El año que estuvimos en default
Martín Kanenguiser, periodista especializado en Economía, presenta su nuevo libro, “El default más tonto de la historia argentina”, y explica por qué se llegó a esta situación y cómo podemos salir de ella.
Es difícil entender la lógica del default al que llegó la Argentina a fines de julio de 2014, más allá de la angurria de los fondos buitre y de la cambiante actitud del juez norteamericano Thomas Griesa. Posiblemente esta cesación de pagos haya sido la más estúpida que haya sufrido el país, a tal punto que ni siquiera pudo ser evitada por el esfuerzo combinado de dos de los mandatarios más poderosos de la Tierra: el presidente de los Estados Unidos Barack Obama y el papa Francisco I. El primero agotó los recursos judiciales que tenía a su alcance para acompañar al gobierno argentino ante los tribunales norteamericanos y el segundo hizo importantes esfuerzos diplomáticos por asegurarse de que en su tierra natal no hubiera un cataclismo político y económico que afectara su liderazgo espiritual. De hecho, cuando ambos se juntaron a conversar en el Vaticano, el 27 de marzo del 2014, habrían mencionado esta sensible cuestión. El objetivo del Pontífice era claro: no quería que su país entrara en crisis de modo de no condicionar su propio mandato global. Por eso, además de pedirle a Obama que consultara con su gabinete, la diplomacia vaticana jugó su propia carta y le sugirió al gobierno argentino que enviara señales de distensión a Washington. De allí surgió la idea de enviar a la capital de Estados Unidos una misión multipartidaria de legisladores, que recibió duros cuestionamientos por el pacto que el gobierno argentino había firmado con Irán intentando encubrir la investigación del atentado a la Amia.Pero estaba claro que ni el Papa podía salvar al Gobierno de este default , que se produjo por una serie de errores en materia de política económica doméstica, acumulados desde 2007. No es 2001 De ningún modo se puede asimilar a la desastrosa situación de 2001, en la que el país no tenía recursos para pagar y sufría el efecto de vivir con el chaleco de fuerza, autoimpuesto por cierto, de la convertibilidad, tras una serie de crisis externas: desde el "Tequila mejicano" en 1995 hasta el "efecto Caipirinha" de Brasil en 1999. Tampoco se puede comparar con el default de hecho que vivió casi toda la década del '80, desde la guerra de Malvinas en 1982 –cuando, con la excusa de no pagarle a los bancos ingleses, se les dejó de pagar a todos los bancos extranjeros– hasta el Plan Brady en 1992, porque en el medio la economía prácticamente no creció y las condiciones externas resultaron muy desfavorables para el país, con muy altas tasas de interés y malos términos de intercambio. Fue la llamada "década perdida" para toda América latina.Sería muy cómodo adjudicarle este reciente default solamente al juez Griesa. Su fallo fue como un penal mal cobrado, en el último partido de un campeonato en el que un equipo estaba a punto de descender. Fue el tiro de gracia, pero no la raíz del problema.Tampoco es lógico echarle la culpa al "imperialismo", como trasuntaba la consigna "patria o buitres" vociferada por el kirchnerismo para ocultar sus propios errores. La presidenta Cristina Kirchner no se ha cansado de repetir que el gobierno de Estados Unidos nunca le perdonó a la Argentina la reestructuración de la deuda que desarrolló desde 2005 para salir del default . Nada más alejado de la realidad: el Gobierno contó con el respaldo explícito de George W. Bush para llevar adelante ese canje, frente al disgusto de los acreedores privados, al sacar del medio al Fondo Monetario Internacional (FMI) y no pronunciarse en relación a la necesidad de la fuerte quita que llevó adelante el país. Uno de los momentos que mejor grafica esa buena relación inicial fue la reunión entre Néstor Kirchner y Bush en la Casa Blanca en 2003, antes de lanzar la oferta para los bonistas y de obtener un acuerdo por tres años con el organismo multilateral en Dubai, cuando Bush le recomendó a Kirchner que "negocie con el Fondo hasta la última moneda y que pelee duramente". Las palabras fueron acompañadas por un gesto elocuente: una mano de Kirchner en la rodilla de Bush, como señal de acercamiento, aunque luego, para la tribuna política doméstica haya querido reflejarlo como una señal de desafío. "Fue una reunión excelente. Tuvimos una conversación muy franca con el presidente. Y nos dio un apoyo irrestricto, sin condicionamientos", expresó Kirchner, muy entusiasmado, al salir del encuentro. Dos años después –y antes de distanciarse transitoriamente