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EE.UU. y el descalabro en Medio Oriente

Especialista en temas del mundo árabe del Conicet y la UNC, analiza la alteración del equilibrio de fuerzas en la región y el fenómeno del islamismo radical.

06 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma*
EE.UU. y el descalabro en  Medio Oriente
Ataque en Túnez. El objetivo de apuntar contra el turismo es garantizar más audiencia (AP)

Los sectores que vienen desde lo más profundo del mundo islámico, con su versión rigorista de la religión, encontraron el caldo de cultivo para su crecimiento en los costos sociales provocados en Medio Oriente por los ajustes económicos de mediados de los '80. Esa interpretación del islam fue acompañada por una amplia red de contención social, canalizada en hospitales, escuelas y todo tipo de asistencia para suplir la ausencia del Estado. De allí su arraigo y aceptación. Juan José Vagni explica así la expansión del terrorismo con etiqueta islámica que domina vastos sectores de Medio Oriente. Considera que la ocupación de Irak por Estados Unidos y sus aliados, en 2003, produjo un gran desequilibrio regional y la emergencia de nuevos actores preponderantes, como Irán, Arabia Saudita y Qatar. A pesar de los sangrientos atentados que sufrió Túnez últimamente, rescata la experiencia de ese país en el marco de los procesos de la Primavera Árabe iniciados en 2010. – ¿Qué ocurrió con la oleada de protestas sociales que reclamaban cambios en distintos países árabes, como Túnez y Egipto, por ejemplo? –Ese proceso no fue uniforme y en ciertos casos estuvo promovido desde el exterior, a la vez que no siempre hubo cambios, sino más bien procesos contrarrevolucionarios. Túnez y Egipto representan las experiencias más interesantes, quizás porque iniciaron la ola de protestas y derivaron en la caída de dos dictadores, aunque tuvieron derroteros muy diferentes. En el caso de Túnez, se afirmó la convivencia política entre fuerzas islamistas y partidos laicos a partir de reformas constitucionales y la elección de un nuevo parlamento. – Sin embargo Túnez está lejos de la tranquilidad. El atentado de marzo en el Museo Nacional del Bardo y la masacre de 38 turistas el 26 de junio así lo demuestran. ¿Qué factores confluyen para favorecer esos episodios? –Podríamos especular que las fuerzas radicalizadas tienen interés en desestabilizar un proceso político en vías de consolidación. Un dato por tener en cuenta es que una importante cantidad de voluntarios alistados en las fuerzas yihadistas que operan en Libia, Siria e Irak son de origen tunecino. Por otro lado, es posible que Túnez no tenga una estructura de seguridad suficientemente preparada para prevenir ese tipo de ataques, mucho menos cuando los que actúan son lobos solitarios, es decir jóvenes radicalizados que actúan en forma autónoma e implican actualmente una amenaza creciente y difícil de predecir dentro del fenómeno del fundamentalismo islámico.- ¿Por qué el principal blanco en Túnez son los turistas? –Sin dudas cualquier atentado contra turistas supone un alto impacto, más aún cuando se trata de un país que desarrolló su infraestructura para aprovechar el mercado de sol y playa del Mediterráneo, muy económico y accesible para el turismo europeo. Lo que se persigue con esos atentados es lograr la mayor visibilidad posible, sobre todo en escenarios donde el mundo occidental tiene permanentemente puestos sus ojos.- ¿Cómo se debe interpretar el caso de Egipto? –Egipto es el caso más paradójico, con un desenlace contrarrevolucionario que encierra cierta actitud gatopardista, sobre todo de la casta militar. Parte de las fuerzas sociales laicas que contribuyeron a la caída de Hosni Mubarak apoyaron luego el golpe militar contra Mohamed Mursi, un islamista que si bien cometió excesos, fue elegido en forma democrática. Hay que recordar, por supuesto, que Egipto históricamente fue gobernado por militares, que manejan amplios sectores de una economía con ayuda financiera estadounidense similar a la que recibe Israel. Inicialmente el gobierno norteamericano apoyó el derrocamiento de Mubarak, luego Mursi terminó condenado a muerte y el exdictador absuelto.