Chile: sin rencores ni amnesia
Sergio Bitar fue ministro con Salvador Allende, Ricardo Lagos y Michelle Bachelet y uno de los articuladores de la Concertación. Cree que el desafío de hoy pasa por igualdad e inclusión, aunque asume que la historia personal de las dos principales candidatas enmarcará las presidenciales del 17 de noviembre en su país.
"El cuerpo de la sociedad chilena no cabe en el traje de la institucionalidad actual, que tiene un pivote muy rígido que la dictadura de Pinochet impuso con la Constitución de 1980. Esa Constitución tiene una ilegitimidad de origen y una suerte de candado que hace imposible su reforma. La ciudadanía quiere un cambio que se expresa con la necesidad de otro sistema electoral y, por lo tanto, demanda otra Constitución también. En lo económico se necesita una reforma tributaria para un nuevo pacto fiscal, que asegure un instrumento más potente para la igualdad. Y en tercer lugar, hay que acentuar una reforma educacional para la que también se tengan más recursos públicos y se hagan muchos más esfuerzos desde el nivel preescolar a la educación superior, con un rol del Estado que articule mecanismos para mejorar la calidad de la enseñanza". Las definiciones pertenecen a Sergio Bitar ingeniero y político que fue ministro de Minería de Salvador Allende unos meses antes del funesto golpe del 11 de septiembre de 1973 y luego ocupó las carteras de Educación, en el gobierno de Ricardo Lagos, y de Obras Públicas, con Michelle Bachelet. Su trayectoria política, interrumpida por un año de prisión y una década de exilio en los años de plomo, incluyen su desempeño en el Senado y la fundación y dirección del Partido Por la Democracia, uno de los integrantes de la Concertación que gobernó Chile entre 1990 y 2010 y por cuyo regreso a La Moneda ahora trabaja.Tras disertar en un foro organizado por la Unión Industrial de Córdoba, Bitar dialogó con La Voz del Interior sobre el presente de su país. –¿Es tiempo de reformas institucionales en Chile? –Este es el nuevo ciclo y así lo entendemos. Michelle Bachelet es capaz de interpretar el nuevo ciclo y dar los impulsos a las reformas de más envergadura, pero ¿podría hacerlo con una limitación institucional que nos impide tener las mayorías parlamentarias? ¿Está la derecha dispuesta a abrir esa válvula y no cerrarla a las reformas? Porque si la cierra se va a ir por caminos extraconstitucionales que no convienen al país. Nuestra apuesta es el camino institucional, siempre y cuando la derecha saque el candado. También puede uno preguntarse: ¿está el país preparado para entender que las grandes transformaciones que vamos a hacer no se hacen en cinco minutos, que las grandes apuestas van a requerir mucho más que los cuatro años que dura un gobierno? Esos son los grandes desafíos de hoy que obligan a tener por lo menos dos grandes planes: un programa que permita avanzar y acuerdos con la derecha para destrabar lo esencial. Tenemos una coalición de centroizquierda que se ha ampliado y debe mantenerse cohesionada, pero esa coalición muestra también fatiga y sin ella no tenemos la fuerza para empujar. –Estos desafíos se dan en Chile a 40 años del golpe que derrocó a Salvador Allende y a 25 años del plebiscito que dijo No a la continuidad de Augusto Pinochet, con un pasado reavivado por la historia de personal de las dos principales candidatas para las presidenciales del 17 de noviembre… –Y nos toma con un gobierno de derecha, aunque el presidente actual es más bien de una familia demócrata cristiana antes que representar a la derecha dura chilena. No es el caso de Evelyn Matthei, quien representa la tradición pinochetista. Sebastián Piñera votó el No a Pinochet y así lo dijo, mientras que Matthei votó que Sí en 1988. Ella representa a un partido, la Unión Demócrata Independiente (UDI) que es mucho más pinochetista que Renovación Nacional (RN) de la que proviene Piñera. ¿Cómo la historia de hace 40 años se proyectará