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Guerra fría sobre el Ártico

El Círculo Polar Ártico puede convertirse en la mayor fuente de petróleo y gas del planeta. Mientras China busca allí recursos para una población que no para de crecer, los planes militares e industriales de Putin agrietan el consenso diplomático sobre esa región estratégica.

14 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
Thomas Gualtieri (El país de Madrid)
Guerra fría sobre el Ártico
ÁRTICO.

China alcanza la última frontera

El primer mapa del Círculo Polar Ártico se remonta a 1606. En aquella antigua representación el extremo norte del mundo se dibujaba como una suerte de inmensa isla rodeada de interminables ríos, en la que una definición genérica (pigmeos) servía para identificar a sus habitantes. Cuatro siglos después, el conocimiento de ese ignoto pedazo del planeta ha crecido tanto como el interés que despiertan sus reservas naturales, así como su condición de lugar de paso para una ruta comercial clave del futuro.

No sólo los países árticos se plantean aprovechar esa riqueza. Pese a la lejanía geográfica, también China ha puesto su mirada allí: "El interés de Beijing en el Ártico se debe a la necesidad de búsqueda de recursos, indispensables para satisfacer a una población que no para de crecer", explicó recientemente Harald Serck-Hanssen, vicepresidente del DNB, principal banco de inversión noruego, en un simposio sobre el futuro del Ártico que el semanario británico The Economist organizó en Oslo.Las posibilidades de explorar la región aumentan al mismo ritmo que sus hielos se derriten. Hay menos hielo que en 1979, año en que se empezaron a recabar datos por satélite. Varios estudios internacionales coinciden en que si no se toman medidas, entre 2040 y 2050 el Ártico quedará totalmente desprovisto de hielo. Además de conllevar peligrosas consecuencias medioambientales, esto facilitará el acceso a las abundantes reservas de carbón y uranio y, sobre todo, al petróleo y el gas del subsuelo, cuya masa representa, en los cálculos del US Geological Survey, la cuarta parte de las reservas mundiales aún sin descubrir. China no quiere quedarse afuera. Según datos de Naciones Unidas, en 2040 la población china ascenderá a 1.414 millones y casi tres cuartos vivirán en ciudades superpobladas. Además, 320 millones de ellos tendrán 60 o más años y necesitarán recursos que, por una cuestión de edad, no podrán producir.Por ello, las autoridades chinas han puesto en marcha un paulatino pero incesante acercamiento al Círculo Polar. El país se define como "Estado vecino del Ártico", pese a que el punto más septentrional de su territorio está tan cerca de la zona como de Alemania. China utiliza sus centros de investigación –como el Instituto de Investigación Polar chino– como punta de lanza para asentarse en la región. Beijing entiende sus maniobras en el Ártico como un proyecto a largo plazo. Un ejemplo, la compra de la mina de Isua, en Groenlandia. De ahí extraerá los minerales de hierro que incluyen las materias primas necesarias para fabricar acero, del que China es el primer productor mundial.

Sin peligro, por ahora

La postura del país asiático no inquieta, por ahora, a la diplomacia internacional: “Lo más importante es mantener una actitud colaborativa”, asevera Børge Brende, ministro de Exteriores de Noruega, quien restó importancia a las maniobras militares que el ejército ruso realizó cerca de las fronteras septentrionales noruegas y que amenazan con quebrar las buenas relaciones que hasta ahora han dominado el Consejo Ártico.

China también es el primer país pesquero del mundo (para 2030, consumirá el 38 por ciento del pescado mundial) y los mares del Círculo Polar constituyen una importante reserva. Para una economía basada en las exportaciones, además, el deshielo implica la posible apertura de nuevas rutas de navegación, más rápidas que las convencionales.

Peter Hinchliffe, secretario general de la Cámara Internacional de Transporte, dijo durante el simposio que “la plena navegabilidad del Ártico será una realidad dentro de 20 años, pero hay que crear ya la infraestructura y la arquitectura jurídica que la hagan posible”.

A la espera de que la situación geopolítica se defina, podría ser el propio mercado el encargado de contrarrestar los planes chinos: “Las tensiones internacionales podrían implicar un aumento de la regulación que complicarían invertir en el Ártico. Iniciar proyectos en la región pese a los crecientes riesgos medioambientales conlleva además la posibilidad de dañar la reputación de las empresas involucradas”, sentencia Harald Serck-Hanssen, del banco de inversión noruego DNB.

No siempre, sin embargo, las reglas y la mala imagen han sido suficientes para frenar las ambiciones chinas.