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“La oposición hace lo posible por suicidarse”

Marcelo Cavarozzi fue uno de los intelectuales fundadores del Club de Cultura Socialista. En esta entrevista, analiza el rumbo de las democracias de la región y de la Argentina ante la campaña electoral.

08 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma (Especial)
“La oposición hace lo posible por suicidarse”
En américa latina. “Hay una fuerte crítica a los programas económicos neoliberales, pero más allá de etiquetas como socialismo bolivariano, socialismo del siglo 21 o Estado plurinacional, no se advierte una clara arquitectura de la economía polít

Marcelo Cavarozzi exhibe una larga trayectoria en el ámbito académico argentino y latinoamericano. Durante la reciente edición del Congreso Nacional e Internacional sobre Democracia, que organiza cada dos años la Universidad Nacional de Rosario, analizó las distintas rutas que hoy siguen las democracias de la región y deslizó su posición crítica frente al peronismo. "En este país, hablando metafóricamente, somos todos peronistas", ironiza. Cavarozzi integró, en 1984, el grupo de intelectuales fundadores del Club de Cultura Socialista, cuyo principal promotor fue José Aricó. En ese ámbito de debate también hicieron sus aportes Beatriz Sarlo, Carlos Altamirano, Juan Carlos Portantiero, Hilda Sabato y José Nun, entro otros.El espacio creado por Aricó impulsó la discusión sobre el pensamiento de izquierda, pero a la vez puso de manifiesto su interés de participar activamente en la apertura política y cultural que comenzaba a vivir el país en aquel momento. Como continuador de aquel ideario orientado a fomentar los valores de la democracia, el pluralismo y el respeto por las minorías, Cavarozzi sigue con mucha atención el desarrollo de la actual etapa que viven Latinoamérica y Argentina. –Las democracias latinoamericanas del siglo 21 no transitan un mismo camino. ¿Cómo define las distintas alternativas planteadas? –Hay dos rutas y un caso excepcional, que es Colombia. En una de esas rutas, elegida por Bolivia, Venezuela y Argentina, predominan los cortes y rupturas, fundamentalmente hacia mediados y fines de la década del '90. En la otra encontramos casos como Brasil, Chile y México, que optan por una continuidad de estilos, aunque con distintos matices. –¿Qué implica la primera ruta? –Las rupturas dan como resultado la apertura de espacios políticos en los que emergen nuevos actores, que desarrollan su estrategia sobre la base de una doble negación. Por un lado niegan o cuestionan a los partidos políticos tradicionales, en algunos casos empujándolos a la desaparición, tal como se advierte en Venezuela o Bolivia. Por otro, hay una fuerte crítica a los programas económicos neoliberales, pero más allá de etiquetas como socialismo bolivariano, socialismo del siglo 21 o Estado plurinacional, no se advierte una clara arquitectura de la economía política. –¿Qué pasa en la otra ruta, en la que usted ubica a Brasil, Chile y México? –En el caso de Brasil, se observa la continuidad del viejo modelo estatista-desarrollista, que acumula sedimentariamente novedades y reformas. El programa semineoliberal de Fernando Henrique Cardoso no fue modificado sustancialmente por Lula. En México, por otra parte, también es posible advertir la continuidad del proyecto pergeñado por Carlos Salinas en 1988. En Chile, por último, observamos cierta continuidad del modelo instaurado por Augusto Pinochet, no sólo por medio de una constitución autoritaria, sino también por un programa económico que, sobre todo durante los cinco últimos años del pinochetismo, tiene características neoliberales bastante diferentes a los programas de los Chicago Boys de los años '70. –¿Cuál es el desafío de ambas rutas en la actualidad? –Esas dos rutas a las que aludo perfilan distintos escenarios desde fines de 2010. Aunque no es un momento de crisis económica general en los países de la región, asistimos al fin de la etapa más estelar del auge de las commodities , que quizás sigan teniendo significación, pero ahora con precios menos retributivos y con demandas que se ajustarán según el crecimiento de la producción de soja en China, o la demanda de cobre, para citar productos arquetípicos. –¿Cómo puede impactar este nuevo escenario en las democracias regionales? –Se sentirán crujidos en los sistemas de cada país, aun en aquellos con tendencia a la continuidad de estilos. En principio, vemos cómo en Brasil se puso en peligro el gobierno del PT y en