"Esa lucha no fue heroica"
Lo aseguró Graciela Fernández Meijide. Escribió Eran humanos, no héroes. Crítica de la violencia política de los 70.
Graciela Fernández Meijide comienza Eran humanos, no héroes. Crítica de la violencia política de los 70 (Sudamericana, 2013) con una pregunta: "¿Por qué este libro?", y, al responderla, confiesa que la motivación provino de otra pregunta: "¿Cómo nos pasó lo que nunca nos debió haber pasado?" Su libro, entonces, construye una respuesta posible a ese interrogante, y lo hace en términos comparativos, porque "no nos pasó a nosotros solos, esto le pasó al continente", aunque por cuestiones de presupuesto y también de lógica política se restringió a estudiar a nuestro país junto a Chile, Brasil y Uruguay, que interactuaron, en el periodo represivo, en el marco de la Operación Cóndor. Su ensayo da cuenta –a través de su propia experiencia, de una vasta bibliografía y de entrevistas a militantes, políticos e intelectuales de los países analizados– del surgimiento de la nueva izquierda y las organizaciones guerrilleras, en el contexto global de la Guerra Fría y la Doctrina de la Seguridad Nacional, bajo la influencia de distintos procesos revolucionarios (de Cuba a Argelia), el nacionalismo católico y la teología de la liberación, y la desvalorización (por "burguesa") de la democracia; cómo esas organizaciones "fueron derrotadas por las fuerzas regulares de cada país con las mismas o parecidas herramientas de represión y con relativa facilidad"; y las circunstancias particulares que en cada caso marcaron el retorno a la democracia, el tipo de análisis que cada organización combatiente realizó de lo sucedido, y cuánta justicia y verdad logró cada país en estos años bajo el imperio del Estado de derecho. –En este último caso, está claro que quien avanzó más fue Argentina, porque los militares, por la derrota en Malvinas, perdieron toda posibilidad de negociar una salida, cosa que los golpistas de otros países pudieron acordar. –Pero de un tiempo a esta parte, dice usted en el prólogo al libro de Leis y en su propio trabajo, Argentina vive una malversación de la memoria histórica. ¿Cómo, si avanzamos tanto, terminamos tomando por el mal camino? –Porque quienes fueron víctimas reales, tanto de prisiones muy crueles como de la desaparición y el asesinato, en su momento y legítimamente tuvieron sólo la caracterización de víctimas, pero hoy, yo creo que se quiere imponer –es una estrategia del kirchnerismo– que aquella juventud de los '70 fue heroica, y no se dice cuánto se equivocó y cómo no reconoció la derrota, al punto que la conducción de Montoneros manda dos contraofensivas en 1979-1980. Se dice que fueron héroes sin reconocer que eran militantes que habían idealizado su capacidad de modificación de la realidad, y que no reconocían ni la idea de democracia ni la de derechos humanos (como tampoco lo hacían los militares y quienes los apoyaban, aclaro). Puede ser que haya habido héroes en situaciones personales, pero esa lucha no fue heroica. Entonces, tenemos que hacernos cargo hoy de que esa es la realidad histórica. Otros países, por ejemplo Uruguay y Brasil, están gobernados por personas que estuvieron en la lucha armada, que estuvieron presos, que fueron torturados y que, cuando salieron de la cárcel, reconocieron que habían tomado en su momento un atajo erróneo para llegar al poder y que en el futuro iban a trabajar políticamente en el marco de la democracia. Por eso Leis tiene un enorme coraje al decir: estuve ahí, formé parte y hoy puedo decir que nos equivocamos; y lo dice con palabras bien simples. La verdad es plural Fernández Meijide afirma en su libro que está convencida "de que sostener en el presente la memoria heroica para satisfacer las frustraciones del pasado, no es una buena respuesta a las demandas del presente ni a la mirada sobre el porvenir". Por eso la distinción que articula en el título de su ensayo: no eran héroes, sino humanos y, como tales, se equivocaron. –El título de su libro, entonces, busca volver hacia atrás y retomar el verdadero camino que debía seguir la memoria histórica. –Sí, esa es la intención, aun a sabiendas de que la memoria se construye y se reconstruye a cada rato. Porque hay mucho para pensar, para escribir y para debatir. Yo creo que ambos libros, el mío y el de Héctor, lo que proponen es que discutamos esto. En las organizaciones armadas, cuando alguien "caía", se esperaba que fuera un héroe, que tolerara la tortura sin entregar información. Se comprobó que "el otro lado" había desarrollado un tipo de tortura que hasta era supervisada por médicos y era absolutamente intolerable para un ser humano. Poco a poco se fue diciendo, sobre todo en Montoneros: hay que aguantar un día, o dos días. Pero finalmente se ofreció la cápsula de cianuro, con lo cual se admite que la tortura rompe cualquier tipo de lealtad. Y estos cambios sucedieron cuando la caída de altos miembros de la conducción se traducía, rápidamente, en numerosas nuevas caídas. Estoy pensando en Roberto Quieto, por ejemplo. –Pero