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El comienzo de “la era de las catástrofes”

La Primera Guerra Mundial brutalizó los combates, pero también la política. Su influencia se hace sentir aún hoy en distintos conflictos.

28 de julio de 2014 a las 12:01 a. m.
El comienzo de “la era de las catástrofes”

La Gran Guerra cambió el curso de la historia de la humanidad. Fue la más sangrienta que el mundo hubiera conocido y su influencia se hizo sentir en todos los ámbitos de la vida, desde el arte a la medicina, desde la familia a la educación, una influencia que en muchos casos persiste hasta hoy. Cambió la percepción humana sobre el progreso, la ciencia o la democracia; redefinió el concepto de patria, dio un nuevo papel al Estado e impulsó el reconocimiento de derechos a las mujeres. Despojó al combate de gloria. Devoró una generación de jóvenes en los países beligerantes y sembró de muertos hasta tal punto los campos de batalla–en Flandes, en Francia, en Prusia, en los Cárpatos y los Dardanelos, en África, el Atlántico Sur o en Medio Oriente– que los países debieron crear la figura del "soldado desconocido" para honrar a los millones de hombres caídos y jamás identificados.Movilizó 65 millones de soldados; provocó la muerte de al menos nueve millones, a un ritmo de 5.600 por cada día de combate, y dejó otros tantos heridos y mutilados. Para fabricar explosivos utilizó descubrimientos científicos fundamentales para el progreso humano, como los que permitieron crear los fertilizantes que decuplicaron la producción de alimentos; la artillería destrozó los cuerpos; la medicina desarrolló los injertos de piel y las transfusiones de sangre. Novedosos avances tecnológicos, como la telefonía sin hilos o la aviación, le permitieron perfeccionar la maquinaria de muerte. Para que los soldados llegaran rápido a los frentes de batalla, se extendió una red ferroviaria extraordinaria, que aún persiste; para que no murieran sin luchar, se impulsaron las vacunaciones masivas. Pensada como "la guerra para poner fin a todas las guerras", terminó con una Alemania derrotada, pero con sus tropas desplegadas aún en territorio enemigo y su gobierno mucho más amenazado por el fermento revolucionario que por los ejércitos aliados, lo que alimentó la leyenda de la "puñalada por la espalda": Berlín había perdido el conflicto por la traición de sus elites y no en los campos de batalla. Las negociaciones de paz no pudieron modificar esa percepción: Versalles arrojó toda la culpa del conflicto sobre Alemania, mientras Estados Unidos, el único de los vencedores que, junto con Japón, emergía del conflicto fortalecido y con una economía pujante, eligió aislarse de los problemas de la vieja Europa y rechazar el acuerdo que se había redactado sobre la base de ideas de su propio presidente, Woodrow Wilson, que moriría pocos meses después, enfermo y sintiéndose traicionado. Adiós, Europa El mundo que surgió de Versalles representó el comienzo del fin de la predominancia global de Europa y su reclamo de ser una civilización superior. La Gran Guerra había demostrado que la civilización europea, alguna vez saludada como la más avanzada y progresista del mundo, orgullosa de sus instituciones políticas, su poderío económico y su desarrollo científico, podía ser apenas una delgada fachada para la barbarie. La ingenua confianza en un progreso de la humanidad basado en la revolución científica y tecnológica desapareció para siempre. Londres y París permanecieron como las capitales de los imperios más grandes del mundo (de hecho, los territorios que controlaban se expandieron al sumar las ex colonias alemanas en África), pero esto no fue un regreso a la situación de 1913. La guerra había erosionado la credibilidad europea. La dependencia de Gran Bretaña y Francia de las fuerzas armadas de sus imperios para defender su propio territorio había quedado expuesta. Y el principio de autodeterminación de los pueblos que consagró Versalles, del que nacieron nueve países europeos, señaló que a partir de ahora las naciones, y no los imperios, serían consideradas las unidades esenciales del orden mundial. En los años siguientes, agitaciones anticoloniales estallaron en Egipto, Irak, Indonesia e India. De Versalles surgieron también problemas que aún hoy afectan al mundo, como los de los Balcanes o Medio Oriente: en su lucha contra el Imperio Otomano, los británicos prometieron a los árabes reinos independientes, y a los judíos, un "nuevo hogar para el pueblo judío" en Palestina. Cien años después, esas promesas demostraron ser incompatibles y fuente de permanente inestabilidad.Pero la guerra no dejó sólo un legado geopolítico. El horror que millones de hombres vivieron en el frente occidental iba a tener sus consecuencias. Brutalidad bélica y política Lo que vivieron contribuyó a brutalizar la guerra, pero también la política. Si en un conflicto no importaba la pérdida de vidas humanas, ¿por qué debía importar en la política? Muchos veteranos repitieron esa lógica al volver a sus países, especialmente aquellos que engrosaron los grupos radicalizados que comenzaban a expandirse. "¿Por qué unos hombres que habían matado y que habían visto cómo sus amigos morían y eran mutilados habrían de dudar en matar y torturar a los enemigos de una buena causa?", se pregunta Eric Hobsbawm, para quien en 1914 nace la "era de las catástrofes", que se extenderá hasta 1945, una era marcada por dos terribles guerras mundiales, libradas casi en los mismos escenarios y por los mismos protagonistas. Una era de destrucción masiva, con genocidios, masacres de civiles, revoluciones sangrientas, millones de refugiados y apátridas, desplazamientos forzosos de poblaciones enteras. La historia cuenta que cuando el canciller británico Edward Grey supo al atardecer del 4 de agosto de 1914 que Alemania había invadido Bélgica, lo que hacía inevitable el ingreso de Gran Bretaña a la guerra, dijo: "Se están apagando las luces de toda Europa, y no vamos a volver a verlas brillar en nuestras vidas". Grey no se equivocaba: murió en septiembre de 1933, pocos meses después de que el presidente alemán Paul von Hindenburg, héroe de la Primera Guerra y comandante de las tropas que capitularon ante los Aliados en 1918, designara como nuevo canciller a un veterano de la Gran Guerra, Adolf Hitler. Europa comenzaba a hundirse aún más en la oscuridad.