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Ciudad de mil pedazos

Se observa un divorcio entre la gente y la caja que la contiene.

25 de abril de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Ciudad de mil pedazos

Cómo entender a Córdoba. ¿Como una entidad? ¿Como un millón y medio de células en ebullición constante? Esta capital de provincia parece asemejarse a un conjunto de microcosmos sociales y urbanos, algunos muy distintos entre sí, que intentan dar forma a una ciudad que deja cada vez más atrás el paisaje y la mitología que describieron los narradores y poetas del siglo 20.

Sólo en algún rincón nostálgico parece quedar detenida aquella urbe tradicional y ultraconservadora (doctoral, también), tanto en lo social como en lo urbano. La argamasa del nuevo cordobés seguirá en construcción, aunque viene tomando nueva forma desde mediados de la década de 1940.

Fue cuando los "cabecitas coloradas" comenzaron a llegar de la Pampa gringa para alimentar con su sudor las fábricas y los talleres que florecían con chimeneas tan osadas que se animaban a destronar en altura a los campanarios de las iglesias.

Ese mosaico social que fue armando barrios periféricos sumaría después un inagotable aluvión de estudiantes que, según los tiempos, fueron dando forma a verdaderas microciudades de jóvenes, del Clínicas a Nueva Córdoba. Muchos de esos "invasores" se radicaron definitivamente y mutaron a cordobeses del nuevo siglo.

Córdoba parece mostrarse hoy como la ciudad de los mil pedazos que intentan un entramado social, pero que está despedazada en cuanto a continente urbano. Los cordobeses del centro, de las villas, de los barrios tradicionales o de los countries se mueven según patrones sociales y culturales que terminan confluyendo en algún punto, pero casi no pueden disfrutar el lugar donde viven. Lo sufren cada día por el abandono o por la falta de planificación. A la natural evolución de la sociedad cordobesa, la está acompañando una marcada y constante involución en calidad de vida, que afecta la salud, el ocio o la productividad laboral.

Una ciudad que aún se muestra orgullosa de sus universidades y centros de estudios acepta casi con normalidad que su río (con costas incluidas) se haya convertido en un canal de aguas servidas en su paso por el centro, y directamente en un estercolero cuando abandona el ejido urbano. De igual modo, es una urbe que sangra por las heridas en sus calles y veredas, que llora por el humo que deja su tránsito descontrolado o se ahoga cuando caen más de 10 milímetros de lluvia.

El divorcio entre la gente y la caja que la contiene es evidente. Córdoba viene fracasando como ciudad desde hace muchos años por la desidia e ineficiencia de quienes se encontraron justamente con la responsabilidad de sostener la convivencia.