de país?
-Eran parte de ciertas elites locales. Recuerdo que cuando hice una investigación sobre la escuela pública entre fines del siglo 19 y comienzos del 20, en la biblioteca del Ministerio de Educación encontré los informes anuales que los directores de las escuelas normales remitían al ministerio. Eran extraordinarios, porque mostraban gran capacidad de reflexión sobre la problemática de la escuela. Esas eran las elites locales, antes de su bestialización.
–¿Qué queda de esas elites locales hoy?–Si en 1910 Joaquín V. González decía que las elites no habían cumplido con todas sus promesas y que vivían regidas por ley de la discordia y de la facciosidad, hoy podemos decir que en las últimas décadas del siglo 20 presenciamos una verdadera desculturización de esas elites. La política entró al régimen de las celebrities. Hoy no bastan tiempo disponible y cierta independencia económica para entrar en política. Es necesario buscar fuertes apoyos económicos para llegar y eso crea un sistema que inevitablemente conduce a pactos que se traducen en corrupción. Manifestaciones –¿Esa "desculturización" tiene que ver con las nuevas formas de populismo? –Desde que las elites culturales dejaron de influir sobre los grandes públicos, aun si desde cierto punto de vista eso puede tener consecuencias democratizadoras, el debate social y político se ha empobrecido notablemente. Al mismo tiempo, los medios de comunicación, sobre todo los audiovisuales, creen no tener tiempo para exponer esos problemas en su complejidad y en sus múltiples factores. Si alguien en televisión quiere explicar de qué manera, por ejemplo, la corrupción influye en la vida de la gente, necesita hacer un razonamiento largo. Y la televisión no tolera un pensamiento articulado.–Por eso muchas veces reduce el tema corrupción a los ladrones de gallinas…–La corrupción es una especie de enfermedad, que a la gente a veces le importa mucho y a veces más o menos; pero que nunca se muestra desde las consecuencias de la acción política de los gobiernos y los políticos corruptos. Si hay algo que no está politizado, en el buen sentido de la palabra, es la corrupción. –¿Cómo es eso?–La corrupción no se explica en los medios en su proyección sobre las decisiones públicas, para eso sería necesario convertir un hecho de corrupción en un hecho político. No podemos asumirla como una enfermedad, mucho menos como un destino. Tal vez el último que tuvo la idea de politizar la corrupción fue Chacho Álvarez, cuando renunció a la vicepresidencia, acaso pensando que podría restituir una perspectiva política sobre esa perspectiva "cualunquista" que no hace otra cosa que quitar prestigio e influencia a la política. –¿Cómo se manifiesta esa "perspectiva cualunquista"?–El caso más impactante es el de Francisco de Narváez. Convenció con un buen equipo publicitario, sin necesidad de explicar muy bien cómo lograría las soluciones que prometía. Estos políticos de nuevo tipo restan jerarquía al cargo por el que compiten. No hablo sólo de las candidaturas testimoniales de Kirchner, que me parecen una medida política terrible; hablo también de De Narváez o de Gabriela Michetti. ¿Cuándo se los ve en el Parlamento? Compiten por esos cargos y enseguida les quitan jerarquía, abandonándolos a una tropa de asesores que les avisan cuándo llega la televisión para que aparezcan. Esto no contribuye a que las instituciones vuelvan a llenarse de sentido frente a la ciudadanía. Las ideas que hacen funcionar las instituciones deliberativas, como por ejemplo que para discutir las cosas hace falta tiempo, son hostiles a una política de celebrities, una política que tiene que ver con la instantaneidad y los planos televisivos. Lecturas–¿Qué lugar cree que le queda al periodismo ante este panorama?–Yo hago una diferencia entre el periodismo escrito y el audiovisual, porque las noticias se regulan de acuerdo con otro peso, con articulaciones diferentes en un ámbito y en el otro. Creo que en el periodismo escrito todavía hay reglas a las que hay que responder. Es cierto también que estas reglas son vez más laxas y es probable que este sea el último momento de ese periodismo. En el continuum televisivo, la jerarquización de las noticias es distinta; se trata de un happening informativo, que necesita de un quiosquero asesinado para un buen cierre.