¿Hay democracia sin ética?
En Ocho lecciones sobre ética y derecho para pensar la democracia (Siglo XXI) Carlos Nino analiza la base ética que debe tener la democracia.
Las denuncias por corrupción contra funcionarios del Estado –en cualquiera de sus niveles y/o poderes– se multiplican; varias se transforman en causas judiciales y finalmente en sentencias, pasen muchos o pocos años. No son pocos los estudios de opinión pública que, en los últimos tiempos, han coincidido en señalar que los argentinos, mayoritariamente, percibimos un crecimiento de la corrupción pero estamos dispuestos a aceptarla si eso sirve para mejorar la economía o para solucionar algún problema del país. Esa doble descripción no es contradictoria: si legitimamos socialmente un delito, en este caso, la corrupción, con el argumento que sea, es lógico que aumente con el tiempo. Por cierto, no debiéramos legitimar socialmente ningún delito, y menos aún los que son cometidos por quienes nos gobiernan. Pero ya que lo hacemos vale preguntarnos si es posible vivir en democracia sin ética. Recordemos que la ética es la parte de la filosofía que trata de la moral, o sea que analiza el conjunto de normas morales que rigen nuestra conducta. Es probable que Carlos Nino (1943-1993) sea el especialista argentino más importante e influyente en la materia de las últimas décadas. En 1983, cuando el país regresaba a la senda democrática, dictó un curso sobre la cuestión, varias de cuyas clases acaban de publicarse en Ocho lecciones sobre ética y derecho para pensar la democracia (Siglo XXI, 2013). Según Marcelo Alegre, a cargo de la edición, Nino "fue uno de los principales exponentes del liberalismo igualitario y uno de los pioneros en la teorización de la democracia deliberativa". Como asesor de Raúl Alfonsín, fue uno de los estrategas del juicio a las juntas militares y coordinador del Consejo para la Consolidación de la Democracia. Estaba convencido de que es imposible una democracia que no se asiente sobre una base ética, y trabajó en ese sentido. Para lograrlo, proponía el "constructivismo ético" que describe en este libro. "Es deseable que la gente actúe sobre la base de principios e ideales morales adoptados libremente por considerarlos válidos luego de suficiente reflexión", dice en una de aquellas clases. En otra, sostiene que la finalidad del discurso moral "es propiciar la adopción libre o voluntaria de ciertos principios de conducta", lo que sólo es posible por vía del consenso, no por la imposición de una mayoría: si una mayoría estableciera lo que es "bueno" para todos, el resto de la sociedad no podría ni siquiera señalar cuál es su opción. La moral social que así se define es intersubjetiva, y todos los principios que la configuran son públicos y generales, y son accesibles porque son observables. En otra, analiza las distintas tesis que se han formulado sobre la relación entre el derecho y la moral. "El derecho suele reflejar en gran medida pautas morales vigentes", afirma, ya que "esta es una de condición para su eficacia".Evidentemente, o nunca aprendimos lo que enseñaba Nino, o lo hemos considerado un conocimiento inútil, o lo hemos olvidado. En cualquier caso, en la práctica, la mayoría de nosotros que avala la corrupción prefiere sus supuestos beneficios aun cuando así destruya la base de la democracia que, se supone, todos deseamos.