en esta elección? ¿Qué pasará con estas dos mujeres, ambas hijas de dos generales de la fuerza aérea, uno torturado y muerto y el otro jefe de las Fach, cuando el primero murió? Son fenómenos que van a estar de manera muy potente o subliminalmente en el debate, aun cuando no se los explicite y no es nuestro interés hacerlo. Pero sí, la gente va a saber que está el dilema democracia o dictadura allí presente, aun cuando el nuevo ciclo no es ese, sino si podemos avanzar hacia una sociedad con más participación y más igualdad, que son los dos grandes déficits por los que la sociedad chilena demanda. La sociedad se ha sacudido después de 2010, el movimiento estudiantil fue impresionante con su movilización amplia y persistente y hay un gobierno que no ha podido reaccionar o adaptarse; aunque confieso que si hubiéramos estado nosotros, nos habría costado igual. ¿Estamos en condiciones de enfrentar ese nuevo fenómeno? Ese es el desafío y Michelle Bachelet es la mejor carta. –La coalición de centroizquierda se amplió con los comunistas, pero usted habló de signos de fatiga, ¿aludía a Marco Enríquez Ominami y su sector, que sacó votos importantes en 2009? –Si uno mira hacia la izquierda de esta "Nueva Gran Mayoría", lo que queda son grupos que antes estuvieron con la centroizquierda. Por lo menos seis de los siete candidatos inscriptos aparte de Bachelet y Matthei estuvieron antes con nosotros. Ello demuestra un proceso que hace que grupos que ya sintieron que el miedo se desvaneció y la democracia se instaló, pueden apostar a aspiraciones más radicales. Esos grupos, inclusive a Enríquez Ominami son pequeños. Marco no representa lo de la otra vez, cuando era una vertiente de la propia Concertación que se renovaba. Hoy en día no aceptó ni siquiera una primaria y hubo condiciones y una ley que la garantizaba absolutamente. Pienso que ha habido un cierto narcisismo y una testarudez que a mi juicio no está a la altura de lo que uno debe esperar de un dirigente político como él, que es una persona inteligente y a quien uno aprecia. Él no cree en las fuerzas de centroizquierda, considera que los que integramos esta coalición y ahora la Nueva Mayoría son partidos que no tienen capacidad de renovarse y por tanto hay que destruir lo que hay. Los que estamos en política hace mucho tiempo sabemos que los partidos no se destruyen y el camino es muy largo cuando pretendes destruir lo que hay antes de renovarlo, porque pueden pasar 40 años más, mientras gobiernan los sectores conservadores. La alianza RN-UDI que gobierna Chile es reflejo de una derecha fuerte. –Las primarias mostraron una caída de la Democracia Cristiana frente a otras fuerzas de la coalición. ¿Pueden votantes democristianos migrar a la derecha si no se sienten representados? –Tanto el Partido por la Democracia (PPD) de Lagos, al que pertenezco, como el Partido Socialista (PS) de Bachelet, trabajamos siempre juntos. Los dos pertenecemos a la socialdemocracia internacional y reportamos a Bachelet en las primarias pasadas. Pero el resultado en esas primarias de Bachelet no tiene que ver ni con el PS o el PPD, ni el resultado de la DC con su precandidato. Acá hay un fenómeno que es Michelle Bachelet, y el partido que quiera vestirse con los resultados de ella comete un serio error. Los partidos chilenos están débiles y hay que tener claridad para ver que si ella no estuviera en el escenario político estaríamos desnudos frente a una sociedad que nos demanda mucho más. Por lo demás, un demócrata cristiano no va a ir a votar por la hija de un general de la junta militar, que es dirigente del partido más cercano a Pinochet y representa el pensamiento de la derecha más conservadora. El riesgo para nuestra coalición no es esto sino la abstención; que la gente considere que Michelle Bachelet está ya segura. Como hicimos una reforma que transformó al voto en voluntario –en la cual yo participé y ahora me arrepiento–, vamos a ver qué ocurre.
