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El diálogo, signo para tiempos de crisis

Sabato estaba convencido de que la relación entre el hombre, la Iglesia, la ciencia y las ideologías atravesaba en los 60 un momento histórico.

19 de junio de 2011 a las 12:01 a. m.
El diálogo, signo para tiempos de crisis

-U no de los sacerdotes (entrevistados en el diario Córdoba), en valiente gesto acusa al capitalismo de utilizar a la Iglesia y sus doctrinas para detener procesos de reformas sociales y económicas. Si fuera verídico eso, ¿el error de la Iglesia en América latina sería por omisión o por comisión de las clases privilegiadas, de enfrentarla contra la justicia social? –Hace unos años, una revista de jóvenes católicos franceses vinculados a Emmanuel Mounier, L'esprit des letres , me preguntó por qué la Iglesia en América latina había estado casi invariablemente con el privilegio, contra las clases desposeídas. Creo, que, efectivamente, la Iglesia no ha cumplido de ningún modo con los postulados de su filosofía básica, de su concepto y origen evangélico, de su consustancial doctrina de la persona humana. O por una causa o por otra ha quedado siempre del lado del privilegio. –¿Piensa usted que es la Iglesia la que ha proyectado esa imagen? –Pienso que es así, o al menos eso se escruta en un sector del catolicismo. Basta ver lo que piensan y sienten ciertas señoras de Barrio Norte de Buenos Aires, católicas casi todas, a propósito del peronismo: no están ni estuvieron contra Perón por los motivos por los que sí estuvo en contra gente como yo (dictadura, servilismo, cárceles para los opositores, obsecuencia), sino por lo que tenía de movimiento revolucionario, por lo que hizo en favor de las masas miserables. La prueba de que es así es que esas señoras y esos mismos antiperonistas, al parecer tan preocupados por los fueros humanos y por la defensa de la dignidad de las personas, no dijeron nunca una palabra contra los tremendos crímenes cometidos por Rafael Leónidas Trujillo durante 30 años en la República Dominicana; ni contra los crímenes (casi 30 mil estudiantes muertos) durante la tiranía de Fulgencio Batista en Cuba, ni contra los suplicios tenebrosos desatados por Alfredo Stroessner en Paraguay. ¿Quiere usted mayor prueba de hipocresía? –Usted señala la presencia de un catolicismo insincero. Pero también ha existido un catolicismo (Juan XXIII es una prueba cabal) que se ha jugado junto a lo popular. –Naturalmente que sí. Ahora, con la revolución iniciada en la Iglesia por ese gran papa que fue Juan XXIII, están atribuladas (las "señoras") y confusas. Y aunque no lo dicen abiertamente, murmuran que ese espíritu maravilloso estaba "rodeado por comunistas". ¿Nuestro catolicismo está dispuesto a aceptar las enseñanzas y las exigencias de las encíclicas? ¿Cree usted que la Iglesia en Brasil, que por medio de ciertos grupos, hizo manifestaciones gigantescas contra Joao Goulart, las hizo en defensa de los fueros humanos? ¿Ignoraba que millones de campesinos hambrientos del nordeste y de las favelas tenían esperanzas en la revolución pacífica iniciada por Goulart? En tales condiciones, ¿cómo no ver con simpatía el coraje y la honestidad espiritual de los sacerdotes que en estos momentos hablan en la Argentina en términos parecidos a estos que estoy diciendo? –Uno de ellos (de los sacerdotes cordobeses) afirma que podría haber en la Iglesia una desubicación y un atraso de la institución en lo que respecta a la captación de los procesos sociales que vive el mundo y nuestro país en particular. –Creo que sí. No quiero decir que toda la Iglesia, la comunidad que instituye la Iglesia, esté desubicada. Personalmente, conozco a una cantidad de sacerdotes y hasta miembros de la jerarquía que están perfectamente ubicados en el momento actual y creo que esas personas que están en esa posición, que yo juzgo positiva y progresista, en definitiva serán los que van a producir