Crónica de una pasión
Como tantas otras cosas tan características de los argentinos, la afición por el fútbol también llegó de Europa. La heredamos de Gran Bretaña y pasaron años hasta que adquirió nuestra propia impronta.
El 20 de junio de 1867 se habría jugado el primer partido de fútbol en territorio argentino, más exactamente en el Parque Tres de Febrero de la ciudad de Buenos Aires. Pero la institucionalización y popularización del deporte entre nosotros no empieza esa tarde ni el día siguiente, sino en 1891. A contar la historia de esa práctica y el ritual del espectáculo que se instaura alrededor de cada partido se aboca Julio Frydenberg en Historia social del fútbol. Del amateurismo a la profesionalización (Siglo XXI, 2011), el atractivo libro –ilustrado con fotos como las que pueden verse en estas páginas y enriquecido con muchos testimonios– en que se transformó su tesis doctoral. Porque, aunque cueste creerlo, el ámbito académico y el sistema de investigación argentino están interesados por estas cuestiones. Como comenta Frydenberg, "si uno mira los sectores populares como objeto de estudio, es inevitable tener en cuenta el fútbol. Hasta por la negativa, ¿no? Porque es obvio que en la vida de los sectores populares el fútbol ocupa un lugar importante. Es un tema extraño, académicamente, de eso no hay duda, pero en la actualidad no lo es tanto como hace 20 años".Un claro ejemplo de lo que ha cambiado en esos 20 años se observa en un dato laboral del autor: es director del Centro de Estudios del Deporte de la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín, cuyo primer objetivo fue buscar y formar investigadores que tomaran como objeto de estudio el deporte. En síntesis, "hoy somos más de 10 y de distintas disciplinas, historia, sociología, antropología y otras más; somos docentes en las universidades de La Plata y San Martín. Tenemos algunas publicaciones; hacemos seminarios internos de discusión de textos; hemos establecido contacto con varias unidades académicas extranjeras y con gente suelta de todo el país". Es decir que estamos frente a un especialista. British & cool. El principio del fútbol en Argentina fue inglés por donde se lo mire. Resumiendo lo que expone Frydenberg, en 1891, Alejandro Watson Hutton, un docente que había llegado a Buenos Aires para dirigir un colegio inglés en 1882, organizó la Argentine Association Football League. Las cosas no salieron como él quería, pero no se dio por rendido ante el primer fracaso y volvió a la carga un par de años más tarde. Y entonces sí, comenzó a funcionar lo que se considera hoy la primera liga oficial argentina, que en 1904 (oh, sorpresa) fue reconocida por la liga inglesa. Que Watson Hutton sea el promotor de aquellas primeras instituciones se explica por la relación entre deporte y escuela que existía en el mundo anglosajón. Frydenberg señala que el modelo inglés tenía incorporada la práctica de los deportes –entre los que se destacaba el fútbol– al programa escolar, mientras que la escuela pública argentina los excluía. Por eso mismo, aquellas primeras ligas eran un estímulo para los equipos formados al amparo de las escuelas inglesas; equipos que ahora tenían la posibilidad de convertirse en clubes, sin por ello perder la tradición comunitaria en la que habían sido engendrados. "Los clubes ingleses eran instituciones cerradas que hacían de la exclusividad su razón de ser y la causa y origen de su éxito. La cuota social era alta, el socio debía ser presentado por varios padrinos para ser aceptado y las mujeres no podían asociarse. Estas entidades fueron ámbitos exclusivos y excluyentes de sociabilidad masculina, en cuyos salones, además de discutirse cuestiones ligadas al deporte, se trataban temas vinculados a la actualidad del país y de Gran Bretaña".En ese marco, no debería extrañar que junto a la cancha en que se disputaba el partido se sirviera el té o se promoviera un "tercer tiempo" en el cual los contrincantes departían amablemente mientras degustaban un lunch , porque, en última instancia, se