Nuestras primarias fueron una señal de esperanza. Pensábamos en un millón de votos o 1,2 millón (el 10 por ciento del electorado), pero se llegó a tres millones de votos. Dentro de esa votación, la participación de la gente que votó por Nueva Mayoría fue de 2,2 millones y la de la derecha, 800 mil. Bachelet concentró casi el 75 por ciento de los 2,2 millones, de manera que ella sola sacó un millón y medio de votos, el doble de lo que reunieron los dos candidatos de derecha juntos. Ella había sido objeto de un fuerte ataque por su supuesta responsabilidad en no prevenir el tsunami y sus consecuencias tras el terremoto de 2010. Pero pese a los ataques injustos, en la zona donde más se la denostó y donde hubo muertos por el tsunami, Bachelet sacó el 80 por ciento de los votos en total. Todos estos indicadores nos hicieron ver que estamos ante un fenómeno político nuevo. Yo no he visto algo así en toda la historia de Chile. Los presidentes chilenos se eligen por voto universal desde el año 1925. Nunca un gobernante elegido tras la Constitución del '25 ha sido reelegido. Este sería el primer caso. –Sería también histórico que gane en primera vuelta. ¿Cree en un triunfo sin necesidad de balotaje? –Tengo dudas, aunque sería muy bueno porque nos daría más tiempo para prepararnos y afinar los programas hasta asumir el 11 de marzo. La elección es en noviembre y, si hay segunda vuelta, entiendo que sería el 12 de diciembre. Se aprobó un adelanto de la votación que era en diciembre y con balotaje en enero. Ocurría que la gente de más dinero salía de vacaciones en ese período y entonces quienes representan a esos sectores llevaron a cabo esa reforma como prioritaria, en vez de darle el voto a los chilenos en el exterior, o cambiar el sistema electoral… Esta es la "gran reforma política" de Piñera, adelantar un mes las elecciones para que salgan de vacaciones los más ricos. Sobre su pregunta, si es en primera vuelta, mejor; aunque puede darse un escenario en el cual la derecha con Matthei, pese al rechazo que tiene, arribe a un 40 por ciento. No olvidemos que, en su momento, Pinochet sacó un 43 por ciento y estamos ante una derecha dura. Si llega a un 40 por ciento y los otros siete aspirantes de partidos chicos llegan alcanzan el 15 o simplemente más del 10, iríamos a segunda vuelta. –Como protagonista de diferentes épocas de Chile, ¿qué lo ha marcado más y cómo ve el futuro de su país? –Yo me siento privilegiado, a pesar de haber sufrido el exilio de 10 años y la prisión de más de un año, o la muerte de mis amigos y la destrucción de la institucionalidad chilena. Me siento privilegiado por pertenecer a una generación que soñó y trató de construir un país distinto en la década de los SSRq 60, con (Eduardo) Frei Montalva una parte de los nuestros, y con (Salvador) Allende, de quien fui ministro. Fuimos capaces de enfrentar a la dictadura, a pesar de las muertes, las torturas y los exilios. Capaces de levantarnos, organizarnos políticamente, representar el sentimiento de la mayoría; derrotar a la dictadura por vía institucional, crear partidos y construir una coalición que gobernó 20 años y dejó el mejor período para la historia de Chile y hoy está en condiciones de nuevo de continuar empujando. Ahora viene un impulso mayor porque es una sociedad con más educación, más riqueza, con más conciencia de sus derechos y más capas medias. Me siento privilegiado de poder haber participado en todas las posiciones, salvo candidatura presidencial, en esta tarea. Eso significa también que hemos aprovechado nuestras experiencias. La Concertación es hija de la Unidad Popular y de la dictadura, en el sentido de que aquellas sirvieron para demostrarte que si no tienes una coalición grande no puedes hacer reformas. Que más vale hacer sucesivas reformas que un intento de revolución que te haga retroceder. Que debes tener un manejo de la economía eficiente para poder sostener