Una cuestión de clases
La mitad de la población argentina es de clase media, según su nivel de ingreso. Pero esta variable no es suficiente para explicar consumo ni pautas culturales, debido a los desfasajes salariales de los últimos años. Desde 2007 se frenó la movilidad ascendente.
A la hora de definir en qué segmento socioeconómico se encuentra cada familia, la herramienta más utilizada es la pirámide, con las clases sociales típicas. Los cambios de los últimos años hicieron, sin embargo, que el nivel de ingreso no sea un claro indicador de pertenencia a un grupo.
¿Cuánto hay que ganar por mes para ser considerado de clase media? ¿En qué segmento están ubicados los cordobeses?
Según la última medición de la Consultora W y Trial Panel, sobre una metodología de la Asociación Argentina de Marketing, los denominados ABC1 (clase alta) son aquellos que viven en familias con ingresos totales superiores a 33 mil pesos mensuales. En el otro extremo, los hogares que ganan menos de 3.100 por mes están en la clase baja (D2/E). La clase media (C2, alta, y C3, típica) se ubica entre 6.700 y 33 mil pesos.
Aunque en los primeros años posdevaluación y de la mano del crecimiento económico se observó un importante fenómeno de movilidad social ascendente, este se frenó a partir de 2007. “Más bien lo que hubo hasta entonces fue una recuperación”, señala Alfredo Schclarek Curutchet, director del Cippes.
Según la última medición de la consultora W, 14 por ciento de la población argentina está en el escalón más bajo, un 32 por ciento se ubica en la clase baja superior (D1) y un siete por ciento está en el tope. Así, 47 por ciento de los argentinos sería hoy de clase media.
Menos de $ 2.000
Según los datos de la última Encuesta Permanente de Hogares (EPH) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), correspondiente al segundo trimestre de 2013, la mitad de los 478 mil hogares del Gran Córdoba vive con menos de seis mil pesos por mes.
En este grupo, el 20 por ciento tiene ingresos que no superan los tres mil pesos. Es decir, algo más de la mitad de los hogares cordobeses se ubica en la clase baja superior y baja (D1, D2 y E).
La consultora local Delfos estima que en 2006, el 24 por ciento estaba en el último escalón, con lo cual hubo una reducción de cuatro puntos en los últimos años.
El 50 por ciento más pobre recibe el 24,5 por ciento del ingreso total del Gran Córdoba, menor al 25,6 por ciento que gana el 10 por ciento más rico.
Si se analiza el segmento superior, apenas un 10 por ciento de las familias cobra más de 14.400 pesos por mes, un monto equivalente a algo más de dos sueldos promedio de Córdoba.
Según el Indec, el ingreso promedio de este decil es de 20.353 pesos mensuales.
Según diversos estudios de marketing, la mayoría de los argentinos dice pertenecer a la clase media.
Sin embargo, ese dato por hogares esconde una desigualdad aún mayor: las familias más pobres son las que tienen mayor cantidad de hijos u otros familiares. Para eliminar esta distorsión, se utiliza el ingreso per capita familiar (el monto total del hogar se lo divide por la cantidad de miembros).
Según este indicador, la mitad de los cordobeses vive con menos de dos mil pesos por mes, más exactamente, 1.975 pesos.
Aquí hay diferencias muy notables según el escalón de cada uno. El 20 por ciento de la población no recibe más de mil pesos por mes. Si, por ejemplo, todas fueran familias de cuatro miembros su ingreso total no superaría los cuatro mil pesos. Es el nivel que marca el piso de la línea de pobreza para una familia tipo, según el Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes).
En el otro extremo, menos del 30 por ciento de la población (parte del decil 8, el 9 y el 10) vive con más de tres mil pesos por mes por persona.
Dentro de este grupo, en el decil más alto, donde se ubican las personas que perciben el 27,3 por ciento de todo el ingreso del Gran Córdoba, cada uno vive con más de 4.500 pesos mensuales. Para una familia tipo, serían más de 18 mil pesos.
Pirámide desestructurada
Más allá de cuánto gana cada persona y cada familia, hay un dato no menor a tener en cuenta. Tener un determinado nivel de ingreso no asegura el acceso a determinados bienes y servicios.
“Las clases sociales ya no están explicando el consumo”, advierte Fernando Moiguer, titular de Moiguer, Compañía de Negocios. Esto obedece a un “desarme de la estructura salarial” que se produjo en los últimos años.
“Por un lado, se ha transformado al Estado: el 55 por ciento de las familias reciben ingresos del sector público (trabajo o subsidios). Eso implica menos desocupación, pero no hay productividad”, remarca.
Por otra parte, un tema muy importante es la distorsión de la escala salarial en el sector privado (sumada a la distorsión por la inflación). “Los salarios de algunos sectores no se condicen con su clase social. La educación tradicional ya no es un vector de movilidad social”, dice. Por ejemplo, un camionero o un basurero tienen sueldos superiores a muchos profesionales; estarían más arriba en la pirámide, aunque su patrón de consumo (de todo tipo, desde cultural hasta de bienes) no sea consecuente.
¿Por qué mira el consumo? Porque consumir expresa la ciudadanía. “Todos los niveles consumen (sólo cambia el set), y el consumo cambia el humor social”, dice. Según un estudio de Moiguer, mientras más se consume, mejor se ve la situación personal y también, la del país y la imagen del Gobierno.
Ciudadano consumidor
Según un estudio de Moiguer, el consumo marca el humor social. En septiembre, la imagen positiva del Gobierno era 39% en la clase alta, 27% en la media y 33% en la baja. Pero entre quienes habían realizado tres o más gastos (bienes semidurables o salidas), ascendía a 64%; con 2 gastos, a 38% y con uno o ningún consumo, menos de 30%.
La educación y el nivel socioeconómico
Tradicionalmente, la educación fue un factor de movilidad social ascendente en Argentina. Las familias más pobres aspiraban a que sus hijos estudiaran una carrera para poder subir en la escala social.
Hoy, ese paradigma se quebró. Desde lo que sucedía décadas atrás cuando profesionales conducían taxis, hasta hoy en que ocupaciones de bajo nivel educativo (obreros de baja calificación de determinados sectores) tienen salarios de convenio superiores a algunas actividades que requieren estudios universitarios, según explica Fernando Moiguer (ver nota central).
De todos modos, la baja educación y la pobreza impactan en la sociedad y en la economía.
En los sectores sociales más bajos, de la base de la pirámide, el nivel educativo es cada vez menor.
Alfredo Schclarek, del Cippes, señala que la pobreza en la niñez es de alrededor de un 40 por ciento. “Esto nos da una pauta de que en el futuro, cuando estos niños estén en edad de trabajar tendrán bajos niveles de educación, salud y problemas de nutrición. Tendremos una fuerza laboral de baja productividad”, advierte.
Según un análisis de los economistas Julián Kozlowski y Andrés Neumeyer, en el primer quintil (el 20 por ciento más pobre de la población), los hogares tenían un promedio de 8,8 años de educación y en el segundo quintil, 9,7 años. Es en estos tos hogares donde se concentra la mayor cantidad de niños. En cambio, en el último quintil (el 20 por ciento más rico), los miembros suman un promedio de 13,7 años de educación.

