Historias de un largo viaje
Durante 90 días y a través de unos 42 mil kilómetros, recorrimos el país para recoger imágenes y testimonios que alimentaron la colección “Argentinos del Bicentenario”, que se publicó junto a la revista Rumbos en 25 capítulos.
Más negra que la oscuridad de la madrugada, la silueta del caballo giró su cabeza y, por suerte para nosotros, las luces del auto lo alcanzaron a descubrir a tiempo como para que pudiéramos cruzar de carril y seguir, después de resoplar un poco de albur tras la acelerada inquietud. Era en el camino de Ushuaia a Río Grande; faltaba poco para amanecer, pero las sombras resistían en las piedras y en el lomo de un caballo negro.Andábamos siempre pensando en los muchos animales que aparecen en el camino; se sabe, las rutas pueden convertirse en escenario de muertes. Como también pudo pasar con ese otro caballo que vimos de frente mientras trepábamos la ruta hacia Tafí del Valle, es decir, en la selva tucumana. Esta aparición equina ocurría mientras nos dejábamos llevar por una sensación irrepetible: la selva abundante y frondosa, que se lanzaba en la ladera del camino incluso hasta hacer florecer árboles verticales y horizontales. Fue en medio de esa selva que, al anochecer, Atahualpa Yupanqui levantó su vista de caminante y descubrió la redonda Luna tucumana. Nosotros, en cambio, de regreso debíamos escapar de la Luna si es que queríamos evitar cualquier tropiezo con algún caballo.Las vacas también se asomaban sobre cualquier ruta, con una parsimonia que parecía señalarlas como dueñas del asfalto. Así, por ejemplo, sucedió en la eterna ruta nacional 40, en su paso por Catamarca. La vaca de la foto de tapa del suplemento, sin moverse del centro del asfalto, se presentaba como si fuera parte del horizonte.Entre las curiosidades de tanto andar, también nos ubicaron en una tarea extraordinaria: ayudar a que medio centenar de vacas cruzaran la ruta. Pasó en La Pampa, cerca de General Pico. Estábamos detenidos a un costado del camino y mientras Ramiro fotografiaba a un peón jinete en sus quehaceres, frenó una camioneta y bajó quien parecía el dueño de las vacas. Lo primero que pensamos es que venía a preguntar qué era lo que estábamos haciendo o, directamente, a decirnos que no lo hiciéramos más. Nada de eso. Era, sí, el dueño de las vacas, pero nos venía a pedir ayuda; necesitaba que uno se parara en el medio de la ruta para detener el tránsito y otro en un camino lateral, con la misión de evitar que las vacas tomaran por ahí. Puestos en acción, los animales entendieron que había que cruzar y lo hicieron con mucha desconfianza: era la primera vez que pisaban asfalto.Hubo muchos más animales sueltos de los que cuidarse, como gansos en Catamarca, o guanacos salvajes en el camino de ripio que va de Río Gallegos a Cabo Vírgenes, el último rincón del continente. En Santa Cruz, y en otras provincias patagónicas, por supuesto que alguna vez hubo que detenerse para que las ovejas cruzaran con toda lentitud. También fue muy curioso ver, en el camino de regreso del glaciar Perito Moreno a El Calafate y ya de noche, a las liebres patagónicas aparecer de pronto y zambullirse hacia los faros del auto para luego escapar a toda velocidad, aunque hubo alguna que no lo consiguió. Como tampoco lo logró una martineta, camino a Cipolletti.Pero sí hubo una presencia constante en casi todas las rutas: ésa fue la del carancho. Estaba siempre al costado del camino o inclusive en medio del asfalto, esperando que sucediera lo previsible, que un auto atropellara a un animal pequeño, aun a riesgo de ser él mismo el atropellado, como pasó en la ruta 81 de Formosa: el carancho levantó vuelo tarde y pegó contra el parabrisas, dejando una marca en el vidrio. De todos los animales que se asoman a los caminos, el carancho, acaso, es el único que sabe lo que hace.

