El drama de la violencia
En Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta (Siglo XXI, 2013), Claudia Hilb cuenta en qué contribuyó la izquierda setentista al horror que sobrevino después.
Hace unas semanas, al hablar de un libro de Julio Bárbaro, señalé que, como otros textos recientes, revisa críticamente el uso de la violencia política en los años '70. Quiero presentar otro de esos libros. Usos del pasado. Qué hacemos hoy con los setenta (Siglo XXI, 2013), de Claudia Hilb, reúne seis pequeños ensayos, algunos previamente editados en distintas publicaciones en los últimos años y otros inéditos, en los que aborda diferentes cuestiones relacionadas con la violencia política y la responsabilidad. De hecho, el primero de esos artículos se abre con una serie de preguntas que definen el tenor de la reflexión: "¿En qué contribuimos nosotros, los militantes de aquella izquierda setentista, a que el terror del que fuimos tal vez las principales, pero por cierto no las únicas víctimas, pudiera advenir? ¿Qué carga nos cabe asumir a quienes participamos de movimientos –peronistas, de izquierda– para los cuales la violencia política era una práctica admisible y corriente? ¿Podemos desligarnos de toda responsabilidad en el advenimiento del horror, o es acaso tiempo de recorrer sin concesiones nuestra propia participación en el atizamiento del infierno?".Son preguntas centrales, profundas, en las que la propia Hilb, que en 1976 tenía 20 años, se incluye. Y no son preguntas que ella les formula a otros, sino que están dirigidas a ella misma. Su respuesta, entre otras cuestiones, destaca "el carácter esencialmente antipolítico de la violencia" ya que entiende lo político como "la constitución de un ámbito público, de visibilidad, de confrontación y tramitación de los asuntos comunes". Así las cosas, el violento impide el normal desarrollo de ese ámbito público, que es lo que pasaba en los '70. Se ha dicho, en reiteradas oportunidades, por ejemplo, que en aquellos años la proscripción del peronismo volvía imposible la "normalidad" política y condenaba a vastos sectores a la violencia. Pero esa violencia, en términos de Hilb, sería una violencia reactiva: anulada la posibilidad política, la violencia es la única alternativa para reclamar aquello que a uno se le ha prohibido. Ahora, según Hilb, el problema es que las organizaciones armadas que operaron entonces racionalizaron esa violencia, de modo que le dieron otro valor: el valor, casualmente, de la política."La política no es ni ha de ser el ámbito deseado o adecuado para la resolución de los conflictos, tanto menos cuanto que en el horizonte de pensamiento de dichas organizaciones se alza la utopía de una sociedad que ha superado el conflicto social, y por ende la necesidad de su expresión política".En consecuencia, el drama de la violencia se volvió el drama de una generación porque, al mismo tiempo que asumió un compromiso radical con la transformación de la sociedad, entendió que ese cambio profundo sólo sería posible si la acción política se expresaba a través de una violencia racionalizada, sin percibir que esa violencia destruía la posibilidad de la política. Por eso, haciendo uso de un "nosotros" generacional, Hilb marca el sentido de la responsabilidad: "Nos sentimos responsables de haber querido un bien que, de la manera en que lo concebíamos, hoy creemos que sólo podía conducir al mal".

