Temas del día:

Iglesia y civiles en el golpe de 1955

A 60 años del derrocamiento de Juan Domingo Perón, claves de un proceso que en Córdoba tuvo características especiales.

14 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
César Tcach*
Iglesia y civiles en el golpe de 1955
“Cruzados” y “ciudadanos libres”. Civiles armados celebran en Córdoba la caída del gobierno de Perón (Archivo general de la Nación).

A partir de 1949, las relaciones entre el oficialismo y la oposición se tornaron cada vez más turbias. Nuevas normativas y leyes se orientaron a constreñir la competencia política. Tres acontecimientos son ilustrativos al respecto: El estatuto de los partidos políticos de 1949. Implicaba un veto legal a dos de las tácticas que podía emplear la oposición: la abstención y la coalición electoral. El artículo 5 establecía que las coaliciones sólo estarían en condiciones de presentarse a elecciones si registraban con tres años de anterioridad a los comicios su nombre, plataforma y estatutos. Asimismo, los partidos que promoviesen la abstención electoral serían disueltos. Esta ley fue aprobada con premura y sin despacho de comisión en el Congreso. Así, Perón trataba de evitar una reedición de la Unión Democrática, la coalición con la que había competido en las elecciones de 1946. La ley electoral de 1951. Dividía el mapa electoral en circunscripciones que podían unir dos o más departamentos en el interior de cada provincia argentina y rediseñar las unidades electorales en las capitales de cada una de ellas mediante la unión total o parcial de sus subunidades (seccionales). Dado que los criterios de fusión/separación eran eminentemente políticos, y estos fueron elaborados por el propio gobierno sin efectuar consultas al resto de los partidos, el dibujo de las circunscripciones electorales permitía al oficialismo imponerse en prácticamente todo el país y lograba reducir la representación de las minorías a su mínima expresión. Este procedimiento fue identificado en Estados Unidos con el nombre de "Gerrymander". La doctrina nacional de 1952. A través de la ley 14.184 se definió como "doctrina nacional adoptada por el pueblo argentino, la doctrina Peronista o Justicialista, que tiene como finalidad suprema alcanzar la felicidad del pueblo y la grandeza de la nación". La "doctrina", desde la mirada de Perón, no se reducía a un conjunto de principios que debían ser enseñados. Como él mismo explicaba en su libro Conducción Política , suponía: "Formar apóstoles de nuestra doctrina. Por esa razón yo no digo enseñar la doctrina: digo inculcar la doctrina". La idea de una doctrina "nacional" única tenía efectos directos tanto sobre la educación como sobre la relación oficialismo-oposición: en este punto cabe recordar que ya en la Conferencia de Gobernadores de 1949, Perón había expresado que conservadores, radicales, socialistas y comunistas eran "fuerzas alentadas desde afuera" del país y carentes de "ideales nacionales" ( La Voz del Interior , 26-7-1949). En el orden simbólico latía la idea de una ruptura fundacional: el triunfo de Perón en las elecciones de 1946 habría puesto final a la era de dominación extranjera. En correlación con los aspectos precedentes, los partidos políticos desarrollaron una oposición desleal a las reglas del juego democrático, orientados a derrocar por medio de la violencia –y en cooperación con sectores militares y eclesiásticos– al gobierno elegido en 1946 y reelegido en 1951. La Iglesia llamó a sus fieles a oponerse a Perón y los llamó "cruzados". Los dirigentes de los partidos antiperonistas convocaron a sus militantes a la oposición activa, identificándolos con el nombre de "ciudadanos libres". En ambos casos, la apelación a valores absolutos (religión o libertad) refleja una dinámica política virulenta.

Militares y clérigos

Si bien inicialmente la Iglesia había visualizado a Perón como un talentoso militar que había contribuido a alejar a los obreros de la izquierda marxista y a implantar la enseñanza religiosa obligatoria en los colegios públicos, su beneplácito fue decreciendo a medida que el general mostraba proyecto hegemónico propio.

La liquidación de los sindicatos confesionales; la fuerza adquirida por la Fundación Eva Perón, que rompía el monopolio eclesiástico de la beneficencia, y, sobre todo, la disputa simbólica que implicaba la mímesis Perón-Pueblo-Nación condujeron a una resistencia que se convertiría en lucha frontal.