con el gobierno argentino por el Área de Libre Comercio de las Américas–, Bush defendió su rol en esta materia:"Yo fui más que feliz y mi gobierno fue más que feliz en ayudar a la Argentina durante la crisis con el FMI. Estuvimos junto con el gobierno en tratar de resolver el asunto". Más respaldo Durante el gobierno de Barack Obama, se registraron numerosos escritos de los departamentos de Justicia y del Tesoro, además de la Reserva Federal, en favor de la Argentina en los juicios por los fondos buitre. No resulta lógico tampoco que la Argentina se queje por haber caído en este pozo debido a la ausencia de un marco internacional para la regulación de reestructuraciones soberanas, ya que fue el país el que eligió negociar en forma autónoma para maximizar la quita frente a sus acreedores. Debido a que el FMI, por su parte, fue apartado por el gobierno de Bush para que no se entrometiera entre la Argentina y sus acreedores privados, tampoco puede ser señalado como culpable por esta situación, más allá de su responsabilidad previa por no haber ayudado financieramente al país en el momento más complicado de su crisis, a fines de 2001 y principios del 2002.Desde entonces, poco fue lo que hizo el Gobierno luego de ofrecer dos canjes de la deuda (2005 y 2010) para solucionar el problema de los pasivos que permanecieron en default . Más allá de haber logrado una mayoría abrumadora (el 93 por ciento entre ambas operaciones), el siete por ciento restante que quedó afuera resultó un porcentaje significativo de holdouts para la historia de las reestructuraciones soberanas. El Gobierno no buscó una solución para ellos. Por el contrario, se automarginó del mercado de capitales internacional tras manipular las estadísticas públicas y, en lugar de resolver los problemas, se gastó la mitad de las reservas del Banco Central en cuatro años para pagar la deuda y se enfrentó a los gritos a los holdouts para quedar bien con su tribuna política doméstica. Finalmente, sin haber hecho nada para detener una tormenta inevitable, en junio de 2014 se quedó petrificado ante el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que favoreció a un grupo de fondos buitres y a 13 inversores minoristas argentinos. El verdadero responsable Cuesta encontrar por lo tanto un responsable que no sea el propio Gobierno frente a esta situación que, por otro lado, se resolverá fácil y rápidamente si el kirchnerismo blanquea sus aspiraciones de negociar con los fondos buitre y salir del default para poder descomprimir el problema de la falta de dólares que acumula el país desde hace varios años. Si se lograra un entendimiento con los holdouts , según la mayoría de los analistas, se evitaría un escenario de crisis y la economía tendría el potencial para recuperarse una vez que se registre la salida del kirchnerismo a fines de 2015 y retorne la confianza en la posibilidad de contar con políticas macroeconómicas más o menos sólidas. De lo contrario, prevalecerían los peores pronósticos por la falta de solvencia financiera de un gobierno que está en retirada. En este sentido, en el corto plazo está vigente la amenaza contractual de que algunos fondos de inversión puedan pedir la aceleración de los bonos de la deuda argentina e intentar cobrar en el corto plazo –en vez de tener que esperar el vencimiento de esos títulos para recibir su dinero–, lo que llevaría al país a un nuevo conflicto judicial con sus acreedores y a otro posible default generalizado.También rondan los holdouts que aún no cuentan con una sentencia firme –solamente en Nueva York tienen unos siete mil millones de dólares en bonos argentinos– pero que pretenden cobrar en similares plazos y términos que los demandantes que ganaron el juicio del pari passu en junio del 2014.Por lo tanto, negociar y volver al mercado no debería ser un problema para un gobierno que, pese a las consignas del desendeudamiento, se ha endeudado en forma permanente; el ejemplo más flagrante en este sentido es la tasa exorbitante pagada a la Venezuela de Hugo Chávez en 2008. Y todos los países de la región, no importa bajo qué signo ideológico, han sabido aprovechar la abundante liquidez internacional para tomar créditos a una tasa de interés muy baja. El problema argentino –que claramente excede a este gobierno– no es tomar o no deuda, sino por qué llega en forma recurrente a una situación de desequilibrio en sus cuentas públicas y la utilización irresponsable del endeudamiento a lo largo de su historia. Por lo tanto, la solución apropiada sería buscarle al paciente una buena terapia en vez de atarlo de pies y manos.