- ¿Qué es lo que más le conviene a Occidente, y en particular a Estados Unidos, en torno de estos procesos? –A Occidente siempre le convino la estabilidad, más allá de que el gobierno sea islamista, militar o reformista. Occidente nunca priorizó los principios de los derechos humanos, la igualdad o la democracia, lo que implica una mala señal hacia las fuerzas sociales que impulsan los cambios. Al comienzo de la Primavera Árabe, pareció que se promovía la idea de gobiernos islamistas moderados y la apertura democrática. Pero cuando ese proceso se volvió demasiado complejo, la alternativa autoritaria fue vista como más segura que una apertura política plena. – Algunos sectores asocian el islamismo con sistemas políticos intolerantes. –Hay partidos islamistas que están absolutamente integrados al campo político y en algunos países ejercen gobiernos moderados, más allá de ciertas manifestaciones autoritarias. Un ejemplo, que no es del mundo árabe pero es muy interesante, es el de Turquía, cuyo Partido de la Justicia y el Desarrollo Social, al que pertenece el presidente, Recep Tayyip Erdogan, era el modelo de islamismo moderado que Occidente esperaba que se expandiera en los procesos transicionales insinuados en distintos países durante la Primavera Árabe. Otro ejemplo es el Partido de la Justicia y el Desarrollo de Marruecos, actualmente en el gobierno. En este caso, después de una serie de movilizaciones populares, hubo una reforma constitucional que permitió la elección democrática del primer ministro.– El panorama más complejo hoy en Medio Oriente se ve en Siria. –Siria es un caso emblemático. Por su naturaleza, por su configuración confesional y étnica, por su situación geográfica y su historia, es el punto de cruce de muchas tensiones. Históricamente tuvo una fuerte imbricación en escenarios regionales conflictivos como los asuntos internos del Líbano y la causa palestina, aunque en este último asunto asumió más bien una actitud retórica. La elite gobernante pertenece a una rama del chiismo, la minoría alauita, lo que facilitó una alianza estratégica con Irán. Pese al componente autoritario y autocrático, el régimen obtuvo tradicionalmente el respaldo de los cristianos, por representar una garantía de gobierno laico y garante de la diversidad. Los desequilibrios que provocó la intervención estadounidense en la región afectaron profundamente a Siria. El reequilibrio de fuerzas- ¿Cómo analiza los reacomodamientos geopolíticos actuales? –Tras la intervención de Estados Unidos y aliados en Irak y su posterior desmembramiento, Irán emerge como actor preponderante, incluso dentro del propio escenario iraquí a través de los chiítas predominantes en el sur, lo que permitió a esa facción tomar el control del gobierno. Pero también juegan un rol clave Arabia Saudita y Qatar, este último un pequeño y muy rico país que compite por el predominio regional mediante una diplomacia muy activa. No se puede omitir, por otro lado, la presencia de estructuras de poder muy opacas, de las que salen recursos que financian a los múltiples subgrupos armados en los dominios del Estado Islámico. –¿Cómo ve el acercamiento de Estados Unidos e Irán? –Siempre es saludable el diálogo. En este caso es determinante el fenómeno del Estado Islámico. Pero también es necesario analizar el impacto que esto tiene sobre la relación norteamericana con Arabia Saudita. Y aquí se agrega otra lectura, relacionada a las derivaciones de la autonomía petrolera de Estados Unidos, ya que la menor dependencia de petróleo árabe puede llevarlos a no depender tanto de las alianzas con determinados regímenes y asumir una actitud más principista. El fundamentalismo SEnD ¿Qué encierra el fenómeno del Estado Islámico? –La opacidad informativa nos priva de datos confiables. No hay que descartar el accionar de la resistencia iraquí y la mano de obra desocupada del partido Baas, es decir, toda la estructura policial, militar y de la administración pública que quedó marginada tras la intervención de Estados Unidos. Luego se suma el fenómeno de los voluntarios que confluyen desde distintas partes del mundo musulmán, no sólo de los países árabes. Si tenemos en cuenta la presencia de muchos conversos, habría que prestar atención a la influencia que tienen fenómenos originados en el propio Occidente, como la crisis de los ideales, los fenómenos de alienación y la marginación social.– ¿Cómo debemos interpretar la problemática actual del radicalismo islámico? –En la historia del islam hay muchos más síntomas de diversidad que los que vivió Europa hasta la modernidad. Hay que tener en cuenta, por otro lado, los imaginarios construidos desde el mundo musulmán, pero también desde Occidente en la gestación de los desencuentros. El imaginario de los sectores islámicos radicales está alimentado por la idea de un Occidente seductor y al mismo tiempo opresivo. Pensemos, desde esa posición, cómo se pueden leer las intervenciones occidentales constantes y la historia aún fresca del colonialismo. Pero el islamismo tiene múltiples expresiones, inclusive su faceta política, extendidas en un universo que excede largamente el mundo árabe. Las manifestaciones violentas o radicales que unen la vertiente religiosa con la política son expresiones menores.

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