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La columna vertebral bajo la lupa

En "Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo", Juan Carlos Torre estudia cómo se produjo la incorporación de la CGT al peronismo y lo que eso implicó para el movimiento obrero. Rogelio Demarchi.

21 de octubre de 2012 a las 12:03 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
La columna vertebral bajo la lupa
A la plaza. El 17 de octubre de 1945, los trabajadores se movilizaron espontáneamente hacia Plaza de Mayo (Télam).

La metáfora es conocida: el movimiento obrero es la columna vertebral del peronismo. En nuestro cuerpo, la columna se encarga, por ejemplo, de mantener el tronco erguido y de permitirle ciertos movimientos, y es "punto de anclaje" para varios músculos y órganos internos. Decir que los trabajadores organizados significan eso para el peronismo es mucho más que decir que el peronismo es un organismo vivo, equivale a decir que definen su forma de andar por la vida. Esa relación es lo suficientemente compleja como para que voces propias y ajenas suelan señalar, cada tanto, que tienden a confundir sindicato con partido, de manera tal que los trabajadores no peronistas terminan siendo actores pasivos de la interna peronista. Esto es así cada vez que los dirigentes gremiales adoptan determinadas medidas, no por las necesidades de los trabajadores sino por su interés en posicionarse en alguna discusión partidaria.Esa relación históricamente tuvo sus bemoles, y Juan Carlos Torre se ha dedicado a su estudio. El resultado es Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo (Siglo XXI, 2012), 11 artículos que analizan, entre otras cuestiones, la ausencia de un fuerte movimiento obrero socialista en nuestro país; cómo se gestó la relación de Perón con la CGT y sus implicancias; la participación de la CGT en el 17 de octubre; la tensión entre peronismo y laborismo en la definición de la "identidad peronista", y en una interesantísima especulación contrafáctica se anima a imaginar qué habría pasado en la Argentina contemporánea si hubiese fracasado la movilización popular del 17 de octubre de 1945. Una CGT sin autonomía. Uno de los estudios más importantes que presenta Torre analiza "la operación política" que colocaría a Perón en la presidencia, y lo que ella implicó para "la vieja guardia sindical". Los máximos dirigentes sindicales de la Argentina de 1945 habían fundado el Partido Laborista para apoyar de manera independiente su candidatura. Dos meses después de las elecciones, y antes de asumir la presidencia, Perón ordenó la disolución de ese partido y, más tarde, le quitó a la CGT toda posibilidad de independencia política cuando, al amparo de Luis Gay, la central obrera intentaba definir la plataforma que defenderían sus legisladores. Gay, en medio de un escándalo, fue acusado de traición y debió renunciar a la secretaría general de la CGT. –¿Pervive algo de aquello en la actual fractura de la CGT? Hugo Moyano trata de armar una plataforma y un proyecto político con independencia de las necesidades presidenciales. –El desplazamiento de Gay y su sustitución por dirigentes obreros más encuadrados con las directivas de Perón significó, sin duda, un recorte en las pretensiones de autonomía política del puñado de militantes de la vieja guardia sindical. La decisión de Perón no implicó, sin embargo, que a partir de entonces el movimiento sindical se comportara como una masa regimentada y proveedora de un respaldo pasivo al flamante régimen peronista. Más bien, éste debió convivir con una movilización obrera que, si bien nunca puso en cuestión su identificación política con Perón, no pocas veces desbordó las consignas oficiales, y lo forzó a intervenir sindicatos y en ocasiones a revisar sus políticas. Visto en perspectiva, y despojado de las ilusiones de la vieja guardia sindical, el proyecto laborista sobrevivió a su derrota. Lo probó la unificación nunca acabada de los trabajadores con los demás sectores dentro del movimiento peronista, para los que hubo que crear la "rama sindical". Lo probó también la tendencia siempre presente en las filas del sindicalismo peronista a intervenir en primera persona en la vida política. Inclusive en disidencia con Perón, como lo puso de manifiesto la aventura liderada por el metalúrgico Augusto Vandor, a mitad de 1960. Creo que un eco de ese proyecto de corte sindicalista anima la ambición actual de Moyano, la cual está a su vez alimentada por la tentativa del kirchnerismo de promover un "posperonismo", esto es, un movimiento menos anclado en los referentes tradicionales de los sindicatos y del llamado críticamente "pejotismo". Un Perón derrotado. Quizás la pieza más interesante del libro sea un juego contrafáctico: ¿qué habría pasado en el país si no hubiese triunfado el movimiento del 17 de octubre? –Usted define allí a Perón como el nuevo líder de un conservadurismo popular, cuyo proyecto político es bonapartista. –A mi juicio, el proyecto original de Perón, tal como despuntó hacia 1944, cuando, convertido en el hombre fuerte de la revolución de junio, lanzó su empresa política, bien podría ser visto como un conservadurismo popular que se propuso una apertura hacia los trabajadores, buscó la colaboración de los empresarios y, con el respaldo del Ejército y la Iglesia, intentó armar, bajo su conducción, una gran coalición que pusiera el país a salvo de la agudización de los conflictos sociales. Esa empresa fracasó. La hostilidad del mundo de los negocios, de los sectores medios y los partidos introdujo un cambio de planes. En la emergencia, Perón hizo un llamado directo a los trabajadores que, de ser una pieza importante pero complementaria, pasaron a ser su principal soporte social. Este fue el nuevo perfil, más radicalizado, que asumió su empresa política y fue el prólogo a la movilización del 17 de octubre. –La clave sería que los militares renunciaron al uso de la fuerza para impedir que las masas llegasen hasta Plaza de Mayo. Por lo tanto, si el Ejército sale a la calle y reprime, cambia