El ejemplo del preso 46.664
Desembarcar en la Sudáfrica de mediados de los ’90 no sólo era enfrentarse a culturas diferentes,
Desembarcar en la Sudáfrica de mediados de los '90 no sólo era enfrentarse a culturas diferentes, a tonos de piel nunca vistos en nuestro pequeño mundo de la pampa gringa, a animales de película o a una geografía agujereada como un queso gruyere por acción de la minería a cielo abierto. Sudáfrica, en realidad, era un laboratorio de acción social y política, cuyo producto final debía ser la construcción de una nación multirracial, capaz de avanzar hacia el siglo 21 sin profundizar las diferencias y acotar a la mínima expresión la violencia que podía despertar el revanchismo por el nuevo tiempo. Esa hermosa tierra era una bolsa de gatos hambrientos y en celo. Los blancos y los negros se odiaban desde siempre, pero eso no terminaba ahí. Los blancos también se querían destruir mutuamente: los bóers, descendientes de los colonizadores holandeses, no escondían el deseo de decapitar a algún descendiente de usurpadores ingleses, con quienes se habían enfrentado en dos guerras a fines del siglo 19. Los negros tampoco jugaban en equipo, puesto que etnias y tribus mantenían disputas ancestrales y sangrientas.Johannesburgo, la ciudad donde se cocina todavía una economía cimentada en el oro y los diamantes (no es la capital política, pero sí la urbe más importante del país), era la foto de la transición que venía de casi medio siglo, en el que las personas de piel negra eran consideradas apenas superiores a los animales. A poco de iniciado el gobierno de unidad de Nelson Mandela (entre 1994 y 1999), desandar las avenidas de rascacielos vidriados o los barrios más humildes permitía observar que la gente aún no tenía muy claro qué pasaba o qué iba a pasar. Los blancos se habían refugiado en ciudades satélite e ingresaban a los edificios directamente por el acceso a las cocheras, custodiadas por gigantes que alardeaban de tener la ametralladora más larga. Los negros, en cambio, caminaban por lugares a los que antes no tenían acceso y, casi por inercia, a las 5 de la tarde desaparecían. Entonces, la ciudad se transformaba en un particular desierto de acero, vidrio, concreto, chapas y cartones. No había gente, no había perros.Ese era el país que entonces gobernaba Mandela (Madiba: abuelo venerable), después de haber pasado 27 años en distintas cárceles, especialmente en la isla Robben, donde compartía la celda con un tacho para excrementos. Por entonces, a la Argentina (con las diferencias del caso, claro) se la tomaba en Sudáfrica como ejemplo de tolerancia e incipiente modernización.Cientos de interpretaciones se hacen sobre el rol de Mandela. Lo que se veía en aquel tiempo era la simpleza de un anciano sabio (que había sido una víctima real de la lucha social y no un personaje inventado por un relato), parado en la mitad de la cancha, que no olvidaba la crueldad del pasado, pero que hacía un profundo esfuerzo por evitar las divisiones a favor de su país. Y, cuando cumplió el mandato que le otorgaron, simplemente saludó y se fue a su casa.

