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América Latina conflictiva y desigual

“Un rico en Brasil o Argentina vive mejor que un rico en Suecia, y eso no puede ser”, dice este especialista en movimientos sociales y explica por qué.

24 de marzo de 2013 a las 12:02 a. m.
Pamela Gómez (Especial)
América Latina conflictiva y desigual
INCERTIDUMBRE. Para Calderón, hay una crisis de los sistemas de representación a escala global.

El sociólogo y especialista en movimientos sociales Fernando Calderón sostiene que los países latinoamericanos comparten un nivel de conflictividad social cuestionado por su ciudadanía. "La gente quiere involucrarse en la resolución de esos conflictos porque no confía en la capacidad de resolución institucional", asegura. Muchos de los nuevos actores políticos, como en el caso de los jóvenes en el Mercosur, eligen participar a través de las redes sociales. Para el especialista, esta sería una buena oportunidad para que se establezcan nuevas formas de democracia, aunque reconoce que no sabe si son posibles.A su vez, subraya las particularidades del modelo económico latinoamericano que, a pesar del crecimiento, mantuvo la desigualdad. "Si bien en América latina bajó la pobreza, sigue siendo el continente más desigual del mundo", dijo. Y explica que se debe, entre otras cosas, a que los niveles de concentración de la riqueza son más altos que en otros naciones. –¿Cómo se origina la conflictividad en América latina? –En Latinoamérica hay niveles de confrontación medios-altos y eso dificulta resolver los problemas en una lógica institucional y negociada. Hay una crisis de confianza y hay una lógica parainstitucional brutal, entonces hay desigualdad, protesta social muy intensa y sistemas institucionales que no procesan los conflictos. No es un problema de los gobiernos, sino de la capacidad de gestión y de la forma en la cual se concibe y se practica la política por parte de todos los actores. Los conflictos en América latina combinan demandas nacionales con demandas globales, la gente no es tonta, sabe que una crisis europea afecta en la economía y el bolsillo. Como no hay una solución nacional, es tan difícil de en­tender y procesar desde la política; se complejiza la sociedad, el conocimiento. Cuando digo "se complejiza" quiero decir que se fragmenta, se multiplica, se hace policéntrica. –¿Por qué en Latinoamérica tenemos una cultura parainstitucional, o sea recurrimos a sistemas de intermediación, para procesar los conflictos? –Porque no pudimos construir instituciones sólidas y legítimas basadas en la confianza. Uruguay es el gran ejemplo a imitar, tienen mucho conflicto (no tanto como en Argentina, Bolivia y Perú) y sin embargo la capacidad de gestión del conflicto es más institucionalizada. Consecuentemente la resolución del conflicto es más seria en su validación, y por lo tanto, afecta el desarrollo y el bienestar de la gente ­mucho mejor. –¿Qué sensación se genera en la población cuando el gobierno de turno minimiza sus reclamos? –Malestar, y vamos a un ejemplo que trabajé: el Informe de Desarrollo Humano en Chile de 1998. Ese estudio llegó a la conclusión que la modernización chilena, que fue relativamente exitosa gracias a la gestión de la Concertación, generó malestar en la sociedad. La pobreza había bajado y los chilenos decían que había aumentado. Esa incomodidad frente a los éxitos del modelo económico generó un malestar cultural en la sociedad y hoy se transformó en un cuestionamiento del modelo y de la gestión política del modelo. La gente quiere resolver problemas no con discursos, sino con resultados concretos. Además quiere estar involucrada en la resolución de los problemas. Hay experiencias muy interesantes, como por ejemplo la de­liberación para construir un presupuesto en Porto Alegre, vi ese mismo ejercicio en Rosario (Argentina), Bogotá, México y en el estado de Kerala (India). –Muchas de las protestas se organizan a través de las redes sociales. ¿Eso desvaloriza el conflicto? –Al contrario, lo legitima de otra manera. Nosotros probamos en un estudio sobre la juventud en el Mercosur que los actores tradicionales en América latina (movimientos obreros, urbanos y campesinos) tienen su promoción en la Red y lo gestionan jóvenes. Hay un cambio en los actores tradicionales, pero también hay una modificación en las nuevas protestas y en los nuevos movimientos. Estos paros que se dieron en Chile y que tienen 70 o 80 por ciento de popularidad, impulsados por los jóvenes, se hicieron por Twitter. –¿Estas protestas sociales deben estar necesariamente asociadas a un partido político? –No, en el momento en que un partido político quiera apropiárselas o dirigirlas, se van a contraer. Hay experiencias diversas: el Frente Amplio (en Uruguay) tiene una red de jóvenes que están cuestionando la cultura política uruguaya y la del propio partido. Otro es el caso chileno; otra es la convocatoria en la Argentina: otro es el "Yo soy 132" en México. Lo que no se sabe es qué capacidad tienen estas protestas en la Red de transformarse en actores genuinos que transforman la demanda institucional en juego y cobren un nuevo protagonismo histórico. A mí me gustaría, pero no sé si es posible. –Teniendo en cuenta el nivel de conflictividad en América latina, ¿se puede decir que la democracia está asegurada en la región? –Nada está asegurado, hay una crisis de los sistemas de representación a escala global. En Europa están a punto de colapsar las democracias mas antiguas; en Estados Unidos, donde el sexo en la política y la corrupción es lo central en la construcción de la novedad política, no está nada asegurado. En América latina lo que se avanzó en serio, y creo que es un logro importante para la región, es que se consolidó una democracia electoral. Hay una legitimidad política basada en las elecciones, y eso es un buen patrimonio de la región, pero es insuficiente. –¿Por qué? –Porque la democracia para hacerse sostenible necesita producir y reproducir el pluralismo político, necesita un sistema de construcción colectiva y en disputa de las distintas opciones de los países de la región. Y necesita la construcción de una comunidad de ciudadanos. En América latina retomamos en estos proyectos neodesarrollistas a­vances de democracia electoral y ciudadanía social. En Brasil 60 millones de personas dejaron de ser pobres y en la Argentina los niveles de pobreza de 2001 cambiaron. Los derechos humanos en la Argentina avanzaron más que en otros países en la región, pero en la construcción de la comunidad de ciu­dadanos es muy débil, eso no está instalado en ninguna parte, incluso en Uruguay que es el único país de América latina donde todavía los partidos políticos tienen prestigio. –En Sudamérica hay quienes hablan de reelecciones indefinidas. ¿Qué opina al respecto? –No hay un criterio universal, puede que no haya sucesión presidencial y no suceda nada, y puede que haya y que no resuelva nada. Voy a responder con un ejemplo: la fuerza política más exitosa de la historia moderna de la humanidad se llama México y se llama PRI (Partido Revolucionario Institucional) y se inició con líderes carismáticos, pero no había sucesión. Por otro lado, en otros países hay sucesión presidencial y mantienen la estabilidad porque es la elección de la gente. Mi inclinación es que tiene que haber un proceso de transformación en los procesos electorales. –¿Somos ingobernables? –No, creo que lo que no conseguimos es construir un pacto de confianza para que estos países se desarrollen, y eso particularmente depende de los actores con más poder. El principal problema de América latina en este sentido no son tanto sus elites políticas como sus elites sociales. Las elites empresariales en América latina son el principal problema de la democracia y del desarrollo; son contrarias a la lógica institucional, al procesamiento del conflicto y a la cultura fiscal. Hay más consistencia ética y moral en los sectores más excluidos que en estos sectores y esto contagia a la elite política. Un rico en Brasil o Argentina vive mejor que un rico en Suecia, y eso no puede ser.