el resultado… –Para responder a la pregunta contrafáctica que me fue formulada, exploré los eventos de ese día que dividió en dos la historia política de la Argentina contemporánea y encontré en la obra del historiador Robert Potash una clave: "Cuando analizamos el desenlace del enfrentamiento del 17 de octubre forzosamente llegamos a la conclusión de que el general Ávalos fue quien permitió el retorno de Perón. Una vez iniciada la manifestación, su decisión de no utilizar la fuerza determinó el inevitable resultado". Con esa clave, en mi ejercicio hipotético, Ávalos ordena la represión, al precio de muertos y detenidos, la movilización se desbarata, Perón renuncia a su empresa y es confinado al sur bajo vigilancia militar, sus adeptos se dispersan, se realizan las elecciones de 1946 y en ellas triunfa la fórmula de la Unión Democrática. –Con todo, Perón y los militares vuelven a relacionarse años más tarde porque se necesitan mutuamente para frenar el avance político y sindical del Partido Comunista, en el marco de la recién inaugurada Guerra Fría. ¿Por qué el peronismo sería una eficaz barrera contra el avance de la izquierda? –En mi historia virtual, el gobierno de la Unión Democrática, a poco de andar, se revela incapaz para poner freno a la agitación de masas orquestada por los militantes comunistas, que después de la dispersión de los sectores adictos a Perón retoman la iniciativa. Es entonces que los militares deciden hacia 1950 traer a Perón desde su exilio interior en la creencia de que puede aportar una salida a un país atravesado por una ola de conflictos y una grave crisis económica. Electo presidente por primera vez en 1952, las artes políticas de Perón se revelan, sin embargo, impotentes, sobre todo porque ahora acompañan la implementación de un plan de ajuste que suscita hondas resistencias. En esta reconstrucción conjetural, Perón es al final otra vez desplazado sin que los trabajadores acudan en su auxilio. Un corolario de mi ejercicio contrafáctico es la importancia del capital político. En la historia real, Perón lanzó en 1952 un plan de ajuste y luego comenzó a desandar su marcha nacionalista haciendo un llamado a los capitales extranjeros. Este viraje no provocó grandes resistencias porque entre 1945 y 1948 su gestión a favor de una mayor justicia social le permitió acumular un gran capital de confianza política entre los sectores trabajadores. En mi historia virtual, el Perón que vuelve en 1952 a la escena política no tiene esas credenciales y, por lo tanto, habrá de abandonarla rodeado de la mayor soledad, dejando atrás un país en donde, como en Chile y Uruguay, la izquierda es fuerte entre los trabajadores. La política es inclusión. Distintas secciones del libro permiten comparar las conductas del peronismo, el radicalismo y el socialismo frente a los condicionamientos que les impuso el sistema. El análisis de Torre demuestra que en la política argentina del siglo 20 no hubo nada más efectivo, para obtener el apoyo de las mayorías, que levantar la bandera de la inclusión, a partir de una buena lectura del presente: a principios de siglo, el radicalismo se expresó a favor de una inclusión política que transformara una democracia virtual en una verdadera democracia, mientras que el socialismo con su propuesta parlamentarista quedó atado a las prácticas del régimen oligárquico; más tarde, el peronismo se expresó a favor de la inclusión social, en su primera etapa, y por la inclusión de la juventud, en la segunda. –¿Esta relación entre política e inclusión sigue vigente? –Echando un vistazo panorámico al itinerario de la Argentina a lo largo del siglo 20 se puede constatar, en efecto, una sucesión de políticas de inclusión. Pero también se advierte que cada una de ellas tuvo un trámite accidentado. La democratización política impulsada por el radicalismo se interrumpió con el golpe de Estado de 1930. La democratización social promovida durante los años peronistas también tuvo un final similar con el golpe de 1955. La movilización cultural y política de sectores juveniles de los estratos medios a principios de los '70 culminó en una tragedia que dejó hondas heridas en el cuerpo social y político del país. El desenlace traumático de estas distintas experiencias no canceló, sin embargo, la fuerza de las tendencias a la integración social y política que vertebraron la trayectoria argentina y le dieron un perfil diferenciado entre los países de América latina. –¿Cuál o cuáles serían entonces los sectores a los que se les debería prometer hoy su inclusión? –Desde mediados de los '70 y con mayor intensidad en los '90, la excepcionalidad del país en la región se ha eclipsado, porque hemos asistido a un proceso inverso: la "des-incorporación" de vastos sectores populares. Con un vigor desconocido, se instaló entre los argentinos la pobreza. No es que hasta allí los pobres no fueran parte del paisaje social, pero la condición de pobres no era la antesala a una situación de exclusión permanente. Pero cuando esa condición se reproduce a lo largo de tres generaciones, estamos en presencia de la pobreza. Y esto es lo que ha venido ocurriendo en las últimas décadas, poblando los campamentos de refugiados sociales que son las villas de emergencia que rodean las grandes ciudades. Contra esa realidad más dura y consistente, las políticas de asistencia social sólo han ofrecido precarios paliativos. Y han dejado pendiente una pregunta que es nueva en la agenda pública del país: ¿qué hacer con los pobres que sobreviven en los márgenes del mundo del trabajo?El libro. Ensayos sobre movimiento obrero y peronismo. Juan Carlos Torre, Siglo XXI, 2012, 320 páginas.PerfilJuan Carlos Torre es Profesor Emérito de la Universidad Torcuato Di Tella. Ha sido investigador y profesor visitante en universidades de América latina y Europa. Entre otras distinciones, ha recibido la Beca Guggenheim, el Premio Konex en Sociología y el Premio Bernardo Houssay a la Trayectoria Científica. Sus principales áreas de interés son la Sociología Histórica y la Ciencia Política.