El mundo en primera persona
Eduardo Soteras es fotógrafo y, con base en Israel, gira por todos los continentes. Una guerra o una fiesta pueden ser sus objetivos. Quiere volver para documentar el cuarteto.
Los misiles caen uno tras otro y el suelo tiembla con cada impacto. Las explosiones se ven y se escuchan en el auto que avanza entre las nubes de polvo. En su interior, viaja el argentino Eduardo Soteras. No usa casco ni chaleco antibalas; no tiene seguro ni obra social. Cuando entra en Gaza, sólo carga una computadora portátil y una cámara fotográfica en su mochila. Es julio de 2014. Pocos días antes, Soteras estaba en la ciudad de Seinäjoki, Finlandia. Había llegado para retratar cómo 100 mil finlandeses se emborrachaban, cantaban y bailaban en un festival de tango. Pero se sentía fuera de foco, en el lugar equivocado. Siguió un impulso: regresó a su casa en Israel, avisó a su pareja y a sus amigos y se introdujo en la línea de fuego. No sabía exactamente qué iba a buscar, pero quería estar en Gaza. Volvió a su hogar un mes más tarde.Un impulso similar había sentido en 2003 cuando abandonó su carrera de contador. Se aburría. No podía imaginar su futuro vinculado a las finanzas. "Mientras estaba trabajando me preguntaba si había venido a esta vida a poner tanta atención a los balances de una empresa –recuerda hoy–. Era realmente absurdo, inhumano". Avisó a sus socios que se iba de viaje por unos meses a Centroamérica y nunca más regresó. Eduardo nació en Córdoba en 1975. Fue dirigente estudiantil de Franja Morada, alumno y docente de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y contador público. Aunque ya había viajado a Europa y había leído Relatos de un nómade de Paul Bowles –una suerte de biblia inoxidable para viajeros de todo el mundo–, esos meses en Centroamérica definieron un nuevo rumbo. Desde 2003, también fue vagabundo, mozo, ayudante de albañil, pintor, restaurador de muebles y artesano. En 2005, decidió dedicarse a la fotografía. "Conocí a la que fue mi compañera durante 10 años; anduvimos por Estados Unidos y por España, fuimos muy hippies, hicimos de todo para sobrevivir. Ella es israelí y cuando decidió estudiar cine en su país, me fui con ella –cuenta Soteras–Como no había estudios regulares de fotografía me encerré un año a estudiar en forma autodidacta. Me pasaba la mitad del día en una biblioteca, la otra mitad hacía fotos y revelaba".En Israel fundó Active Stills, un colectivo de documentalistas que conciben la fotografía como un vehículo para el cambio social. El trabajo en equipo le dio seguridad, pero le quitó tiempo. "Hacer un proyecto grupal es desgastante. Combinar, hablar, discutir, acordar te resuelve muchas incertidumbres y angustias cuando comenzás tu carrera, pero también te genera otras tantas. Entiendo su rol, pero ya no me interesa cubrir una manifestación porque sentiría que estoy perdiendo el tiempo", explica.En casi todos sus proyectos, el punto de partida es una pregunta que lo moviliza. "La fotografía documental abre interrogantes, se puede quedar tranquilamente en ese lugar y admite abiertamente que es subjetiva. El fotoperiodismo, en cambio, tiene tendencia a querer explicarlo todo en una foto y es tan hipócrita que se propone como una descripción de la realidad objetiva". A Soteras no le atrae la primicia ni la coyuntura. "No me ato a la agenda mediática ni a la actualidad. Mis intereses a veces provienen de los clasificados, de los avisos fúnebres, de las publicidades; son maneras de leer lo cotidiano que me llaman la atención. Me interesa la grieta, lo que queda atrapado en la superficie y cómo la gente construye una vida en ciertos contextos". Sus proyectos son pensados a mediano y largo plazo. Pueden durar meses, incluso años. Para encontrar esas hendiduras en la superficie, para elegir sus trabajos, para saciar su curiosidad, el fotógrafo suele postularse para becas y subvenciones que otorgan instituciones, estados y publicaciones especializadas. Esa modalidad, como cualquier otra, tiene sus ventajas y desventajas. "Lo mejor es la libertad de trabajar en lo que creés importante mostrar al mundo. La mayor dificultad es la incertidumbre, es muy difícil planificar cómo va a ser tu vida porque es muy inestable–explica–. Hay proyectos en los que me va bien, se publican y me los subvencionan y hay otros en los que me quemo los ahorros".
