La distancia inteligente
El cine no es necesariamente una práctica orientada al entretenimiento, sino un posible método de conocimiento, un régimen de luz.
No hay duda: el cine no es necesariamente una práctica orientada a la diversión y al entretenimiento, sino un posible método de conocimiento, un orden de visibilidad, un régimen de luz. El cine muestra, a veces demuestra, y su piedad consiste siempre en poder hacer preguntas e indagar sin juzgar cualquier experiencia humana. Un tema controversial puede ser observado a cierta distancia y clamar entonces por nuestra inteligencia. El suicidio, el aborto, la clonación y la eutanasia son tópicos delicados, en donde el límite del saber y la obediencia a las leyes y las costumbres detienen nuestra autonomía para pensar. La representación cinematográfica, sin embargo, libera ciertas constricciones simbólicas y, ante esos grandes temas con los que nadie sabe muy bien qué hacer, la razón puede aplicarse libremente a la imagen. ¿Películas sobre la eutanasia? No hay muchas películas dedicadas a la eutanasia. Se podrá discutir si Million Dollar Baby (2004), Mar adentro (2004) y Las invasiones bárbaras (2003), películas surgidas en un contexto histórico global, contemporáneas al caso de Terri Schiavo, casi un relato (cinematográfico), son teóricamente pertinentes a la hora de examinar la eutanasia, un término equívoco, a pesar de su etimología: buena muerte. Los filmes de Eastwood, Amenábar y Arcand cuestionan la obligatoriedad de vivir y postulan el derecho a elegir si se quiere vivir (o morir). En Million Dollar Baby, un entrenador de boxeo, después de que su púgil femenina tiene un accidente durante una pelea, al ver el desconsuelo infinito de una deportista devenida en tetrapléjica, quien considera que así no se puede vivir, le inyecta una sustancia hasta producirle un paro cardiorrespiratorio. Eastwood explora aquí un caso que se desmarca de la lucha jurídica y establece un pacto privado para cumplir la voluntad del convaleciente. No hay mediación médica, ni jurídica, como tampoco una reflexión teológica. Dar fin al sufrimiento es un fin en sí mismo. Distinto es el caso de Mar adentro, con el protagónico de Javier Bardem, encarnando a Ramón Sampedro, un reconocido activista por la eutanasia, marino y escritor, que se dio muerte en 1998, tras años de padecer la total inmovilidad de su cuerpo. El filme de Amenábar patentiza la lucha jurídica de Sampedro para legalizar la eutanasia. Existir en ciertas condiciones produce agotamiento físico y espiritual, más todavía cuando se han conocido los placeres de trasladarse en el espacio y gozar del propio cuerpo. La importancia de Mar adentro consiste en visualizar cómo el Estado y sus leyes atraviesan el propio cuerpo de un sujeto autónomo. En efecto, es una contienda legal y un misterioso reclamo de soberanía corporal. El poder afecta la existencia biológica. El celebrado filme del canadiense Denys Arcand, Las invasiones bárbaras , no es estrictamente un filme sobre la eutanasia, pero su personaje central, que está muriendo de cáncer, en algún momento buscará morir bien. Aquí, la moraleja es taimadamente tétrica: no sólo se necesita mucho dinero para vivir bien, sino también para morir bien. Es que las leyes no son iguales para todos, y así como los desposeídos mueren en la oscuridad por abortos clandestinos, la clandestinidad obscena del pudiente le permite dejar de respirar rodeado de todos sus amigos mientras un ser querido se conecta por satélite con el futuro difunto desde un yate en el medio del océano.

