Cultura y Estado
En La cultura en el mundo de la modernidad líquida (FCE, 2013) Zygmunt Bauman se pregunta si puede el Estado prescindir de su función cultural y dejar que el mercado se apodere de ella y la disuelva.
A fines del siglo 20, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman lanzó el concepto de "modernidad líquida", al que regularmente vuelve para abordarlo desde una perspectiva en particular. Hasta no hace mucho, según Bauman, la modernidad fue sólida. Pero un buen día se disolvió, se tornó líquida, y en consecuencia ya nada puede mantener su forma durante un largo tiempo porque no existe algo que reemplace a la forma disuelta y que se presente como más resistente al proceso de disolución. Por el contrario, allí donde se propone una alternativa, esta se proclama, de entrada, líquida. Ahora, concluye Bauman, nada es para siempre; todo es provisorio.Su nuevo libro es La cultura en el mundo de la modernidad líquida (FCE, 2013), cuyo objetivo –explicitado desde el título– es pensar las transformaciones que ha experimentado el concepto de cultura a lo largo del tiempo y cuál es, si vale decirlo así, su estatus en la modernidad líquida que nos toca vivir."La nuestra es una sociedad de consumo: en ella la cultura, al igual que el resto del mundo experimentado por los consumidores, se manifiesta como un depósito de bienes concebidos para el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los potenciales clientes, empeñándose en captar esa atención más allá del pestañeo".Esta conclusión puede sonar demasiado obvia, pero lo interesante es todo lo que Bauman lee en ella.Primero, "si los artistas ya no tienen a su cargo tareas grandiosas y trascendentes, si sus creaciones no sirven a otro propósito que brindar fama y fortuna a unos pocos elegidos, además de entretener y complacer personalmente a sus receptores, ¿cómo han de ser juzgados si no es por el bombo publicitario que acaso reciben en un momento dado?". En la producción cultural ya no se distingue lo que es bueno de lo que es malo, sino el éxito o el fracaso en las ventas. En el mercado, lo único que importa es quién vende qué cosa y a qué precio.Segundo, ya no hay, como antes, un pueblo –en tanto conjunto de ciudadanos– al cual formar –en el sentido de educar su gusto por el arte–, sino un consumidor al que hay que seducir para que compre.Tercero, en ese contexto, las élites intelectuales y los gobiernos optan por "rechazar su rol de educadores, líderes y maestros –asignado a ellos y esperado por ellos en la época de la construcción nacional– en favor de otro rol, uno que emula a la facción empresarial de la élite global en su estrategia de escindirse, dejar todo atrás y no involucrarse". Así se vacía de contenido y hasta de sentido a las asignaturas escolares relacionadas con las disciplinas artísticas (ya no hay un canon que enseñar, vinculado con la cultura de cada país) y a las oficinas estatales que hasta aquí se han ocupado de promover el encuentro entre los ciudadanos y la cultura a través de numerosas políticas públicas.¿Puede el Estado prescindir de su función cultural y dejar que el mercado se apodere de ella y la disuelva? ¿Eso quieren los políticos que lo administran, o aspiran a hacerlo?