Chile aparecieron cuestionamientos a cuatro meses de la asunción de Michel Bachelet dentro de su propia coalición, donde ya se está discutiendo quiénes van a ser los candidatos del 2017, lo que es una locura. Por supuesto, también se observa una situación compleja en México, agudizada por un problema muy grave como es la ausencia de poder territorial de ese Estado que fue tan fuerte en otro momento, lo que se traduce en el debilitamiento del poder central en muchos espacios del territorio mejicano, no sólo a manos del narcotráfico. –¿Esos crujidos tendrán la misma intensidad en los países con líneas de ruptura? –En el caso de Bolivia, Venezuela y Argentina, pero más patentemente en los dos últimos casos, como consecuencia de la muerte de sus principales líderes, puede haber sacudidas más importantes. Pero me parece excesivo hablar de fines de ciclos o modelos, especialmente en el caso argentino. ¿Por qué digo esto? Porque en nuestro país ese modelo no existe. En realidad hubo una adaptación exitosa en torno a una constelación de hechos que se dieron en 2001-2003, a partir de la profunda crisis de la que emergieron dos maestros de la política como Néstor y Cristina. El dilema es que su fórmula de cesarismo presidencialista ahora enfrenta un inevitable y gran problema, como es la sucesión. –Un caso excepcional que cita es el de Colombia. –En Colombia las políticas económicas y sociales no muestran discontinuidades, en la medida que tradicionalmente fueron menos relevantes, al tener un Estado mucho menos presente en la sociedad. Hablar de políticas neoliberales en ese país no tiene sentido, porque el Estado siempre fue débil. Pero sí pesa mucho la problemática de la violencia y el manejo de ese fenómeno por parte de los gobiernos. Podemos decir que hubo un corte con Uribe, en forma coincidente con la crisis de los dos partidos tradicionales, Liberal y Conservador. Uribe emerge del liberalismo y propone una política de mano dura que tiene una acogida impresionante en la población. En 2010, antes de que se bloqueara la posibilidad de su segunda reelección, casi el 70 por ciento de la población colombiana lo apoyaba. –¿Hay vida en el sistema político argentino después del peronismo? –No podemos hablar de vida después del peronismo, porque el peronismo sigue. Es probable que se acabe el kirchnerismo, aunque eso tampoco es absolutamente seguro. El planteo debería ser qué peronismo va a seguir, pero antes tenemos que saber si va a ganar un peronista la próxima elección presidencial. Por ahora los candidatos más firmes de extracción peronista son Scioli y Massa, si es que no se posiciona un tercer candidato del kirchnerismo duro. Si gana un peronista, todos irán detrás del que gane, habrá una nueva versión del peronismo. Si no gana, se abre un período de puesta en cuestión de la existencia del peronismo histórico tal como lo conocemos, pero siempre con su tradicional capacidad para recomponerse tras las derrotas, como ya vimos después de 1983 y 1999. –¿Cómo ve a la oposición? -La veo mal. Unen hace todo lo posible por suicidarse día a día, lo cual es increíble o quizás no, si tenemos en cuenta que es un espacio tan diverso. –¿Es una cuestión de dogmatismo? -Yo no veo nada dogmático. Es la lucha por el poder. No advierto que haya ningún dogmático fuerte, quizás en cierta medida Pino Solanas, pero el resto de los dirigentes son totalmente pragmáticos, desde Binner pasando por Cobos y Sanz, hasta Lilita. Todos luchan por el poder y cada uno trata de llevar la lucha al terreno que más lo beneficia. Y después está la oposición del macrismo, que ha tenido la habilidad de construir espacios en algunas provincias, como Córdoba, Mendoza y Santa Fe. La incógnita del macrismo, y también de Unen, es en qué medida podrán penetrar el 25 por ciento del electorado nacional, que es el conurbano bonaerense. Esa es la gran pregunta.

Perfil

Marcelo Cavarozzi es doctor en Ciencias Políticas desde 1975, grado académico que alcanzó en la Universidad de California (Berkeley, Estados Unidos). También se recibió de contador público en la Universidad de Buenos Aires, en 1964. Desde 1997 es docente de la Maestría de Políticas Públicas y Gerenciamiento del Desarrollo y del Doctorado en Ciencia Política de la Universidad Nacional de San Martín. Dirige el programa de estudios “Política en América latina del siglo 21”, en la Universidad Nacional de Rosario. Es profesor visitante en la Universidad de Georgetown y escribió numerosos libros sobre la democracia en Argentina y Latinoamérica.