El síndrome de la Alianza
Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal (Siglo XXI, 2014).
La unidad de Unen, coalición que nuclea a radicales, socialistas, juecistas, el GEN, la Coalición Cívica, Proyecto Sur y Libres del Sur (y siguen las firmas), paradójicamente, a pesar de lo que asegura su denominación, es más un deseo que una realidad. Un deseo al que sus promotores debieran analizar en detalle para que su concreción no signifique una frustración ni para que desistir del intento no implique un fracaso.
Leyendo los ensayos reunidos en Los años de la Alianza. La crisis del orden neoliberal (Siglo XXI, 2014), volumen coordinado por Alfredo Pucciarelli y Ana Castellani, uno tiene la clara percepción de que Unen es portadora de lo que vale denominar como “el síndrome” de la Alianza.
Punto de partida: “La conformación de la Alianza fue resultado de un proceso sinuoso, signado por marchas y contramarchas, por conflictos y afinidades entre los actores”. Ahora pasa exactamente lo mismo, no se sabe dónde será posible que Unen vaya unido a las elecciones y en base a qué alianzas, lo que nos lleva al segundo punto: uno de los grandes obstáculos que no pudo sortear la Alianza fue “la negativa a conformar listas conjuntas en ciertas provincias, tanto para las elecciones legislativas de 1997 como en las propias elecciones presidenciales de 1999”. Entre esas provincias conflictivas, entonces y ahora, figura Córdoba.
Tercera cuestión, nadie sabe resolver esos intríngulis porque no existen protocolos, lo que también pasó entonces: “Los socios habían descuidado la oportunidad de darse reglas de juego internas, negociar mecanismos institucionales de toma de decisiones y resolución de conflictos”.
Cuarta: en esa maraña, reina la confusión sobre el sentido y los objetivos de la unión. Si entonces “para los distintos grupos la Alianza significaba distintas cosas, y sus apuestas tendían a conducirla en direcciones diferentes”, lo mismo pasa ahora: algunos piensan que el grupo está consolidado, otros quieren sumar a Macri y un tercer sector está yéndose con Massa o tiene la tentación de hacerlo.
Quinta: “A pesar del desplazamiento de Menem, el menemismo, tomado como concepción de la economía y la política, se introdujo en el núcleo íntimo del gobierno de la Alianza”. Traducido, los acérrimos opositores se mostraron luego, en la práctica, como diligentes continuadores. No sería de extrañar que ahora ocurra algo similar, ya que en algunos lugares donde gobiernan dirigentes de Unen se palpa cierto “kirchnerismo conductual” (populismo, falta de diálogo, soberbia, capricho, relato, etcétera).
De hecho, en las declaraciones de sus precandidatos presidenciales se puede notar, de un tiempo a esta parte, por ejemplo, la falta de un discurso económico coherente y alternativo, que parta de un diagnóstico preciso sobre lo que está mal hoy y explique las modificaciones que realizarían al “modelo”. En su lugar, como en su momento lo hizo la Alianza (sobre todo el Frepaso), hablan de luchar contra la corrupción imperante. No está mal, y es necesario, pero no suficiente porque eso recorta la crítica al modo como el kirchnerismo hace las cosas, sin entrar a reformular lo que hace.
La dirigencia política y la ciudadanía, cada uno desde su lugar, tienen que aprender a procesar las lecciones de la historia. Eso significa, en no pocas oportunidades, lograr diferenciarnos no sólo del otro, sino fundamentalmente de nuestro propio fantasma.