el gran cambio que la Iglesia argentina está requiriendo. En ese sentido, es más un mal que un bien que el catolicismo sea una religión oficial. El oficialismo siempre es algo corruptor y particularmente en lo que se refiere a los valores espirituales. Es muy importante la libertad, la independencia de las fuerzas materiales, de las fuerzas estatales. Creo que la Iglesia saldría ganando si se desprendiese de sus vínculos materiales y espirituales con el poder temporal. –El teólogo católico Oreste Gaido, al analizar la problemática del mundo actual, nos habla de un hombre moderno y un mundo moderno. Se refiere a esta sociedad que acusa los embates de la ciencia y la técnica. Gaido insinúa que la Iglesia debe asumir al hombre plenamente y su mundo, sin que exista desconfianza y temor. ¿Usted cree que ésa es la actitud correcta de la Iglesia frente al hombre moderno? –Éste es un tema de vastas implicaciones filosóficas. No sé si he entendido bien el planteo del padre Gaido en la forma más cabal. Diré lo que pienso al respecto. Creo que con respecto al hombre moderno hay dos actitudes: una, la del endiosamiento de lo que podemos llamar la modernidad, cuya característica esencial podría estar dada por el espíritu científico. Para este concepto popular, muy vulgarizado, lo moderno es lo científico. Entonces, estar contra el hombre moderno es estar contra la ciencia. Muy a menudo se ha acusado a la Iglesia de estar contra el hombre moderno porque se la ha tildado de oscurantista, de defender los valores pre científicos. Muy a menudo eso ha sido motivo de grandes discusiones y también de pequeñas discusiones de anticlericales de barrio. La otra actitud es la de la Iglesia que ha asumido plenamente la defensa de la ciencia moderna; incluso han existido papas eminentes que se han pronunciado en forma directa y clara en favor del desarrollo científico. Creo que lo decisivo en esta gran crisis total que está viviendo la humanidad es reconocer lo que el pensamiento moderno y científico tuvo de positivo y ese elemento debe ser incorporado a una nueva síntesis dialéctica en el futuro; pero hay que ponerse en guardia contra lo que el pensamiento científico tuvo y tiene de fetichista y de superficial. Sobre todo cuando pretende resolver todos los problemas físicos y metafísicos del hombre. Creo que, en suma, lo que tiene que hacer el pensamiento más genuino contemporáneo es una síntesis dialéctica. En ese sentido, la Iglesia no puede estar ausente. Tiene que tomar lo que de la modernidad tuvo de positivo pero reivindicar al hombre de carne y hueso, que el espíritu científico terminó por alienar en forma total. Y son precisamente las diversas maneras de la filosofía existencial las que tienen que realizar esta síntesis. Y creo que la Iglesia debe estar en esta posición. No se trata de una mera negación del hombre moderno, pero tampoco una mera aceptación del hombre moderno, sino luchar por esta síntesis moderna. –¿Y en cuanto al clero católico? –También he hablado a veces con sacerdotes jóvenes que me han impresionado de la misma forma. No puedo decir que esa sea la posición de la Iglesia en general; por el contrario, muchas veces he encontrado que la Iglesia en estos países está adherida a instituciones o poderes que están en crisis. –La Iglesia, desde que el papa Juan XXIII asumiera la conducción de su nave, entró en lo que se ha dado en llamar el proceso de reforma. Se ha dicho que ésa es la nueva Iglesia, la de la reforma, la del diálogo. ¿Considera que la Iglesia argentina es una iglesia abierta al diálogo? –Creo que por el momento no lo está. Hay motivos para pensar que comienza esa posibilidad de diálogo. Hay dentro de la Iglesia fuerzas vitales que ya están realizando lo que Juan XXIII, con una clarividencia notable, ha promovido desde su papado. Pero falta mucho camino por recorrer. Sin embargo, tengo la impresión de que es más fácil dialogar en este momento con