trataba de sportsmen , perfectos caballeros dentro y fuera de la cancha que hacían realidad –a base de esfuerzo, madurez y modestia– aquello de mens sana in corpore sano .De modo que hasta parece un dato anecdótico o de color –cuando no lo es– advertir que durante su primera larga década de vida el idioma oficial de aquella primera institución fue el inglés –tanto en las reuniones como en la redacción de sus actas– y que su nombre recién se castellanizó en 1912. –¿Por qué durante tantos años prima lo inglés sobre lo nacional? ¿La liga no tenía ninguna relación con el Estado argentino? –En realidad, ninguna asociación del fútbol tiene supervisión estatal. Son, por definición, hasta la AFA actual, instituciones privadas, asociaciones sin fines de lucro que se gobiernan autónomamente. De hecho, la FIFA tiene instrumentos que prohíben la existencia de asociaciones con vínculos con los gobiernos locales. Es cierto que, por etapas, la Argentina sufrió la intervención gubernamental de la AFA. En la época de Perón y después de Perón, por ejemplo; pero eso ponía al país fuera de la regla. Entonces, cuando se fundó aquella liga, se fundó bien al estilo inglés y liberal: asociaciones civiles, privadas, en lo posible fuera de todo influjo gubernamental. Y en línea con eso, eran clubes ingleses ligados a las escuelas inglesas. Ser o no ser. Frente a la "liga oficial", hacia 1905-1906, comenzaron a definirse ligas independientes, y no una sino varias, cuyos clubes estaban formados por jóvenes argentinos que, aunque procedían de los más diferentes estratos sociales, en su mayoría pertenecían a los sectores populares. El estudio de ese fenómeno y su impacto tanto en el campo del deporte como en la trama social es tal vez el mayor acierto del libro. En primera instancia, hay que observar por qué se organizan esas otras ligas: "Los jóvenes que fundaban clubes de fútbol querían entrar en la liga oficial, pero no podían porque les exigían tener una cancha propia con determinadas comodidades –como baños con duchas, por ejemplo–, y ellos no tenían nada de eso; entonces, armaron sus propias ligas", dice Frydenberg para sintetizar una historia compleja alrededor de un punto clave. Porque si la imposibilidad de tener determinadas instalaciones deportivas impedía el reconocimiento del club, es lógico pensar que lo más importante fuera la construcción de un ámbito institucional alternativo que les permitiera existir y por lo tanto jugar.Luego, por la multiplicación, se advierte el proceso de popularización: "Eso viene de la mano de la creación de clubes por jóvenes de los sectores populares que, en principio, se encuadran en el fútbol aficionado y en ligas independientes, y que de a poco van pasando, en la segunda década del siglo 20, a la liga oficial".viene de página 2 Esto no sólo fue posible por cómo fueron cambiando las condiciones internas de esa liga oficial, sino también porque los clubes populares desarrollaron numerosas estrategias para subsistir, crecer y conquistar el ansiado sueño de tener la cancha propia. Cobraban cuotas a los socios, organizaban bailes y rifas, proyectaban películas, conseguían padrinos y mecenas, y hasta llegaron al extremo de mudarse (con todo lo que eso implicaba). –Vos explicás en el libro que los nombres elegidos para los clubes, en más del 50 por ciento de los casos, se relacionaban con el lugar de residencia de los fundadores, lo que abre la investigación hacia el desarrollo de Buenos Aires. –Sí… Los jóvenes que crearon los clubes vivían tanto en el centro de la ciudad como en la periferia (dentro de los límites actuales de la ciudad). Hay allí un choque entre las opciones que ofrecía la ciudad y las ganas que tenían estos jóvenes de tener una cancha, ya que muchas tierras tenían dueño; eran tierras que se iban a lotear y vender en cuotas y darían lugar al fenómeno de la construcción y la casa propia. Algunos clubes, a pesar de eso, con muchas dificultades, consiguen un terreno, aunque en algunos casos les implica mudarse de barrio, etcétera. Hacia 1920, ya hay una