La generación del pulgar
La discusión sobre cómo impactan las nuevas tecnologías en la vida de los jóvenes y en toda la sociedad suma nuevas voces periódicamente.
La discusión sobre cómo impactan las nuevas tecnologías en la vida de los jóvenes y en toda la sociedad suma nuevas voces periódicamente. Uno de los libros más recientes que presenta sus argumentos optimistas es Pulgarcita (2013, FCE), del filósofo francés Michel Serres. El título, aunque en femenino singular, señala a esa joven generación que hoy, en todo el mundo, activa con sus pulgares las teclas de sus teléfonos celulares para ingresar en un mundo virtual donde todo parece posible, aun cuando tenga un costo cognitivo difícil de evaluar."Las ciencias cognitivas muestran que el uso de la red, la lectura o la escritura de mensajes con los pulgares, la consulta de Wikipedia o Facebook no estimulan las mismas neuronas ni las mismas zonas corticales que el uso del libro, de la tiza o del cuaderno. Pueden manipular varias informaciones a la vez. No conocen ni integran, ni sintetizan como nosotros, sus ascendientes. Ya no tienen la misma cabeza". Un lugar donde esa nueva cabeza muestra su funcionamiento, y genera más preguntas que respuestas, es el sistema educativo. Por un lado, esta nueva generación ha desacoplado el saber del esfuerzo: "Ya no tiene que trabajar duro para aprender el saber, puesto que ahí está, arrojado, ante ella, objetivo, recolectado, colectivo, conectado, accesible cuando se desea, ya revisado y controlado 10 veces".Por otro lado, estaría demandando un nuevo tipo de docente: productor, ya no transmisor. ¿Qué le pasa hoy al docente transmisor? "Hasta esta misma mañana, un docente, en su aula o en el anfiteatro, entregaba un saber que, en parte, yacía ya en los libros. Oralizaba lo escrito, una página-fuente. Para esa emisión oral, pedía silencio. Ya no lo obtiene". ¿Por qué? Porque la generación de Pulgarcita "no lee ni desea oír el escrito dicho", ya que da por sentado que a ese saber lo tiene a un doble clic de distancia en la Web, que ahora está en su celular. ¿Existe la posibilidad de que esta generación se calle dentro de un aula? Sólo si descubre que tiene a frente sí a un docente original, uno que se anima a inventar, a presentar una nueva síntesis, o a interrogar críticamente lo que se sabe, lo que dice todo el mundo.Supongamos que Serres tenga razón en este punto y que ese nuevo docente esté disponible. Hay un problema más grave, de muy difícil solución: a esta generación le cuesta demasiado esfuerzo captar un concepto abstracto; cuando se le pide una definición de, supongamos, la belleza, en vez de explicar en qué consiste, da ejemplos, nos dice quién es bello o bella. No es lo mismo, por supuesto.Serres sostiene: "no tenemos una necesidad obligatoria de concepto" y que, en su lugar, podemos abrirnos "a las modalidades de lo posible", esto es, "a los relatos, a los ejemplos y las singularidades, a las cosas mismas". Pero eso significaría pasar del campo del concepto al campo del relato. Ya no habría un concepto de belleza, sino una suma de relatos. La generación del pulgar está en problemas y plantea problemas.

