El lector
Una previsión: antes de leer El lector, del alemán Bernhard Schlink, se aconseja no acudir a su contratapa, que, en ciertas versiones, adelanta inaceptablemente los acontecimientos esenciales del libro.
Una previsión: antes de leer El lector, del alemán Bernhard Schlink, se aconseja no acudir a su contratapa, que, en ciertas versiones, adelanta inaceptablemente los acontecimientos esenciales del libro. El gran tema de esta novela es la culpa. Nacida de una relación sexual, en la posguerra de mitad del siglo pasado, entre un adolescente, Michael, y una mujer hermosa bastante mayor, Hanna, la culpa, a partir de ese acontecimiento, servirá como espejo del pasado vergonzante de la Alemania nazi, al que el narrador –el mismo Michael, ya cincuentón– interpela para poder mitigar el pecado de haber amado a la enigmática Hanna. La revelación en dosis avaras de los secretos de la obra exige una prosa austera, una decisión que Schlink debió afrontar además con economía para poder aprovechar al máximo la seducción y la dinámica de la historia. En los albores de la relación, Hanna, de quien Michael sólo sabe que es inspectora de tranvías, le pide que le lea (Der Vorleser, el título original en alemán, significa "el lector que lee en voz alta, que lee para otros") algunas obras de la literatura universal que el adolescente estudia en su escuela secundaria. La Odisea, los cuentos de Chejov, narraciones de nacionalistas alemanes, hasta un poema propio del muchacho ("Cuando nos abrimos,/ tú a mí y yo a ti,/ cuando nos sumergimos,/ tú en mí y yo en ti,/ cuando nos olvidamos,/ tú en mí y yo en ti/ Sólo entonces/ yo soy yo/ y tú eres tú") se reproducen escandidos en la enamorada voz de Michael ante el arrobo de la escuchadora. Tiempo después, cuando Hanna desaparece de la ciudad, el desconsolado adolescente siente que la desaparición tiene mucho que ver con él, con algo que no especifica pero que íntimamente relaciona con su incapacidad para amar. No haberla amado lo suficiente (otra culpa) es la certeza que lo amarga y que refleja ecos de lo que la obra describe con inocente crudeza: el abuso, físico y psíquico, al que la adulta Hanna lo ha sometido. El lector, entonces, es un libro asediado por toda clase de culpas. Las admitidas, las ocultadas, las vergonzantes, las sexuales, las destructivas. Y las culpas, más que nada, colectivas. El Holocausto brota aquí con toda su fuerza de interpelación, contaminando el relato al punto de hacer girar a los personajes en torno de cuestionamientos sobre la responsabilidad del pueblo alemán contemporáneo a Hitler, en este caso apuntada a los padres de la generación de Michael, a quienes se acusa de haber sido cómplices silentes de las atrocidades del régimen. Cuando, años más tarde, Michael asiste como estudiante de Derecho a un juicio contra criminales de guerra, su enfrentamiento con el pasado, tanto el propio como el de su país, será la oportunidad para que Schlink exponga aquellos cuestionamientos abiertamente, aunque siempre con el tino artístico de no bajar ningún tipo de línea moral. Una postura difícil de manejar, y sobre todo valiente, teniendo en cuenta las sensibilidades que siempre despierta el tema.El encuentro aquí con Hanna desembocará en las escenas más logradas de la obra. Acechada por una pregunta decisiva para su futuro, Hanna le devuelve esa pregunta a una autoridad interrogándola sobre qué hubiera hecho en lugar de ella, si hubiera sido capaz de hacer daño sin saber que lo hacía, momentos previos al estallido de la gran revelación de su vida, esa que explica tanto esa existencia nómade como su deseo de que le lean historias, las incomprensibles conductas de la amada que a Michael le habrían de condicionar su relación con el mundo y, sobre todo, con las mujeres.

