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Cómo nos cambia la vida

Al blanquear que le regaló a su hija un auto alemán de alta gama, el jefe de la Afip, Ricardo Echegaray, vino a subrayar otra vez una frase a la que ya le queda chica la definición: “lugar común”.

15 de septiembre de 2013 a las 12:01 a. m.
Cómo nos cambia la vida

Al blanquear que le regaló a su hija un auto alemán de alta gama, el jefe de la Afip, Ricardo Echegaray, vino a subrayar otra vez una frase a la que ya le queda chica la definición: "lugar común". Cuando un gobierno concluye su gestión, siempre aparecen nuevos millonarios o multimillonarios. Dirigentes que, de la noche a la mañana, pasan de un departamento de dos dormitorios en un edificio estándar a un country de los más exclusivos. O los empresarios que fundamentan su crecimiento económico impresionante en habilidad y esfuerzo. Esas cosas no se ven tan fácilmente en otros puntos del planeta. Echegaray se movía en un auto de escaso valor hasta hace pocos años. Vivía como vive una familia de clase media. Pero de pronto explotaron sus virtudes, se llenó de dinero y su vida cambió radicalmente.No está mal que un funcionario viva muy bien, lo que debe ponerse bajo sospecha –y de hecho la sociedad lo hace– es el ascenso desmedido y en escaso tiempo. Pero atención: quienes decidieron enfocar sus dardos sobre el titular de la Afip, únicamente, cometen el error de señalar el tamaño de una casa en un barrio cerrado. Si se repasa, estos ejemplos abundan y no hay que ir a la Nación para detectarlos. En la ciudad de Córdoba, en distintos puntos del interior y en la provincia se han dado casos realmente impresionantes.Hace poco, en una reunión con dirigentes políticos, el gobernador José Manuel de la Sota se lamentaba de la escasa actividad de sus cuadros políticos en el territorio, allí donde los dirigentes se convierten en gladiadores en tiempos de campaña electoral."Lo que pasa es que se acostumbraron a comer con aceite", fueron las palabras del gobernador.El aburguesamiento convierte a expeditivos en burócratas y los primeros espadachines ya no funcionan sino al mando de costosos ejércitos acostumbrados a pelear contra nadie.El calorcito del poder da pereza, es cierto. Lo que no debe es incitar a la comisión de ilícitos porque, aunque desde aquí no se pretenda enjuiciar a nadie, en el fondo la verdadera sospecha es esa.La gente no les cree a sus conductores. Eso parece una exageración. Pero la clase dirigente, día a día, aporta elementos cada vez más novedosos para que su sola presencia provoque una reacción adversa. Más allá de esas capas oscuras, están los que valen la pena, los que están preocupados por dar vuelta la situación, los que creen que el Estado no es sólo un negocio. Hay ciudadanos íntegros y cada vecino puede dar fe de ello a partir de sus experiencias personales. Simplemente, hay que elegir bien, hay que pensar y reflexionar con profundidad. Más que una obligación, es un lujo que este país puede darse.Al fin y al cabo, nos aprestamos a celebrar 30 años ininterrumpidos de democracia. Hora de festejar. Hora de empezar a mejorar la calidad de las instituciones en serio, que vayan más allá de las declamaciones cremosas de dirigentes de voz engolada.