Eterna víctima de Córdoba
Carlos "la Mona" Jiménez es lo más parecido a un rey que tiene la provincia de Córdoba. Sergio carreras.
Carlos "la Mona" Jiménez es lo más parecido a un rey que tiene la provincia de Córdoba.
Se ganó el trono legítimamente, a fuerza de músculo y perseverancia. Nadie puede discutirle una sola de las lentejuelas con las que se eleva al cielo de los escenarios de cada fin de semana. Es el único cordobés vivo que tiene estatua: se la erigió el gobierno de José Manuel de la Sota hace pocos años en el barrio que denominó Ciudad de los Cuartetos.
Jiménez, para bien y para mal, para que lo amen y lo odien, es la prima donna de la música mediterránea, el Elvis Presley, el Sandro, el James Brown, el Maradona bailarín y autóctono que produjo este rejunte de barriadas que interrumpe desde hace siglos la carrera del río Suquía. Para miles de personas de diferentes generaciones "la Mona" es bandera, es grito de batalla, tatuaje eterno, bautismo de adolescencia, idolatría futbolera, ritual nochero, despertar sexual, alegría carcelaria. En una época de dioses hechos al gusto del cliente, "la Mona" no defrauda a sus devotos.
Algo interesante de esta biografía oficial es la insistencia en una línea que Jiménez viene transitando en la última década, a lo largo de varias entrevistas y declaraciones en las cuales insiste en victimizarse y exudar rencores que ha llevado guardados por décadas.
Pese a que para todos hoy es evidente que "la Mona" ganó y accedió al Parnaso contemporáneo -lo que sea que esto signifique-, él parece ser el único que sigue insistiendo en volver a jugar el mismo partido contra los políticos, los periodistas y los colegas que se la hicieron difícil a lo largo de su carrera.
Como otros artistas, Jiménez prefiere ignorar que él también construyó una relación de conveniencia con el público, igual que muchos políticos, y que su nombre popular le sirvió también para ser más de una vez beneficiario del poder.
Su permanente elogio a quienes llama "los negros de mierda", con ímpetu reivindicatorio, lo ha llevado a querer ignorar la violencia que también se hace presente en sus bailes y a pretender que no se le apliquen las mismas normas de seguridad que el Estado debe cuidar en todos los locales bailables.
Igual, es entendible que su pase de facturas olvide que, por ejemplo, grabó un spot para el gobierno de De la Sota cantando "Amo Córdoba, pago mis impuestos". Amor que, si era tan intenso como para salir a cantarlo, no debería haberle impedido pagar un crédito millonario que mantenía con el Banco Social de Córdoba, obtenido durante el gobierno de Eduardo Angeloz.
A Jiménez se le permite que pose de marginal pese a que es el mainstream musical. Su pose cuartetera es defendida por intelectuales que consideran bueno elogiar lo "popular", justificar la "fiesta", y temen quedar como prejuiciosos y pacatos si lo critican.
Ha sido homenajeado por gobernadores, por la Legislatura, corre riesgo de ser bendecido con un Honoris Causa universitario en cualquier momento. Un monarca con tantos logros ¿qué necesidad tiene de seguir posando de víctima eterna de la injusticia de los demás?

