Hong Kong: El espejo de la nueva China
El pequeño archipiélago asiático se ha convertido en uno de los modelos de la transformación de su gigantesco vecino.
El templo de Wong Tai Sin –el más popular de Hong Kong– huele a incienso y a mandarinas. Las mandarinas allí son chatas y redondas. Desde tiempos inmemoriales, los chinos las asocian con monedas de oro. Y por eso las llevan, como ofrendas, a los templos, con la esperanza de que los espíritus hagan florecer sus negocios, multiplicar sus riquezas. El Wong Tai Sin, como tantos otros rastros del viejo Hong Kong, está encerrado entre rascacielos que oscurecen el día. Es un pequeño, pequeñísimo, oasis de tradición en el corazón de una ciudad ultramoderna, que por momentos parece el escenario de una fábula de ciencia ficción.
Todos los fines de semana, el templo desborda de gente. Es un solo templo para tres religiones (taoísta, budista y confucionista) y recibe tanto visitantes de la ciudad como de las urbes del sur de China, algunas de las cuales se encuentran a apenas una hora de viaje desde el norte. Pese que a todos forman parte de un mismo territorio cultural y étnico, es sencillo diferenciar a los hongkoneses de sus vecinos de la China continental. Los locales se visten a la última moda occidental; podrían ser ciudadanos de Nueva York, Londres o París. Los chinos del continente –sobre todo los mayores– todavía conservan un cierto estilo “soviético”: mocasines, trajes y poleras oscuras. Y fuman como locomotoras.

