El lenguaje y la realidad
En 1967, el escritor austríaco Peter Handke publicó una obra de teatro singularísima: Kaspar , inspirada en una historia tan inquietante como extraordinaria.
En 1967, el escritor austríaco Peter Handke publicó una obra de teatro singularísima: Kaspar , inspirada en una historia tan inquietante como extraordinaria. Una tarde de mayo de 1828 en Nuremberg, Alemania, un zapatero se tropieza con un chico de 16 años a quien nunca había visto. El desconocido se llama Kaspar Hauser y parece que no sabe hablar ni entender lo que sucede. Ante las preguntas del perplejo zapatero, el chico sólo le entrega una carta. En ella aparece escrito su nombre junto a una declaración, siniestra, que pasará al censo histórico de las mayores crueldades psicológicas: Kaspar ha vivido encerrado en un cuartito privado de luz natural, no ha tenido contacto con nadie y ha sido alimentado por unas manos anónimas que le pasaban agua y pedazos de pan por debajo de una puerta.Pero lo que más le importó de la historia a Handke no fue, entre otras cosas, el rumor que aún hoy ubica a Kaspar como hijo no querido de un príncipe, sino el hecho de que fuera incapaz de hablar. Lo sedujo la posibilidad de imaginar cómo ese ser nulo, sin haber tenido comunicación ni afecto en su vida, comenzará el lento proceso que lo llevará al aprendizaje del idioma y luego a la decodificación de las conductas. De modo que el texto no narra lo que le pasó a Kaspar de verdad, sino que muestra cómo se puede hacer hablar a alguien hablándole. Kaspar no tiene pasado ni secretos, por eso hablarle tendrá menos una función educativa que la intención de presentarle el mundo mediante la materialidad del lenguaje. El lenguaje ordena la realidad y le brinda sentido. El lenguaje denomina, impone y cosifica, porque mientras no haya nombre para la silla, Kaspar no podrá saber que eso que ve es una silla, y hasta que no lo sepa tampoco comprenderá que la silla está ahí para que uno se siente. Una vez que logra nombrar los objetos, sucede la magia: brotan la asociación, el razonamiento, la pulsión crítica, la sensibilidad. Adiestrado por unas voces monótonas que llegan desde un altoparlante, guiado por una didáctica perversa, Kaspar es introducido a la civilización mediante una especie de tormento verbal. En la obra, el poder del habla reside en que es capaz de organizar el caos de la existencia sin necesidad de tocar al aprendiz. Son las palabras las que modelan las acciones y los gestos de Kaspar, hasta el momento epifánico de la comprensión. Eso sí, una vez educado, subido al escalón de la conciencia de sí mismo y del manejo de las cosas, el alumno estará en condiciones de rebelarse contra el maestro. El riesgo de la soberanía absoluta del lenguaje es que emancipa y tiende a destruir el mundo conocido para crear otro, no sabemos si mejor, pero sí adaptado a los nuevos intereses. Esta quizá sea la lección embozada de la obra: en el dominio del lenguaje subyace el germen del totalitarismo. Porque quien emplea la palabra con mayor precisión, quien conoce los alcances del discurso, sus peligros y posibilidades retóricas, tendrá las herramientas para poder convencer de que la verdad siempre estará de su parte.

