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El tiempo nos mide

Una geografía del tiempo. Robert Levine. Editorial Siglo XXI, 2012. Rogelio Demarchi.

03 de marzo de 2013 a las 12:02 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
El tiempo nos mide

Un antiguo proverbio italiano asegura que "El hombre mide el tiempo, y el tiempo mide al hombre". Si la primera cláusula resulta algo obvia –porque la asociamos a la escala temporal que comienza en el segundo y termina en el año–, la segunda sorprende y nos hace preguntarnos hasta dónde y cómo puede el tiempo medirnos a nosotros. Una muy interesante respuesta llega desde el campo de la ciencia: en Una geografía del tiempo (Siglo XXI, 2012), Robert Levine demuestra que los seres humanos percibimos el tiempo e interactuamos con él de manera diferente, tanto en términos individuales como colectivos; y cuando habla de un sujeto colectivo, puede estar refiriéndose a una ciudad o a un país. Por ejemplo, "los suizos tienden a ser más conscientes de la hora que los italianos, los cariocas son por lo general más relajados que los neoyorquinos".Por lo tanto, Levine señala que en la actualidad se puede estudiar el ritmo de vida de una ciudad determinada para saber si allí se vive vertiginosamente o para encontrar los lugares donde se puede llevar una vida más relajada. "El ritmo de vida es un arreglo enmarañado de cadencias, ritmos y secuencias, tensiones y calmas, ciclos y picos que no cesan de cambiar. Puede ser regular o irregular, y estar dentro o fuera de sincronización con el entorno".La importancia del ranking que un estudio semejante puede producir es que nuestra forma de relacionarnos con el tiempo impacta sobre nuestra calidad de vida sociopsicológica; es aquí, entonces, como dice el refrán italiano, donde el tiempo nos mide."Las personas son más propensas a moverse con mayor rapidez en lugares con economías vitales, un alto grado de industrialización, grandes poblaciones, climas más fríos y orientación cultural hacia el individualismo".Esto quiere decir que el principal factor determinante de nuestra manera de "vivir el tiempo", digamos, es la economía: "Los lugares con economías activas otorgan mayor valor al tiempo y los lugares que valoran el tiempo son más proclives a tener economías activas". (De modo que también se comprueba que el tiempo es dinero.) En segundo lugar, aparece la demografía (cuanto más grande es una ciudad, la vida es más rápida), el tercer factor es el clima (el frío nos acelera), y en cuarto término figura la cultura (el individualismo nos apura).Por supuesto, el tiempo suele pasarles facturas a quienes viven, como solemos decir, a las corridas: la personalidad propensa a las afecciones coronarias está caracterizada "como impaciente, con tendencia a caminar a gran velocidad, comer rápido, hacer dos cosas a la vez y jactarse de ser siempre puntual"; y ya hay profesionales que han tipificado la "enfermedad del apuro", que puede abarcar tanto dificultades cardiovasculares como problemas de autoestima. El asunto es tan complejo que tuvo su impacto en la política (las revoluciones francesa y rusa quisieron modificar la forma de medir el tiempo) y, como suele suceder, consiguió legitimarse socialmente gracias a los avances tecnológicos: la fabricación de buenos relojes permitió que su tictac regulara la vida pública y se impusiese la puntualidad como una conducta exigible.