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El entenado

Un grumete huérfano de un barco español del siglo XVI es tomado prisionero por un grupo de indios, y permanece con ellos durante 10 años. 

02 de agosto de 2015 a las 12:52 a. m.
El entenado

Un grumete huérfano de un barco español del siglo XVI es tomado prisionero por un grupo de indios, probablemente sudamericanos, probablemente rioplatenses ("nos adentramos en un mar de aguas dulces y marrones"), y permanece con ellos durante 10 años, sin abandonar nunca la playa ni el río donde se asienta la tribu y se desarrollará la historia. Menos él, la tripulación completa es asesinada a flechazos en una emboscada apenas pisa tierra, hecho que, en la retrospectiva del narrador, desata el misterio, el más poderoso de esta novela, sobre por qué sólo al huérfano los indios le perdonan la vida. El huérfano es, también, el narrador, ahora un anciano que escribe aquella aventura ("sesenta años después, en que la mano frágil de un viejo, a la luz de una vela, se empeña en materializar, con la punta de la pluma, las imágenes que le manda, no sé cómo, ni de dónde, ni por qué, autónoma, la memoria") y quien, si bien mantendrá el vilo de su resolución, distraerá la curiosidad por aquel misterio muy rápidamente, cuando descubra que los cadáveres de sus compañeros son descuartizados, asados en parrillas y luego devorados por los indios. La antropofagia tribal, menos una necesidad que un rito de reverberaciones casi filosóficas, se presenta como un festival de glotonería que busca anestesiar los sentidos mediante su saturación, un empacho con la comida congénere que se completará con grandes dosis de alcohol y con orgías sexuales violentas ("en las que al acoplarse no tenían en cuenta ni edad ni sexo ni parentesco"). La fiesta provocará muertes, un resultado fomentado para cerrar el círculo natural de las cosas, eros y thánatos encendidos con el aliento del canibalismo. El banquete ocurría una sola vez al año y en verano, pero luego, con el regreso a la rutina, los indios se volvían "castos, sobrios y equilibrados", aunque malhumorados y apáticos, como si el entusiasmo de los días anteriores se borrara y la normalidad los sumiera en el ensimismamiento ("Bromeaban poco y casi nunca reían"). La actitud de los hombres lindaba con la hosquedad, y la de las mujeres, con la resignación y la indiferencia. Parecían hacer las cosas no por gusto, sino por deber. Era una tribu triste, y el contacto con esa tristeza, perpetuada durante 10 años, contagiará para siempre el ánimo del huérfano. Quizá aquellas justificaciones filosóficas ante la comida humana tenían su explicación en las particularidades de su idioma. Mediante breves y austeras comunicaciones en las que parecía cumplir un papel menos de hablador que de oidor de las historias ajenas, el huérfano se dio cuenta de que en la lengua de los indios una misma palabra podría significar muchas cosas distintas, incluso conceptos contradictorios. La palabra que quería decir "mal" también podía referirse al "bien", toda muerte a un nacimiento, todo dolor a un placer, opuestos que en el discurso aborigen se funden y se confunden en concatenación de pensamientos anárquicos cuyo objetivo final es compensar toda pérdida con su ganancia. Juan José Saer (1937-2005) hará sospechar al lector sobre cuál será para los indios la compensación que le corresponda al acto de comer seres humanos. Lo distintivo de la obra, sin embargo, llega cuando el huérfano abandona la tribu y regresa a España. Sorprendido por la fama de su aventura, pronto hará, en tributo de ella, lo único que sabe hacer ("Viendo el entusiasmo de nuestro público, me preguntaba sin descanso si mi comedia transmitía, sin que yo me diese cuenta, algún mensaje secreto"), aquello con lo que intentará compensar, como los indios caníbales, esos largos años de soledad y melancolía.