un crecimiento y una contención de la inflación y, por esa vía, poder aumentar la inversión y hacer política social. Que puedes combinar lo que parece la regla de oro de las transformaciones: avance democrático, con más justicia social y con crecimiento económico. Los tres no son incompatibles y el arte de la buena política y el buen gobierno es combinar los tres. Nosotros lo logramos en buena medida… Nos quedamos más atrás en la parte del perfeccionamiento democrático por las rigideces de la Constitución de Pinochet y porque nos fuimos poniendo remolones después de 20 años. Por eso este empuje de los jóvenes es positivo. Esas enseñanzas las tenemos y yo soy un ferviente reformista y estoy convencido de que tenemos que poner la prioridad en las reformas institucionales. La sociedad chilena se desarrolló, pasó de 15 años a 30 y tiene la misma ropa. Con algunos ajustes, hemos ensanchado el cinturón un poquito, a las mangas las alargamos, pero hay que ir a una Constitución hecha en democracia, que sea el fruto de lo que es el Chile de hoy mirando a fines del siglo 21. Que no sea la rémora de una dictadura, con todos los parches que le pusimos. –La mayor virtud y el peor defecto de Chile… –(Piensa….) Diría que la mayor virtud es una vocación por el cambio enorme. El mayor defecto es la desigualdad y la segmentación y la conciencia de eso, que no se traduce en las acciones que corresponden. –¿Cómo ve a la región? –No puedes hacer política si no tienes mirada a largo plazo y esa mirada no es global o planetaria. No se puede hacer política nacional al estilo antiguo. Veo una América latina que tiene ventajas clarísimas que son tres y desventajas clarísimas que son otras tres: Entre las primeras: es una zona de paz, aun cuando haya violencia intra-estatal, pero no la hay entre estados. Eso está instalado y vale mucho en el mundo de hoy. Segundo, que puede ser una zona, si no de excelencia, por lo menos de bastante aceptabilidad democrática. Lo tercero son las grandes ventajas en materia de recursos de gente, de agua, energía y tierra, que son escasos en todos los escenarios globales. ¿Sus tres debilidades? Una importante es que en materia de productividad, es una sociedad atrasada, que cree todavía que basta con los equilibrios macroeconómicos que instalamos en los años '90 y 2000 en materia fiscal, monetaria o de balanza de pagos. La productividad significa una acción mucho más enérgica del Estado con empresarios, trabajadores, universidades y centros de investigación. Aquí tenemos esfuerzos aislados, no hay una visión integral. En segundo término, América latina tiene un gran rezago social. Con estos niveles de desigualdad no hay confianza, no hay inclusión, no hay capital humano y por lo tanto no puedes dar el salto en productividad ni en democracia. Y el tercer gran factor es institucional, cultural, y debe atender a los fenómenos globales nuevos de multipolaridad y de empoderamiento ciudadano a través de tecnologías y educación de las clases medias, que hacen mucho más difícil gobernar que antes. Todo ello nos obliga a un reforzamiento de las estructuras regionales. Hay que advertir esta dualidad de Alianza del Pacífico y Mercosur que puede ser muy estúpida si se plantea como disyuntiva, porque hay que integrar todo en un mundo globalizado en el cual todos juntos todavía somos chicos. En el campo interno, necesitamos transparencia y confianza, agregando mecanismos de participación que hoy no tenemos organizados, para encauzar los movimientos sociales de manera ordenada y sistemática, porque el asambleísmo no funciona en ninguna parte del mundo, hasta Lenin lo cortó temprano… –¿Guarda rencores por las circunstancias personales que le tocaron vivir? –No guardo rencor, pero tampoco sufro de amnesia. Si tuviera rencor no podría dedicarme a la política y construir un país mejor. Pero debes tener presente lo que ocurrió para garantizar la convivencia.

