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Arriaga, un alto en el camino

18 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Arriaga, un alto  en el camino

"¡Tuvimos un día muy caluroso!", me dice Hernán Santiago (nombre ficticio que doy al joven salvadoreño) al mismo tiempo que busca acomodarse lo mejor posible en el techo del vagón. El poblado de Arriaga, bajo un sol abrasador, destella fuego a nuestros pies. Una hilera de ceibas en flor sirven de protección para los que esperan bajo la sombra. Las vendedoras de quesadillas, cigarrillos y agua vociferan con sus vestidos brillantes, bordados por ellas mismas. Las calles del pueblo –que anoche festejó con licor y mezcal los 100 años de vida– se ven desnudas de gente pero salpicadas de botellas vacías, como una ciudad fantasma. Apenas llegan los ecos de la celebración dominical en la cercana Iglesia del Nazareno, que parecen desvanecerse en el aire tórrido. Hernán Santiago, un hombre robusto, con bigote y barba de días, me comenta que era comerciante en San Salvador. Vivían tranquilos con su mujer y su pequeña hija atendiendo el negocio. Ahora, Santiago se asoma al borde del vagón –como buscando ver si alguien lo escucha– y me dice en voz baja, con la cautela propia de quien lleva tiempo obligado a callar: "Mi vida cambió cuando las maras empezaron a molestarnos. Al principio pagaba el impuesto que me pedían, pero después fueron elevándolo cada vez más. El último tiempo me pedían 300 dólares por quincena. Les dije que no podía pagar esa cifra y comenzaron las amenazas para toda mi familia; la vida se me hizo una tortura. Confieso que tuve miedo, así que cerré el negocio, cambié de domicilio y aquí estoy. No tengo otra alternativa para vivir..." "Voy a viajar en el tren hasta Oaxaca", le comento. "No te lo recomiendo, bro; te robarán. Esto es feo bro, ¡no te creas! Aquí se padecen todos los peores problemas que puedan existir", insiste. Vanas ilusiones. Todos los días, los trenes de carga parten desde Arriaga con dirección a Ixtepec. En los techos de los vagones, como auténticos fugitivos, se apiñan las siluetas de cientos de seres humanos cargados de ilusiones. Todos se parecen: llevan consigo una pequeña bolsa con algunas prendas, "Para cambiarnos cuando lleguemos a un sitio poblado y no ser descubiertos como ilegales". Esos trucos ya son bien conocidos. La policía los hace descalzar. Si bien pueden ostentar una camisa limpia, los zapatos destruidos, los pies hinchados y ampollados delatarán las largas caminatas que han debido realizar entre Ciudad Hidalgo y Arriaga. Sus sufrimientos están estampados en su piel. De tren en tren, de vagón en vagón, viajarán días, semanas enteras, de Chiapas a Oaxaca; luego Lechería, Manzanillo... Pocos saben cuál es la etapa siguiente, aunque algunos hayan hecho el camino dos, tres o varias veces antes. Algunos están convencidos de que "El río Bravo está muy cerca". Ignoran que aún les restan más de tres mil kilómetros para alcanzarlo. Un chico hondureño resume el sentir de todos: "Yo siento que a mi país no lo vamos a arreglar, y hasta que las cosas cambien, no me puedo sentar a esperar".