algunos miembros jóvenes de la Iglesia Católica que, por ejemplo, con lo que podríamos llamar la jerarquía y los organismos oficiales de ciertas fuerzas de izquierda, que siguen en una posición dogmática y que usan el insulto y el anatema en lugar del diálogo que debe ser el signo de este tiempo de crisis. –¿Qué importancia le asigna a que el catolicismo haga opinión pública, como la hacen todos? En segundo lugar, ¿es positivo o negativo para la Iglesia que sus sacerdotes hablen de problemas que no sean los que habitualmente abordan desde su ministerio? –Creo que es un acontecimiento histórico. En cuanto a lo que se llama escándalo o desorientación, diría que es un estado de discusión. Es decir, se han puesto en tela de juicio y sobre el tapete cosas fundamentales para el presente y el porvenir de la Iglesia y la humanidad. Si algunos consideran que esto es desorientación, lo ven así en la medida que les gusta estar cómodamente sentados sobre los lugares comunes. Claro que cuando en un sistema de lugares comunes cualquier persona viene a decir lo contrario, desorienta. Pero, ¿qué quiere decir esto de desorientar? Es una manera falaz de plantear el problema. Lo que hace es replantear lo básico en sus términos más agudos y creo que, en ese sentido, las declaraciones de estos tres sacerdotes son históricas. Lamentaría que esto quedara reducido al ámbito de Córdoba, porque es algo que merece que todo el país lo conozca. –¿Qué entiende usted por superación de estrecheces entre católicos y marxistas? (Es una frase) que hemos leído en un semanario que publicó su opinión hace un tiempo. –Soy una persona independiente, que alternativamente es acusado de comunista por los reaccionario, y de reaccionario por los comunistas. Ahora mismo, a raíz de la publicación de mi libro El escritor y sus fantasmas , los comunistas han desatado una campaña contra mí y contra mis libros porque allí, como en otra obra, Hombres y engranajes , defiendo al hombre concreto contra la alienación tecnocrática. Y porque sostengo que si bien Marx vio muy bien uno de los factores de la alienación (el de la explotación del hombre por el hombre en el régimen capitalista), no vio, en cambio, la que proviene de una sobrevaloración de la ciencia y de la máquina. Razón por la cual al hombre instrumento, al hombre engranaje, se lo ve casi al con los mismos atributos en la Norteamérica de Wall Street como en la Rusia de los soviets. –(...)¿No cree que, al atacar a ambos bloques, su posición se estrecha un poco? –Voy a completar mi pensamiento. Creo que en ambos (capitalismo y socialismo soviético) impera el mismo fetichismo cientificista y la misma creencia (grotesca) en la Ciencia con mayúscula, la que, al parecer, va a resolver todos los males físicos y metafísicos de la criatura humana. Pero queda el urgente y actual problema de la justicia social, que exige toda nuestra atención y del que no podemos desentendernos con el pretexto hipócrita de desavenencias filosóficas. Se trata, en suma, de saber si estamos en favor o en contra de la explotación, por ejemplo, de mineros bolivianos. Yo estoy en contra. Y aquí es donde los reaccionarios me tildan de comunista. Defender hoy el capitalismo de Wall Street sólo puede ser objetivo de los capitalistas, de los tontos, de los cobardes que temen cualquier cambio, de los mezquinos que no quieren perder sus comodidades. Los demás pensamos que esto toca a su fin y que habrá que llegar alguna manera de socialismo. –(...) El hombre religioso, es atenazado en el campo de las ideologías. ¿Cómo sitúa a esa Iglesia, en caso de producirse el cambio? –La Iglesia no puede estar, sin grave escándalo, del lado de los explotadores. ¿Entonces? Pongámonos todos juntos para esto; después veremos. Particularmente, comparto la posición del pensador católico Emmanuel Mounier, el personalismo, que propone marchar hacia la comunidad de personas y no hacia una maquinaria de seres numerados.