Así, el 24 de septiembre de 1954, una editorial del diario del Arzobispado de Córdoba,

Los Principios

, sostenía en relación al proyecto peronista que declaraba la igualdad de los hijos legítimos e “ilegítimos” (nacidos fuera del matrimonio): “La ley proyectada en nuestro país va contra la familia, contra su organización, contra su espíritu mismo. (...). Este proyecto es una prueba más del peligro de encomendar al Estado cuestiones que pertenecen a la Iglesia. Y viene a dar la razón a cuantos (...) lucharon contra la ley del matrimonio civil”.

En rigor, la búsqueda de una hegemonía confesional, es decir, de un predominio de valores y representaciones articulado por la Iglesia como institución –como diría Gramsci, de una organización del consentimiento basado en el predominio ideológico de la Iglesia– resultaba incompatible con el proyecto peronista.

También la peronización compulsiva de los militares generó fisuras en la lealtad institucional hacia el presidente. En 1954, fue inaugurado el barrio Presidente Perón en la Guarnición Aérea de Córdoba. Un busto de Evita se instaló en el barrio aeronáutico y otro de Perón casi en la puerta de la Escuela de Aviación Militar.

Los intelectuales y la izquierda

Tras los bombardeos de Plaza de Mayo de junio de 1955, el Partido Comunista de Córdoba convocó a la movilización popular para impedir todo intento de golpe de Estado, para el cual trabajaban curas, militares y oligarcas vinculados al imperialismo yanqui.

Un manifiesto de intelectuales y artistas (Gustavo Roca, Lucio Garzón Maceda, Gregorio Bermann, entre otros) expresó que el golpe no traería como consecuencia la ampliación de las libertades públicas, sino la eliminación de la legislación social progresista. Los antigolpistas, empero, reclamaban a Perón una ampliación de las libertades públicas, la democratización de los sindicatos y de la CGT, y más firmeza para separar Iglesia de Estado. El Partido Socialista, en cambio, acompañó los aprestos desestabilizadores del resto de los partidos.

Golpe militar y movilización social

El golpe militar fue recibido con beneplácito pero no con sorpresa por muchos dirigentes políticos que trabajaban en pos de su concreción. Para el 16 de septiembre la UCR había convocado a un acto en la Casa Radical. Ese día se repartieron armas en comités y en parroquias. Los comandos civiles católicos (llamados “palomas”) tomaron las radios y convocaron a la acción armada. Millares de jóvenes armados comenzaron a ocupar las calles mientras se desarrollaban los combates. Los comandos civiles de Alta Córdoba hicieron retroceder a la Policía, que había rodeado la casa de Tristán Castellano (donde estaba escondido el jefe militar de Río Cuarto, general Videla Valaguer); otros comandos, junto a cadetes de la Escuela de Aviación Militar, tomaron tras varias horas de lucha la Jefatura de Policía, en el Cabildo. Un comando compuesto por estudiantes del Partido Reformista ocupó la odiada Seccional Tercera de Policía, en el corazón de Barrio Clínicas. Otro, vinculado al Partido Demócrata, se hizo cargo de la Estación Terminal de Ómnibus. La Iglesia de los Capuchinos fue convertida en una posta sanitaria.

En el plano nacional, la gente se limitaba a escuchar por radio lo que sucedía. En Córdoba, en cambio, el protagonismo de amplios sectores civiles en el levantamiento armado constituyó una suerte de hecho fundacional sobre el que descansó una mitología provista de principios y símbolos propios. Proclamada por el presidente de facto Lonardi (el 21 de septiembre) como “Capital Provisional de la República”, pasó a ser exaltada como “Córdoba La Heroica”, “Cuna de la Libertad”, “Reducto de la Fe” y “Estandarte de una Nueva Cruzada”.

En rigor, el golpe cívico militar impidió la consolidación de un sistema de partido hegemónico. Pero constituyó también una tragedia para la cultura democrática: convirtió nuevamente a los militares en los “salvadores de la Patria” y relegitimó la participación corporativa de las Fuerzas Armadas en la política argentina. Su resultado fue una democracia sitiada y un sistema de partidos mutilado por la proscripción del peronismo.

*Profesor titular plenario y director del Programa de  Historia Política de Córdoba de la UNC. Investigador del Conicet