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Escándalo y política

Política y transparencia. La corrupción como problema público (Siglo XXI, 2013) es una investigación de Sebastián Pereyra. Rogelio Demarchi.

28 de abril de 2013 a las 12:02 a. m.
Rogelio Demarchi*
Escándalo y política

Hace un par de semanas que no hablamos de otra cosa que de corrupción, tema del que preferíamos no decir ni saber nada hasta el mes pasado. Pero ahora, de golpe, por un programa periodístico, desde las redes sociales hasta las sobremesas hogareñas, cada quien emite su juicio a favor de una condena exprés de los denunciados. Política y transparencia. La corrupción como problema público (Siglo XXI, 2013), una investigación de Sebastián Pereyra que analiza cómo se ha transformado desde los años '90 la noción de corrupción en la Argentina, es un libro ideal para entender lo que nos está pasando. Pereyra explica la participación en el proceso de distintos actores sociales: políticos, magistrados, organizaciones no gubernamentales y medios de comunicación, que se han legitimado como agentes denunciantes. De hecho, tendemos a decir que el periodismo denuncia casos de corrupción y no que nos informa sobre casos de corrupción. Imaginemos, para entender el mecanismo, un punto de partida bien básico: los problemas públicos pueden generarnos mayor o menor interés, de modo que siempre están frente a nosotros pero no siempre los vemos. En ese sentido, la corrupción como problema público se nos podría confundir con el rumor; alguien que sabe le dijo a alguien que conocemos que Fulano (supongamos) pide coimas. Será un rumor mientras parezca verosímil pero no pueda demostrarse su veracidad. Ante el rumor, aunque más no sea por inercia, no nos queda otra opción que asumir la transgresión de la norma: todos los Fulanos son corruptos, respondemos, de modo que el comentario no nos sorprende, y cambiamos de tema. Ahora, cuando nos ponen frente a las pruebas que demuestran de manera fehaciente el delito cometido, nombres y apellidos, montos, forma de operar, roles de cada quien en la organización, entonces nos escandalizamos y exigimos castigo inmediato; como si necesitásemos confirmar nuestros valores morales para sentirnos a salvo, individual y colectivamente. Que alguien saque ya mismo la manzana podrida de nuestro querido e impoluto canasto. Para marcar bien las diferencias: si ante el rumor parece triunfar la antipolítica, frente al escándalo se afirma la política. Por lo tanto, es el escándalo –no ya el problema público– el que tiene el poder de concentrar la atención de la sociedad porque detiene todo lo que toca, por ejemplo, la agenda política misma, como bien lo describe Pereyra: "La política democrática es naturalmente conflictiva, y las denuncias forman parte de la rutina y de la vida cotidiana de la política. Sin embargo, los escándalos se caracterizan por sacar a la política de su flujo cotidiano, por interrumpirlo. Esa interrupción está vinculada principalmente al hecho de que ponen en cuestión y hasta podríamos decir que suspenden los roles y estatus asignados a los actores políticos. Su potencial degradante implica que nadie puede predecir si conservará el mismo lugar que tenía cuando todo comenzó". El escándalo sería, finalmente, una "acusación pública que conduce o implica un castigo para el acusado". Más allá del potencial castigo que le imponga la Justicia, el actor político implicado en el escándalo le teme al seguro castigo social, así que tiene que buscar el modo de minimizarlo. O renunciar.*especial