Por elección
De espíritu inquieto y hablar pausado, Eduardo no tiene vestigios de tonada cordobesa. Quizás por su larga estadía en el extranjero, quizás por su condición de políglota. Además de castellano, habla inglés, italiano, portugués, catalán, hebreo y árabe. Cuenta que tiene una ligazón especial con Medio Oriente (se va por un tiempo, pero siempre acaba regresando) aunque Israel “está muy complicado para vivir, la gente está muy extremista; la guerra y el conflicto exacerbaron muchísimo los sentimientos nacionalistas”.
Las idas y vueltas incluyen, por ejemplo, una estadía en México para retratar el paso de los migrantes centroamericanos en ese país. En colaboración con el periódico
El Faro
, el trabajo fue publicado como libro en 2009 bajo el título
En el camino
y cosechó premios a nivel continental.
Un año más tarde, Soteras documentó la cultura de tiro en Suiza. Según cuenta, en la antigüedad, ser mercenario era la profesión por excelencia de los suizos. A partir del siglo 19, los soldados profesionales al servicio de estados extranjeros fueron prohibidos por la Comunidad Helvética. El único resabio de aquella antigua labor que perdura es la guardia papal. En paralelo a esa prohibición, se difundieron y fundaron los clubes de tiro, apoyados en la figura mítica de Guillermo Tell, un campesino con una puntería prodigiosa en el manejo de la ballesta.
“En Suiza, hay más clubes de tiro que canchas de fútbol”, dice Eduardo. Calcula que existen tres mil polígonos desperdigados en el territorio, casi a razón de uno por pueblo. “La cultura del tiro es fascinante, contradictoria, polémica, popular. Es un submundo en el que la gente va y se come el asadito en el fin de semana. Es un ejercicio mental y espiritual, pero se practica con un arma que está diseñada para aniquilar gente”.
De Europa volvió al desierto. En Cisjordania fotografió a pastores palestinos que viven aislados en cuevas, sin redes de agua potable ni electricidad, rodeados de asentamientos israelíes. También anduvo por Nepal. Cámara en mano, recorrió glaciares de la cadena montañosa del Himalaya.
56 kilómetros
Hace unos meses recorrió los 56 kilómetros que separan su casa de la Franja de Gaza para cubrir el ataque de Israel. Lo hizo sin pensarlo mucho mientras la ciudad desaparecía bajo los misiles. “Fui por mi propia cuenta. Quería contar algo y no sabía exactamente qué era. No trabajo en noticias, no buscaba primicias. La guerra siempre me había resultado ajena, pero esta vez, aunque estaba en Finlandia, no podía despegarme.”
La decisión fue arriesgada. Su pareja actual (una israelí comprometida con la causa palestina) le dejó de hablar, una vecina que trabaja en la ONU le aseguraba que no había zonas seguras para realizar su trabajo. Documentó el bombardeo. “Si lo pensás en frío, morir no es lo peor. Alguien te llora, te insulta o se queda con tu archivo. Pero si volvés en partes, ¿qué haces?, ¿quién te cubre eso? No tenés obra social ni seguro. Eso es más terrible”.
Soteras señala la experiencia de vivir y trabajar bajo fuego como un punto de inflexión en su carrera y en su historia personal. “En un conflicto, el ser humano está al límite y los parámetros normales para relacionarse con gente nueva están rotos”, asegura. En este caso, además, entran en juego otras variables.
“Gaza es un lugar particularmente expuesto a la prensa internacional. La gente está demasiado acostumbrada a tratar con la prensa. Un tipo que vive ahí tuvo más contacto con la tapa del
New York Times
que cualquiera de nosotros y eso también es un riesgo”.
A punto de volver a su casa en Israel, ya planea regresar a Córdoba: incuba la idea de retratar al cuarteto como fenómeno social. En su mochila acarrea también una serie de interrogantes sobre las costumbres nórdicas, sobre la vida cotidiana en Medio Oriente, sobre el vínculo de algunos pueblos con sus músicas. Lejos de las finanzas, sigue viajando. Hace rato largo que no se aburre.
*Especial

