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El hablador

Un escritor peruano (previsiblemente el autor de esta novela, Mario Vargas Llosa), de visita en Florencia, descubre en una galería de arte una serie de fotos que lo deslumbran y conmueven porque logran retrotraerlo a un momento clave de su vida. 

25 de enero de 2015 a las 12:01 a. m.
El hablador

Un escritor peruano (previsiblemente el autor de esta novela, Mario Vargas Llosa), de visita en Florencia, descubre en una galería de arte una serie de fotos que lo deslumbran y conmueven porque logran retrotraerlo a un momento clave de su vida. Las fotos exhiben a un grupo de indios de una tribu de la Amazonia, los machiguengas, que, sentados en círculo en un claro de la selva, escuchan arrobados durante horas y horas a un hombre importantísimo para sus vidas cotidianas, el hablador, en quien han delegado la función de contar historias. Pronto se verá que la conmoción del escritor excede una curiosidad de antropólogo, o una identificación con su propio oficio, o el orgullo de que en la museológica Florencia se ocupen de su país. Un vínculo mucho más estrecho altera su percepción de las fotos cuando le recuerdan a un compañero universitario en la Lima de los '50, Saúl Zuratas, "Mascarita, el muchacho más feo del mundo", un estudioso de los machiguengas y defensor incorruptible de su determinación a permanecer aislados de la civilización, subsidiarios de una cultura hechicera y mágica que los alentaba a trasladarse eternamente de un lugar a otro "para evitar la caída del sol". En paralelo a su relación con "Mascarita", El hablador propone un texto autónomo, original y ambicioso que, gracias a su maestría técnica, transcribe con verosimilitud la voz de uno de esos habladores machiguengas que atizaban la imaginación de la tribu con sus cuentos de mitos, leyendas y chismes locales. Este es el mayor desafío de la novela, lo que cimenta su ambición y enriquece su resultado: "imitar" el registro oral de un ser humano primitivo, emparentado con el cavernícola de taparrabos y el brujo hacedor del viento y la lluvia, para quien el mundo no es orden, causalidad, progreso, razón, ciencia, sino milagro, fenómeno, magia, animismo y ordalía. Un despliegue técnico que sin embargo no se quedará varado en el artificio, porque a medida que nos acostumbramos a las características de ese discurso, a su sintaxis violentada y su anécdota circular y envolvente, nos olvidaremos pronto de la anomalía en virtud no sólo de la seducción de las historias, sino sobre todo de aquella relación sinuosa entre ambos planos narrativos, esos vasos comunicantes que se identifican poco a poco en el avance alternado de sus desarrollos (un capítulo para el texto central, el siguiente para las historias del hablador). A modo de ejemplo, aquí va una demostración de la empatía que se da entre los dos textos, a uno de los cuales, para reconocerlo, al perteneciente a la historia central de la novela, se lo indicará como a), y al segundo, al monólogo del hablador, como b).a) "Saúl Zuratas tenía un lunar morado oscuro, vino vinagre, que le cubría todo el lado derecho de la cara y unos pelos rojos y despeinados como las cerdas de un escobillón. El lunar no respetaba la oreja ni los labios ni la nariz a los que también erupcionaba de una tumefacción venosa. Era el muchacho más feo del mundo; también, simpático y buenísimo". b) "Estuvieron observándome, haciéndome preguntas (...). Me pareció que discutían sobre si yo sería un kamagarini. También, qué se debe hacer cuando uno se encuentra a un diablillo en el bosque. Uno dijo que les traería daño el haber visto alguien como yo en su camino y que lo prudente era matarme... Al final decidieron tratarme bien, para mi suerte".El paralelismo de los textos aquí es forzado, para que se aprecie su connivencia. En la novela, claro está, los separan páginas y capítulos de rodeos y distracciones.