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La historia de Lidia

Junto a otros 100 voluntarios, cumple con su vocación de dar su tiempo silenciosamente, aliviando y entreteniendo a los chicos enfermos.

22 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
La historia de Lidia
Voluntaria por vocación. Hace 45 años que está en el Hospital de Niños (José Gabriel Hernández/LaVoz).

Desde hace 45 años, todos los martes, jueves y sábados va al Hospital de Niños a cumplir con el lema "Llenar de amor las horas vacías del niño internado". Es la consigna del cuerpo de voluntarios que en 1965 creó el doctor Romis Raiden. Por aquellos años, ella repartía su tiempo entre el profesorado de inglés, que estudiaba en la Escuela de Lenguas, y la compañía a los chicos del hospital. Lidia Ciminari ya se jubiló de profesora pero asegura que no va a hacerlo nunca de voluntaria. Ella representa una de las reservas humanas y morales que tiene nuestra sociedad, que ayudan a sostenerla pese a sus grietas. Junto a otros 100 voluntarios, cumple con su vocación de dar su tiempo silenciosamente, aliviando y entreteniendo a los chicos enfermos. En 45 años, nunca faltó a su compromiso. "Sólo cuando murió mi mamá y estuve un mes sin ir, pero después de eso nunca más", dice Lidia. Cuenta que en todo este tiempo algunas cosas han cambiado. "Antes, los niños recibían a sus padres en los horarios de visita, ahora los padres están con ellos todo el tiempo, entonces nuestra tarea se amplía porque tenemos que acompañar y sostener también a ellos que sufren tanto como los chicos". La vida no le dio a Lidia hijos propios, pero le llenó las tardes con chicos que la necesitaron y la siguen esperando. Hay muchos que la marcaron, pero ella recuerda especialmente a José Muñoz, un niño discapacitado motriz que fue abandonado en el Hospital de Niños viejo y se quedó a vivir hasta que se murió de un problema respiratorio a los 30 años. Recuerda que se desplazaba como dueño de casa por todo el hospital en su silla de ruedas y cuando tuvo edad suficiente se sumó al cuerpo de voluntarios. En estos días, desde el voluntariado trabajan para el festejo de la Navidad, cuando, después de una misa, un pesebre viviente itinerante protagonizado por los chicos recorrerá todo el internado; más tarde, armarán una mesa de dulces en un pasillo estratégico al que desembocan las puertas de la mayoría de las salas. Así, los chicos que puedan comerán junto a sus padres. Después llegará el turno de Papá Noel que, previo un censo que hacen los días anteriores con los nombres y edades de cada uno, recorrerá cama por cama para entregar los juguetes a cada niño internado. "Los cordobeses son solidarios, siempre nos acercan pañales, que es lo que más necesitamos, y otras cosas. La Providencia tampoco nos abandona porque cuando faltan toallas, llegan toallas, faltan mantas y alguien las acerca. Ahora que nos están faltando sonajeros, porque la mitad de los chicos son bebés, seguramente van a llegar", dice con dulzura, y en algún lugar suena el teléfono para Papá Noel.