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Como cuando vinimos de España

El nivel de vida en la península ibérica no es el que era años atrás, pero los españoles resisten los embates de los mercados y los tijeretazos que aplica su nuevo gobierno conservador.

29 de abril de 2012 a las 12:02 a. m.
Analía Iglesias (Especial desde Madrid)
Como cuando vinimos de España

A Pilar la despidieron del trabajo el último viernes de febrero de 2012, unos días después de aprobarse el decreto de urgencia que flexibilizaba las condiciones de contratación y despido en España. La sombra de la reforma laboral, que confeccionó el gobierno conservador del Partido Popular (PP) a las pocas semanas de asumir, y que no fue consen­suada con los sindicatos, oscureció el ho­rizonte de los asalariados, espe­cial­mente por la figura del despido "objetivo". Esto es, un nuevo tipo de rescisión de contrato, justificado por previsión de pérdidas, reducción presupuestaria o por cambios técnicos en el organigrama de las empresas. La reforma rebajó las indemnizaciones a 20 días por año trabajado (antes de esta ley, a un des­pido "improcedente" correspondía una indemnización de 45 días por año trabajado). Los recortes de personal, tanto de empresas privadas como de la administración pública (algo inusitado hasta ahora) se suceden a un ritmo vertiginoso a partir de entonces. La reforma laboral ha representado, sin duda, un momento bisagra en la historia de las relaciones laborales en este país, y su primer efecto es la multiplicación de la desocupación por el abaratamiento del despido. Si el avance del desempleo parecía imparable sobre el final del segundo ciclo de José Luis Rodríguez Zapatero, con Mariano Rajoy se ha desbocado. Las últimas cifras hablan de 365.900 nuevos desempleados durante en el primer trimestre, lo que eleva la cifra total de parados a 5.639.500 (el 24,4 por ciento de la población activa) y sitúan a España como el país que más empleo destruye en zona euro, seguido por Grecia (21 por ciento) y Portugal (15 por ciento). A propósito, la zona euro, con el 10,8 por ciento de desempleo entre la población activa, ha alcanzado también su propio récord de desocupados desde que Eurostat, la oficina estadística de la UE, comenzó a elaborarlas, en 1998. Casi la mitad de los nuevos desocupados del mes de marzo provienen del mercado español. Cabe destacar que las partidas más afectadas por los recortes para 2012 son las de Educación (21,9 por ciento), Cultura (15,1 por ciento) y Sanidad (un 6,8 por ciento). Además, se recorta un 34 por ciento en investigación y en un 65,4 por ciento, la ayuda al desarrollo (cooperación internacional). Si esto no es una declaración de principios… Hoy, una cirugía menor. Uno o dos abogados, carta de despido en mano, reciben a los "elegidos" en los despachos y les dan las gracias por su excelente desempeño profesional, mientras un equipo informático cambia las claves de acceso a los usuarios prohibidos a partir de ese instante. Una ceremonia similar a las de la película norteamericana como Amor sin escalas ( Up in the air ) de Jason Reitman con George Clooney, que se practica cada viernes en alguna oficina o fábrica de España. Siempre los viernes, cerca del mediodía, como para evitar medidas de fuerza del resto de los empleados que, a esa hora, se aprestan a comenzar su fin de semana. Porque en España casi nadie (por no decir nadie) trabaja los viernes por la tarde. El lunes será otro día. El puesto de Pilar, que deja al cabo de 10 años de trabajo en una institución pública, será cubierto, seguramente, con personal externo al que se contratará para cada trabajo en particular o como asistencia técnica temporal. "Pasada la vergüenza inicial que te da frente a tus compañeros por algo que, aunque no tiene nada que ver con tu rendimiento, te abruma, te vas a tu casa. Allí, ves a tus vecinos que siguen con sus hábitos de consumo y de repente adviertes que te han expulsado de esa sociedad que, en gran parte, se basa en comprar, viajar y regalar", en palabras de Pilar. A cambio, ella empezará a formar parte de esa otra gran cifra, la de los cinco millones, o la del staff de "la mayor empresa de España", como llaman los españoles con sorna al servicio público de subsidios por desempleo, el Servicio Público de Empleo Estatal. Ser uno de los casi cinco millones de desocupados que hay hoy en Es­paña dejó de ser un estigma. Inscribirse como "demandante de empleo" y llevar el certificado de cotización de la empresa son los requisitos para empezar a percibir la prestación por desempleo (durante cuatro meses por año trabajado, con un límite máximo de dos años), con montos variables, dependiendo de la cotización efec­tuada, pero con un máximo cercano a los mil euros mensuales, a lo que se añaden los complementos por hijos a cargo. Durante