su título, además, es una variante de lo que le declara el director de un Museo de la Memoria y del título de un número especial de la revista "Lucha Armada", o sea que representa una idea que circula en el discurso social de un modo, diría, periférico o marginal, y no puede ocupar el centro de la escena. –Porque no ha habido una revisión a fondo de lo que nos pasó, sobre todo porque una de las trabas es que grupos que, muy meritoria y legítimamente, ocuparon un lugar testimonial en la lucha contra la dictadura y después en las denuncias y los juicios, como Madres, Abuelas, Hijos, quieren tener el predominio de la verdad. Fíjese, por ejemplo, lo que pasó con De la Sota cuando salió a proponer lo mismo que ya habíamos propuesto Claudio Tamburrini, que se escapó de la Mansión Seré, donde estaba detenido-desaparecido, y yo: que se negociara en estos juicios disminución de pena contra información fidedigna, que las Fuerzas Armadas seguramente todavía tienen. Bueno, inmediatamente nos saltaron a la yugular. Ahora, me gustaría saber cuál es la opinión de la sociedad en su conjunto que, como no suele sentirse representada por grupos tan específicos, tal vez está de acuerdo. Lo que quiero decir es que ni el Gobierno ni algunos grupos de derechos humanos del pasado pueden apropiarse de la verdad, como si sólo hubiera una, cosa que además me parece peligrosa. Yo creo que la verdad nos pertenece a todos y que cada uno aporta desde su lado para completar esa verdad. Un debate necesario Al iniciar el último capítulo del libro, Fernández Meijide elige formularse otra pregunta de doble vía, "si la búsqueda de la verdad obtura el camino de la justicia y a la inversa, si los logros en justicia clausuran el camino de la verdad". Luego de comparar lo que pasó en cada uno de los países estudiados, viene la reflexión personal, donde el recuerdo de Pablo, su hijo desaparecido a los 17 años, se asocia a la lectura del borrador del libro de Leis: "Este libro me emocionó y me provocó respeto y admiración por la valentía del autor. Coincido con él cuando nos insta a los padres de los desaparecidos a no sostener conceptos que ignoramos si serían los de nuestros hijos hoy; nos está poniendo en guardia con ese aspecto de la 'memoria fijada'". –Leis pide verdad y reconciliación, pero usted toma relativa y respetuosa distancia de ese pedido de reconciliación, apoyándose en algo que aconseja Leis: no hablar en nombre de los muertos. –Cada uno perdona lo que quiere y se reconcilia con lo que quiere, y por suerte en eso nadie se puede meter porque tiene que ver con la conciencia más profunda. Y en buena hora si hay gente que quiere perdonar y se siente reconciliada. Pero también respeto a quien no se sienta reconciliado porque el dolor fue muy grande de ambos lados. Leis, además de decir yo perdono, propone hacer una lista única con las víctimas de ambas partes. Yo digo: todavía no es el momento, esto va a causar reacciones y va a ser muy urticante para muchos, en ambos lados. Me parece que tiene que pasar un tiempo. Ahora, si a mí me aseguraran que el país entra en una zona de concertaciones y diálogos porque se hizo esa reconciliación con el pasado, yo digo que lo hagan. La realidad es que hoy por hoy me preocupa mucho más el renacimiento del paradigma "amigo-enemigo" y "al enemigo ni justicia", que tenemos en este presente y gravita sobre el futuro, que perdonar hacia el pasado. Una cosa no quita la otra, pero me parece más urgente que miremos el pasado para ver adónde nos llevó esa cuestión del "amigo-enemigo". –En función de esa preocupación, entonces, ¿estamos cerca o lejos de una nueva legitimación de la violencia? –No, recuerdo a Marx: la primera vez es tragedia, y los '70, sobre todo después de la muerte de Perón, fue tragedia; la segunda es farsa, y ahora tenemos a los jóvenes de La Cámpora, muchos de ellos bien intencionados, seguramente, que creen que hacer política es ir a un supermercado a controlar el precio del yogur. Pero además creo que si fueran capaces de llevarnos a la violencia toda la sociedad reaccionaría. Hoy no hay la militancia que había en los '70. Hoy la violencia que más me preocupa es aquella a la que se está empujando a los jóvenes "ni", que ni trabajan ni estudian. He visto hace pocos días fotos de una manifestación sindical donde se puede observar grupos de estos jóvenes totalmente drogados y tomando alcohol a las 9 de la mañana. Eso no es militancia, es acarreo de gente. –Leis pide verdad y reconciliación. Descuento, por lo que hemos hablado, que usted pide una verdad coral, construida con la palabra de todos, como su libro. ¿Pide algo más? –Pido verdad y debate sobre lo que nos pasó. Todavía se está hablando del Holocausto, todavía está sin zanjarse el genocidio armenio... No es que yo pronostique que va a ser así con nosotros. Pero nosotros tenemos sólo una parte de la verdad, que es la aportada por las víctimas, y justicia. Está faltando más verdad de parte de las propias organizaciones, cuyas dirigencias todavía están vivas, y del lado de las Fuerzas Armadas.

