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La metamorfosis

El joven viajante de comercio Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto. Ese momento extraño, que principia la historia en su primera frase, parece tener un indicio justificativo en que la noche de Gregorio ha sido alterada por un sueño intranquilo. ¿Puede una pesadilla ser la causa de una mutación? 

21 de junio de 2015 a las 12:01 a. m.
La metamorfosis

El joven viajante de comercio Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto. Ese momento extraño, que principia la historia en su primera frase, parece tener un indicio justificativo en que la noche de Gregorio ha sido alterada por un sueño intranquilo. ¿Puede una pesadilla ser la causa de una mutación? Dentro del género fantástico todo puede suceder, pero La metamorfosis , a pesar de ese comienzo, o quizá por él mismo, es de un realismo crudo y crítico en el que no faltan sus rasgos más visitados, como las injusticias de clase y la interpelación social. Porque muy pronto se olvidará esa distinción de Gregorio, y su transformación pasará a ser una realidad tan corriente como verosímil, en parte por ser la única situación anómala en medio de tanta normalidad (un diamante perdido entre granos de arena), y sobre todo porque la ductilidad del escritor convence de que nada hubiera sido posible sin que el personaje apareciera en la piel de un animal con caparazón, callosidades y seis patas. ¿Qué animal es aquel en que Gregorio encarna? ¿Un escarabajo? Nunca se sabrá, y el detalle es irrelevante. Lo significativo es que Gregorio nunca volverá a ser quien fue, que esa fatalidad le impedirá mantener a su familia (a sus padres y a su hermana, Grete) pagando durante cinco años más, con su trabajo rutinario y agotador, una vieja deuda que el padre contrajo con el actual empleador del hijo.Gregorio se levantaba a las 4 de la mañana y no regresaba a casa hasta la noche. Los padres son muy viejos para trabajar y Grete, además de tener 17 años, es una joven consentida destinada a tocar el violín, cuya dedicación el hermano se ha prometido recompensar enviándola al Conservatorio. Esa prodigalidad hacia la familia, al principio encomiada y agradecida por los padres, pasará a ser sin embargo en poco tiempo un hecho tan natural y obligatorio que dejará de ser valorado. Su desnaturalización llegará a extremos inaceptables cuando el flamante insecto, primero preocupación, luego vergüenza y finalmente molestia irremediable, escuche al padre confesar que el dinero ganado por él, en vez de achicar la deuda, ha sido destinado durante años a un ahorro personal. He aquí la punta del ovillo en el argumento, quizá el inicio mismo en toda la obra de Franz Kafka (1883-1924), de aquella célebre adjetivación de su nombre impuesta a esas atmósferas grises y asfixiantes, de injusticias inexplicables e inexplicadas, que acreditan la supremacía de fuerzas que juegan a su antojo con el destino del hombre común. Gregorio lo sabe (o lo intuye, como animal que es), y ante el derrumbe económico y social de su hogar (el anciano padre ha empezado a trabajar como cadete en un banco), decide admitir la realidad en su aspecto más puro, un condenado al que la resignación le confiere un estado de redención casi heroico. Las consecuencias del nuevo orden de las cosas, esa situación provocada por su monstruosidad inoportuna, llegarán como un eco potenciado hasta la estrecha pieza donde lo confinaron, y ahí meditará él, durante esas largas noches de rincones polvorientos y visiones miopes, equilibrando su desconsuelo entre la espera del milagro que otra vez lo haga ser quien fue y el reproche por no poder ayudar a su familia. Esa comprensión del conflicto, más cercana a la de un mártir que a la de un joven explotado por sus padres, es, también, un rasgo kafkiano. Lentamente se consumirá Gregorio en ese martirio involuntario. Una manzana podrida incrustada en su caparazón, que el padre le arrojó una tarde de furia, será su esperanza redentora.