el tiempo en que "se cobra el paro" (seguro de desempleo) los servicios sanitarios y los aportes jubilatorios están garantizados. Agotado el período de prestación que en cada caso corresponda, se puede optar por un último subsidio de 400 euros por mes durante seis meses. El actual gobierno prevé 630 mil más desocupados a lo largo de este año e insiste en que no habrá modificación alguna a las prestaciones por desempleo, aunque sí ha recortado el gasto social en un 4,3 por ciento. Confort y una cierta equidad. El llamado Estado de bienestar ha sido el orgullo europeo durante las décadas que siguieron a la tragedia de la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un modelo de organización social en el que todos los habitantes de un país (en este caso, de buena parte de un continente) gozan de unos derechos y unos servicios básicos garantizados por el/los Estado/s. Primordial en este orden de cosas es el acceso igualitario a la salud y la educación. Así, la protección social para corregir las situaciones de inequidad resulta fundamental, máxime en tiempos de crisis. Para mantener la calidad de vida en Europa, además de los negocios (no siempre santos) de sus empresas en el exterior y, por supuesto, de los créditos blandos de los del norte a los del sur mediterráneo, ha sido necesaria una relativa buena conciencia de la gente con sus impuestos, que son muchos y altos. Esto es, a cambio de tributar lo que le corresponde, el ciudadano europeo medio (continental) ha tenido hasta ahora la tranquilidad de contar con colegios de acceso gratuito para sus hijos, el mejor servicio de salud (aquí el sistema privado de salud es un complemento para tratamientos menores, pero las dolencias que requieren de alta complejidad médica y tecnológica se atienden en el hospital público), universidades abiertas, excelente transporte público y carreteras seguras, entre otros servicios. Esa confianza está en juego hoy, al menos en España, en tanto crecen las desigualdades. Porque frente a la austeridad impuesta a la clase media subsisten privilegios insólitos como los salarios exorbitantes que siguen percibiendo algunos ejecutivos de la banca o la laxitud tributaria entre los empresarios más ricos. Precisamente en estos días, el asunto ha tenido su epítome con la anunciada "amnistía fiscal" para los millonarios que defraudaron al fisco español durante los últimos años, mientras los asalariados hacían religiosamente sus declaraciones anuales de Hacienda, a semanas del aumento del Impuesto a la Renta a las Personas Físicas y de las tarifas de la luz (un siete por ciento) y el gas (un cinco por ciento). Se resquebraja el Estado social de bienestar, se hacen más amplias las distancias entre los ricos riquísimos y los (más o menos) pobres, al tiempo que se relaja la aplicación de normas que afectan directa o indirectamente a la salud y la calidad de vida, como es el caso de cierta legislación ambiental y de medidas que en los últimos años intentaron frenar la especulación inmobiliaria. En tanto, para tapar algunos huecos en las cuentas públicas, hay gobiernos regionales que empiezan a cobrar el famoso "céntimo sanitario", una suerte de copago por cada visita médica; se habla de pedir a los pacientes un euro adicional por cada receta que expenda el médico de la Seguridad Social y se recortan derechos a los docentes públicos que ya trabajan más horas por el mismo sueldo. Para seguir en pie. ¿Cómo es que con semejante nivel de desempleo y bronca no se haya de­satado un caos bíblico? Hay varias claves para una posible interpretación, claves que suelen escapárseles a los extranjeros. Unas semanas atrás, una periodista holandesa que vino a cubrir la crisis del sur, observaba con sorpresa que los bares de Madrid seguían llenos de gente. A esa observación sobre la cantidad de parroquianos en las tabernas (algo que muchas veces escuché también en plena crisis argentina), habrá que oponer el dato irrefutable de una cultura castellana del estar en la calle y vivir en el bar, desde el bautismo hasta el entierro. Ahora se gasta menos, claro. O se toma el aperitivo en la tasca y luego se almuerza en casa, pero al bar no se deja de ir, y menos si de enjugar penas se trata. Y sobre este aguantarse los golpes por parte de la gente que ha perdido su trabajo y se contiene, puede decirse que los españoles cuentan con un colchón que evita el estallido social y con un atajo de supervivencia. El colchón es la familia que, como en toda cultura latina, resulta un soporte fundamental; el atajo lo constituye el amplio abanico de salidas económicas sin declarar, las ayudas de los amigos y todo el trabajo sumergido que, en conjunto, conforman redes de solidaridad y subsistencia, a la vieja usanza. Como los viejos republicanos y su corajudo "No pasarán", España y los españoles resisten.