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El pasado en la conciencia

A cuatro décadas del golpe de Estado que instauró la más sangrienta dictadura de nuestra historia, el repaso de lo vivido como sociedad sigue siendo un ejercicio necesario para sostener la memoria en alto.

20 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
Redacción La Voz
El pasado en la conciencia

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El pasado es para siempre. Está aquí, por mucho que nos apuremos a andar en el tiempo; puede parecer lejano, impreciso en la distancia, pero a veces es tan ardoroso que su aliento no deja de ser parte del aire del presente.

Han pasado 40 años del golpe de Estado del 24 marzo de 1976. Ya la mayoría de los argentinos de hoy no asistió aquel día ni a las sombras que le sucedieron, y a algunos apenas si les quedan rastros en los recuerdos.

Sin embargo, sigue entre nosotros no sólo como una marca a fuego en nuestro paso por la historia, sino como una constante advertencia a la conciencia sobre la hondura del abismo en el que caímos y, en consecuencia, sobre los fantasmas que pueden acechar en la medida en que cedamos a los engañosos alivios del olvido.

Lo que la dictadura montó en esta tierra fue una tiniebla organizada, un período de sangre y atropellos que no sólo es el más tremendo de los que vivimos en los dos siglos de existencia –tantas veces atravesada por violencia fratricida–, sino que es una hoja de espanto para toda la humanidad.

INFORME ESPECIALA 40 años del golpe

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Es que lo sufrido en Argentina es uno de esos casos terribles en el recuento de las pesadillas del mundo: fue ejercido con todo el peso del Estado, con instituciones de la sociedad toda asesinando en la clandestinidad. Esa dimensión, la de un Estado criminal e ilegal, supera el continente de cualquier discusión ideológica y pone las cosas en otro terreno.

Las palabras más negras no alcanzan para desentrañar tanta oscuridad. Ni aun en la conciencia más profunda de las sombras hay manera de conjeturar las tinieblas en las que se hundían los días, aquellos días de hierro.

Psicópatas, torturadores, depravados, violadores y asesinos comandaban la noche al amparo oficial. ¿Cómo fue posible que esta tierra pariera hombres capaces de tanto horror?

A la luz del día, ese país se despertaba como un territorio amordazado, en el que había que quitar las palabras no sólo de la voz sino de las miradas, de los gestos. El dolor tampoco podía ser exorcizado a la luz; había que llorarlo en la soledad desolada.

La discusión acerca de la cantidad de desaparecidos, que regresa de tanto en tanto, como hace pocos días, más allá de la fuente de la que beba cada versión, no pone en duda la certeza ni la dimensión del espanto.

El 11 de abril de 1982, Leopoldo Galtieri le habla desde la Casa Rosada a la gente que fue a apoyar una vieja causa nacional. La Guerra de Malvinas ya era inevitable. La derrota que sobrevendría comenzaría a marcar la retirada de la dictadura.
El 11 de abril de 1982, Leopoldo Galtieri le habla desde la Casa Rosada a la gente que fue a apoyar una vieja causa nacional. La Guerra de Malvinas ya era inevitable. La derrota que sobrevendría comenzaría a marcar la retirada de la dictadura.

Pero el 24 de marzo de 1976 no irrumpió sólo en el almanaque ni los dictadores cayeron del cielo.

En el aire ya se respiraba la violencia como hecho cotidiano. Venía la patria de años de distorsión política, de proscripciones y violaciones a la soberanía popular, otros golpes y otras dictaduras. La irrupción del terrorismo de izquierda y de derecha asolaba los días. Se sabe, el terror paraliza y quita a las multitudes de las calles, es decir, del escenario de la historia.

En ese contexto, buena parte de la sociedad recibió la noticia con una expectativa positiva. Y una minoría se dispuso a sacar partido del nuevo estado de cosas, de la nueva dirección del rumbo económico que se imprimiría a sangre y fuego.

Fue un gobierno de uniformes pero no estuvo solo: contó con el apoyo concreto de sectores de la sociedad civil, como que el ministro de Economía, José Alfredo Martínez de Hoz, representaba a una fracción que siempre se había sentido dueña del país. Hubo, además, silencios que apuntalaron, como el de la jerarquía eclesiástica.

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Con Martínez de Hoz en Economía, la dictadura trajo baja de salarios, desocupación, especulación financiera, y dejó una deuda externa que aún sigue siendo un estigma.

La asonada y el régimen que siguió fueron parte de una ola continental alentada desde los centros del poder mundial contra los procesos políticos populares en la región, más allá de las debilidades y contradicciones que pudiera presentar cada uno.

La dictadura dejó al país en manos de los que abrieron las puertas a las exportaciones indiscriminadas, cerraron fábricas, silenciaron trabajadores, montaron la patria de la trampa financiera y, finalmente, contrajeron una deuda externa que, desde entonces, y como vemos en estos días, sigue siendo una espada sobre nuestras cabezas.

Por si fuera poco, estuvo a punto de entrar en guerra con Chile. Y en 1982, después de haber levantado las banderas de Occidente en su cruzada contra “los rojos”, abría fuego contra las potencias capitalistas: Inglaterra, con el respaldo de Estados Unidos. Malvinas, gran causa nacional, se volvió una herida.

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En 1978, Argentina y de Chile estuvieron a punto de ir a la guerra por tres islas del canal de Beagle. El cardenal Antonio Samoré, enviado de Juan Pablo II, evitó la tragedia.

Aquel régimen censor y represivo sentenciaba que la política era pecado y que los asuntos del Estado no eran de los ciudadanos, que el pueblo no debía tomar su destino en sus manos.

Los años de plomo tuvieron una brutalidad en el aplastamiento de la condición humana y ciudadana tan descomunal que aún estamos tratando sus alcances y consecuencias. Los juicios por los crímenes de la dictadura son una manera de exponer hechos tan atroces que no pueden ser archivados por la historia sin que la Justicia les acerque una mínima redención.

Desde el final de la dictadura, hemos transitado el período más largo de vigencia de las instituciones democráticas en todo el camino argentino. Es el primer gran dato que tenemos a mano, y el que las generaciones más añosas atesoran con claridad.

El pasado es para siempre. Pero la conciencia y la memoria con que asumimos lo que hemos vivido como sociedad son las que nos hacen seguir el camino en busca del porvenir.

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Videla y Massera gritan gol. El 25 de junio de 1978, la dictadura llegaba a su esplendor: Argentina ganaba el Mundial de fútbol disputado aquí, mientras el silencio seguía cubriendo la gran represión. Las calles argentinas se volvieron ríos de multitud que festejaban el logro.

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Cuatro juntas militares. A la junta inicial de Videla (Ejército, presidente), Massera (Armada) y Agosti (Fuerza Aérea) le sucedieron las de Viola, Graffigna y Lambruschini; Galtieri (1981), Lami Dozo y Anaya (1981-1982), y Nicolaides, Hughes y Franco (1982-1983).