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El sueño de Yoyoca

Ahora Yoyoca está extasiada frente al pino de Navidad. Sus ojos brillan más que las luces. Nunca vio uno así de grande y lindo, cuenta, y se ríe mostrando su enorme sonrisa blanca.

22 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
El sueño de Yoyoca
Yoyoca los tiene a ellos. Silvia y Horacio hicieron posible que la niña y su mamá viajen a Córdoba para el tratamiento (José Gabriel Hernández/LaVoz).

Vive en el campo, en Nhashenque, un pueblo ubicado a más de siete horas de la capital de Mozambique. Su casa es una choza de paja y chapa. Ni agua, ni luz, ni zapatillas tiene Yoyoca. Apenas unos pocos juguetes, una huerta con maíz, mandioca y porotos que su mamá cultiva desde la madrugada hasta que sale a buscar agua cada mañana. Yoyoca tiene poco, casi nada, pero la tiene a su mamá, Belinha, y se tiene a ella misma, con su espíritu sufrido y compactado a fuerza de voluntad y ganas de ser. Llegó de Mozambique en el mes de septiembre para que le colocaran una prótesis que le permitirá caminar. Yoyoca perdió los pies tras sufrir graves quemaduras en un accidente doméstico en su aldea. Tenía entonces 1 año y medio y estaba en su choza con su hermanito de 3; los dos solos. Su mamá había salido a buscar agua, para lo cual debía recorrer cinco kilómetros. Yoyoca pisó el brasero que, como es el uso en su pueblo, se ubica en el centro de la precaria construcción y se mantiene encendido todo el día. Fue así que la beba sufrió quemaduras que la llevaron a perder sus pies y a desplazarse de rodillas, hasta ahora. Yoyoca la tiene a su mamá, se tiene a ella misma y tiene unas ganas inmensas de vivir. Todas ellas fueron las razones por las que, para sorpresa de los médicos, pudo sobrevivir a las quemaduras sin antibióticos ni tratamiento durante mucho tiempo. Yoyoca la tiene a su mamá y ahora también a Silvia y Horacio, quienes, vinculados a la comunidad de los hermanos Redentoristas, las trajeron a Córdoba para comenzar el tratamiento. Y a los 11 años, Yoyoca volvió a caminar, como cuando tenía 1 y medio, ahora con sus prótesis. A fuerza de ganas de ser, en estos meses aprendió a hablar castellano, perfeccionó su portugués, empezó a nadar e hizo muchas amigas en el barrio. Ahora Yoyoca está extasiada frente al pino de Navidad. Sus ojos brillan más que las luces. Nunca vio uno así de grande y lindo, cuenta, y se ríe mostrando su enorme sonrisa blanca. Dice que en su pueblo no hay adornos en esta época, sólo el pesebre que arman los padres Redentoristas en la capilla. Pero cuenta que tiene un tío rico que es dueño de una vaca y que este año la van a comer para esa fecha. Yoyoca está contenta, siempre está contenta y canta, todo el tiempo canta. Aunque le da tristeza que Given, su hermano mayor, no pueda ver el pino de la plaza España ni nadar en la pileta del complejo donde está el departamento de Silvia y Horacio. Seguro que le hubiese gustado. "Y para esta Navidad, Yoyoca, ¿qué vas a pedir?". Le da vergüenza la pregunta y baja la mirada. Seguramente no la escuchó muchas veces en sus pocos años. "Una bikini con flores, para la pileta", dice y se ríe. "¿Y tu sueño más grande?". Ahí sí contesta sin dudas, porque no se trata de gustos, ni de caprichos, sino de sus ansias de vivir dignamente. Y sosteniendo una mirada larga y segura, dice: "Mi sueño es poder correr". Y suelta una última carcajada que nubla los ojos de quienes estamos en ese momento a su alrededor.En pocos días, volverá a reunirse con su mamá y sus hermanos, volverá a su casa y a sus pocas pertenencias. Regresará cada tanto a Córdoba para los controles médicos. Además de correr, Yoyoca tiene muchos planes para su vida, quiere estudiar, ir a la facultad y formar su propia familia. Los que la conocen no dudan de que logrará cada objetivo. A pura fuerza de ser.