–De todas maneras las notas de política no figuran entre las más leídas en los diarios.–Es cierto, aunque el foro de lectores indique que tuvo 400 comentarios. La cantidad de comentarios no tiene que ver con la repercusión. Por un lado están los comentaristas de Kirchner, que son una brigada que está en los foros de todos los diarios; por el otro está el aficionado, el que también llama a las radios, que es siempre el mismo. Al final resulta que ese tipo de artículos llegan a la clase intelectual, la política y los más cercanos, nada más.–¿Por qué cree que no se leen?–La sociedad se va desentrenando en la lectura. Hay lectores potenciales que, al dejar de leer, pierden la capacidad de moverse en la complejidad mínima de un artículo de opinión. Si uno piensa que los diarios que modificaron el periodismo en Argentina lo hicieron sobre la base de artículos complejos, con escrituras renovadas… Pienso en La Opinión o Primera Plana, cuyo éxito fue haber renovado la escritura complejizándola. Esos lectores ya no están. Están los lectores de la Web y ahí hay que surfear. Esa es una metáfora precisa: nadie puede surfear despacio, se caería. La idea del surfeo y la navegación crea un tipo de lector, posiblemente atento a los vínculos y a los links, para el que permanecer un rato con una materia escrita no es posible. –¿Cree que la Web reemplazará al papel en un corto plazo?–El auto no desplazó a la bicicleta. Creó dos categorías, diferenciadas por principios y hasta por estilos de vida. Sabemos cómo leemos en pantalla y cómo leemos en papel y que son dos lecturas diferentes. El papel nos da un plus de reflexión, de tiempo, la posibilidad de volver sobre una página. El papel quedará para un sector y el asunto es ver qué le va a ofrecer el papel a ese sector. Los diarios en su competencia con la Web necesitan de los intelectuales. La jerarquización de las firmas es uno de los recursos a los que hoy apela la prensa como nunca antes. Esa tentación no la tenían los intelectuales de hace 50 años, cuando en los diarios firmaban muy pocos. –Y los intelectuales, ¿no necesitan de la prensa?–Por supuesto, diría que no hay intelectual sin prensa y eso crea situaciones complicadas. Porque por un lado el intelectual sabe que si quiere intervenir necesita de la prensa, si no sería un académico o un escritor en su casa. Pero debe resolver de qué manera regula esa necesidad, para que no lo condicione en su pensamiento. –Un equilibrio difícil… –Desde una perspectiva progresista desearía que el papel ofreciera la mayor amplitud posible, que haya instituciones educativas que permitan al lector elegir su medio y que las entregas para la lectura sean lo más democráticamente distribuidas, en la Web o en el papel. –En un sentido más amplio, respecto a la variedad de contenidos y opiniones en los medios, ¿cree que la nueva ley que regula los medios audiovisuales podría ser eficaz?–Los monopolios avanzan, acá y en todo el mundo, y no creo que sea bueno. Es una cuestión importante, que hay que resolver porque tiene que ver con la libertad de expresión. Después viene la organización de lo mediático. La discusión tiene sus matices, porque, en su momento, Kirchner les dio todo a los monopolios; y ahora los enfrenta con una ley que es una discusión con el capitalismo empresarial y que establece los niveles de concentración. Otra cuestión es el diseño de una estructura de medios públicos. Esa es la zona de la ley que no me convence, porque establece prácticamente una mayoría automática, con una clara tendencia a que el gobierno, Kirchner o quien siga, tenga la mayoría. Creo que los entes que manejarán los medios públicos deberán ser independientes de los gobiernos. Desde ahí se podrán entablar las batallas ideológicas, políticas y simbólicas para imponer contenidos; batallas ganadas o perdidas según la perspectiva de los actores. Lo que hay que garantizar es el pluralismo. Esa es la cuestión.

