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El hombre que fue Jueves

Hacia el fin de la lectura se advierte la libertad envidiable con la que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) creó –y, sobre todo, ¡ordenó!– esta historia de persecuciones.

03 de abril de 2016 a las 12:01 a. m.
El hombre que fue Jueves

Una discusión entre dos poetas sobre la estética de la poesía y su trasfondo político fomenta la confesión de un secreto, inspirador y peligroso a la vez, que descubrirá a una logia de anarquistas londinenses que amenazan con aniquilar a la humanidad mediante una conspiración de orden meramente intelectual. El bando que tratará de impedirlo está representado en el jefe de un cuerpo especial de policías formado por filósofos y diletantes del arte, cuya misión es la caza de aquellos cultores del pesimismo, ahí donde se alojan esos pensamientos inconformistas que los conducirán del fanatismo y la misantropía al asesinato y el suicidio.El jefe –a quien nadie le ha visto la cara– está convencido de que el arte y la filosofía traman una cruzada contra la familia y el Estado, de modo que ha llegado a la conclusión de que el mejor método para evitarlo será rodeándose, justamente, de un ejército de artistas y filósofos, los únicos que sabrán con exactitud dónde anida el descontento que gestará la confabulación: "El detective vulgar, hojeando un diario, adivina un crimen pasado. Nosotros, hojeando un libro de sonetos, adivinamos un crimen futuro".Esta hermandad entre los oficios de perseguidores y perseguidos es la tensión principal de la novela y el puntapié para innumerables enredos y ambigüedades entre los anarquistas y los policías filósofos, miembros protoplasmáticos que parecen cambiar de bando a cada momento y cuya filiación hacia el bien o hacia el mal el lector quizá nunca estará seguro de reconocer. El líder de los anarquistas se llama a sí mismo Domingo y ha bautizado a los otros seis miembros del Consejo con el nombre de los días de la semana.Syme, el detective más sagaz de los policías filósofos, ha conseguido ganarse la confianza de los anarquistas del Consejo, un caballo de Troya que, debido a una vacancia por la muerte de un conspirador, llegará de pronto a ser Jueves.Pocas certezas encontrará Jueves en su misión, las mismas que quizás encuentra el lector, tan fascinado por su historia inverosímil y terrorífica ("Una pesadilla" es el subtítulo de El hombre que fue Jueves ) como a menudo desorientado por su argumento caprichoso. El punto de vista de la obra pasa entonces por la mirada de Syme-Jueves, la lectura respira a su ritmo y se sobresalta con el miedo que segrega su peligroso espionaje.Un inminente atentado en París contra el zar de Rusia y el presidente francés pone a prueba un dilema moral de Jueves (ha jurado, a quien lo inició en los secretos de la sociedad, que nunca lo delatará), mientras va encontrando aliados sorprendentes en su camino, turbio, zigzagueante, exacerbadamente ripioso, una complejidad que convierte los avances de la causa en victorias pírricas.Hacia el fin de la lectura se advierte la libertad envidiable con la que Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) creó –y, sobre todo, ¡ordenó!– esta historia de persecuciones.Los equívocos son el combustible de la acción y retrasarán el descubrimiento del enigma. Las mutaciones de los personajes, físicas, psicológicas, y, más que nada, morales, singularizan el tono del relato y lo vuelven memorable, de igual modo que la figura fantasmal y mítica del conjurado Domingo.Así al menos hasta el reencuentro de Jueves con el hombre que lo pensó todo, el promotor de los dobles sentidos que cambiará en el policía idealista la forma de comprender el mundo. Una revelación para nada sorprendente en una pesadilla, pero que de todos modos sabrá impulsar el dilema final: "¿Qué es? ¿Un gracioso que se divierte haciendo de conspirador, o un hombre de talento que se hace pasar por un loco?".