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Dos casas con alma

Los lugares en los que vivieron Ernesto Sabato y Haroldo Conti, transformados en casas museo, reflejan el estilo de ambos escritores.

08 de febrero de 2016 a las 12:05 a. m.
Bibiana Fulchieri / Especial, texto y fotos
Dos casas con alma
En memoria de Sabato. Un enorme mural con el retrato del autor de “Sobre héroes y tumbas”, cerca de su casa de Santos Lugares, en la provincia de Buenos Aires, donde el escritor vivió más de 60 años.

Tanto la casa museo de Ernesto Sabato en Santos Lugares, como su par, la casa museo Haroldo Conti –ubicada en el Delta del Tigre– hacen gala de una austeridad total. Un culto a lo esencial (la del delta hasta el paroxismo). Las dos, además, cumplen a rajatabla con lo que el poeta Roberto Juarroz proponía: que la casa crezca con el hombre y también se empequeñezca con él o prepararla para que cuando el hombre caiga o escape o evapore, su casa conserve por un tiempo algo así como un duplicado de su imagen. Habitar es la manera que tienen los hombres de estar en la Tierra, y cuando se trata de un artista, quizá sea más sugestivo observar su doméstica intimidad.En la recorrida por la casa de Sabato, fue su nieta Luciana la que guio nuestros pasos. La travesía por el delta fue acompañada por Guillermo Haut –director de los museos del Tigre– junto a Teresa y a María del Carmen Bruzzone –vecinas y amigas de Haroldo Conti–, quienes ayudaron a ver en los objetos la huella de su dueño.Estas casas guardan presencias y secretos del alma. Intentemos, en esta visita fugaz, ser los huéspedes de esos sutiles universos personales.

Los gozos y las sombras

“Mi abuelo no quería que podaran las plantas del jardín, y así fueron creciendo selváticamente, las magnolias enredadas con jazmines junto al ciprés; la palmera con el laurel –cuenta Luciana, la nieta arquitecta que puso en valor la residencia donde Ernesto Sabato vivió 65 años y escribió toda su obra–. “Esta casa es muy particular porque perteneció a Federico Valle, un pionero del cine argentino que la utilizaba también cómo set de filmación. Cuando invitó en 1945 a mi abuelo a vivir acá, él se mudó al sótano. Después los Sabato compraron de a poco esta casa y nacieron Mario –mi papá– y Jorge”.

Apenas entramos, vemos el corazón del hogar, la biblioteca-living, donde hay más de 6.500 libros. “Algunos son de mi abuela Matilde; y los demás, muchas colecciones de autores latinoamericanos y ejemplares de ediciones de todo el mundo, en diversos idiomas, de mi abuelo.

El túnel

,

Sobre héroes y tumbas

y

Nunca más

, las más traducidas. Una curiosidad es que desde acá se ve el jardín de mi abuela, donde reina la escultura de Ceres, que estaba en parque Lezama y se la regalaron a don Ernesto”, cuenta Luciana.

Dentro del recinto se puede visitar el escritorio y el comedor, acceder al archivo completo de las revistas

Sur

, y mirar el atelier en el que se exponen los óleos que pintaba y los cuadros que le regalaron a Sabato. “Para mí no era igual a ningún abuelo que conociera, me trataba como a una persona grande y me llevaba a las galerías de arte y a tomar un café fortísimo en un bar de Cabildo y Juramento. Todavía recuerdo ese gusto”, continúa la nieta.

Hay mucho por contar de él y de este lugar. Desde un video se escuchan las palabras del escritor: “Acá pasaba de la exaltación luminosa a la más profunda oscuridad”.

El hombre que amaba el río

Desde la estación fluvial del Tigre una lancha con motor nos lleva hacia la casa museo de Haroldo Conti (1925-1976), que dista a 10 minutos de navegación.

“Hay testigos que vieron a Conti llegar nadando hasta su casa aquí, por el arroyo Gambado. Adoraba el río y era un gran deportista”, relata Guillermo Haut, director coordinador de Museos Agencia de Cultura Tigre, quien se enorgullece de que la casa en cuestión esté incorporada a la Red Federal de Sitios de Memoria.

En un pequeño muelle entre juncales aparece un cartel que anuncia la casa museo del escritor, quien amaba viajar, pero descubrió que ese río era su camino. Una vereda de troncos conduce hasta la pequeña cabaña de madera, rodeada por abigarrada vegetación de humedales.

María del Carmen Bruzzone y su madre Teresa son las encargadas de asistir en el recorrido por el lugar, dando detalles –precisos y preciosos–de lo que fueron los días de Conti en ese monacal refugio. “Nosotras seguimos viviendo al lado de la casa de Haroldo y tenemos recuerdos imborrables de cuando estaba–rememoran a dúo–. Siempre los fines de semana se sentaba en la mesita de la cocina y escribía y escribía, pero ¡no debía volar una mosca!”.

“Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero”, declaró alguna vez este autor de novelas fundamentales cómo

Sudeste

,

Mascaró

,

Alrededor de la jaula

y cuentos como

La balada del álamo Carolina

,

Todos los veranos

,

Con otra gente

.

Las señoras Bruzzone cuentan que Conti había sido seminarista, maestro rural, vendedor, piloto civil, profesor, entre algunos otros oficios.

Llegaba al Delta acompañado muchas veces de su familia. “Quedan libros infantiles que les leía a Marcelo y a Alejandra, su hijos. Nosotras cuidamos todo esto; a él lo secuestran de su casa de Villa Crespo en mayo de 1976 y, después de pasar por varios centros clandestinos, nadie supo más nada, está todavía desaparecido”.

Ellas, las guardianas de su legado, dicen que el interior está intacto. “Dejamos todo como la última vez que él pasó por esta casa. Lo recordamos como a un ser extraordinario, alegre, gran contador de historias, chistoso, con ocurrencias increíbles, como grabar los sonidos de los árboles, las ramas al caer. Hablaba con la gente del lugar, amaba lo sencillo y lo profundo de este paisaje isleño”, aseguran.

“¿Para qué escribe mi hermano Haroldo –se preguntó Eduardo Galeano– si no es para salvarse y salvar lo que merece ser salvado?”.