veintena de clubes que tienen una cancha; en algunos casos, en predios alquilados. Y ahí se da el proceso de formación de lo que hoy llamamos barrios, que aparecen cuando la ciudad ya está casi totalmente urbanizada. –Y los clubes van a jugar un papel muy importante en la consolidación de la identidad del barrio. –Es que el barrio es una categoría simbólica, cultural. Entre Flores y Palermo no hay ninguna diferencia morfológica, no hay una loma ni un río ni nada. Sin embargo, se arman identidades particulares, barriales, desde la simbología cultural. En Boedo, por ejemplo, el club que estaba, que era San Lorenzo, fue estructurando (entre el barrio, el club y los medios de comunicación) esa construcción identitaria que asocia a un club de fútbol con un barrio. No todos los barrios tenían clubes, pero hay una buena cantidad que sí, y este es un fenómeno muy particular de Buenos Aires. No hay muchas ciudades en el planeta en las que pase esto. Londres, Montevideo y Buenos Aires tienen más de diez clubes relativamente grandes en su interior y su construcción identitaria está asociada a ese territorio pequeño al que nosotros llamamos barrio. En otros casos, en Europa, por ejemplo, no es así. Puede haber, como mucho, cuatro clubes que se dividen la fidelidad futbolística de la ciudad; pero en general suelen ser sólo dos y muy poderosos. La segunda escuela. Vinculemos ahora elementos mencionados en las secciones anteriores. Si en los sectores populares de la sociedad porteña se populariza el fútbol, pero no tienen muchas canchas para practicarlo y la escuela pública no cuenta con infraestructura ni docentes para los deportes, ¿dónde y bajo qué circunstancias se juega al fútbol? Ahí aparecen los legendarios potreros y las míticas pelotas de trapo a las que remitirán, durante muchos años, los testimonios de cientos de jugadores que, al ser entrevistados, cuando el reportaje rozaba lo biográfico, con más o menos nostalgia rendían homenaje a aquellos humildes y algo pícaros comienzos, como lo testimonia Juan Botasso (de Quilmes), en 1928: "Yo soy como todos, y mi historia es la misma de casi todos. Una patada al cascote, a la pelotita querida (la de trapo). Un partido en el potrero, los domingos que podía fugarme de casa merced a mi astucia y a mi habilidad para convencer al viejo de que me dejara ir al Zoo o al biógrafo o a ver la estatua de Garibaldi". –A ese potrero vos lo presentás como la "segunda escuela" y lo caracterizás como un espacio de socialización y masculinidad. –Dejame que aclare algo; yo traté de estudiar dos ámbitos o franjas del mundo del fútbol. Uno es la práctica, el otro es el ritual del espectáculo. En lo que hace a la práctica, los niños y los jóvenes, desde la década de 1910 en adelante, pero especialmente en la siguiente, consideraban al fútbol como una práctica obligatoria, necesaria y habitual para los varones. Dónde jugar es la gran pregunta. En Buenos Aires, la escuela pública no incluía la práctica de los deportes, menos del fútbol. Porque bien podría haber sido como la escuela anglosajona un lugar de práctica del deporte, suponiendo que la escuela tuviera infraestructura, cosa que ellos tenían. ¿Dónde jugar? En la calle o en las tierras baldías. Bueno, a eso se le llamó más tarde potrero. Frydenberg, en el libro, al analizar el denominador común de los testimonios de aquella época, describe "valores tradicionalmente considerados masculinos: la templanza, la fidelidad y el alto espíritu competitivo", asociados a una pretérita "infancia aventurera" que no por ello dejaba de ser "ingenua y heroica", en contraposición con un presente marcado por la adultez, cierto estrellato simbolizado en la entrevista periodística al futbolista destacado, y un fútbol oficial "que sólo tenía en cuenta los talentos individuales". Esa tensión entre el ayer y el hoy permite entender por qué la imagen del potrero despertaba en los entrevistados fuertes emociones. Contradiciendo el famoso principio de Lavoisier, si en cada transformación no se perdiera algo, nadie añoraría el pasado.

