Los dos mundos de Monsanto
En un par de semanas, comenzará la venta de Intacta, la soja más avanzada que desarrolló en su historia, en la que Argentina ocupó un rol clave. También convive con conflictos por los transgénicos en el mundo.
“Buscamos que el poder reconozca nuestros avances. Agradezco y estoy orgulloso porque Argentina, Paraguay y Estados Unidos hayan ayudado a llevar Intacta a China”. Pocas veces una frase breve encierra tantas definiciones juntas. Mezcla intereses comerciales, polémicas científicas, relaciones internacionales, posicionamientos políticos y un nuevo orden –que puede gustar o no– en materia de seguridad alimentaria.
El autor es Brett Begemann, presidente y CEO comercial de Monsanto. Fue dicha a mitad de esta semana y se refiere al producto con el cual la compañía biotecnológica redobló la apuesta por la soja transgénica e involucra nada menos que a las dos potencias globales en un mapa donde fue decisiva la participación argentina.
Con la Unión Europea férreamente cerrada a los productos agropecuarios manipulados genéticamente –no así sus productores, que en países como España comenzaron a sembrar maíz–, el mundo de Monsanto tiene dos frentes claramente visibles. Por un lado, agitando la bandera de que con igual cantidad de agua y de tierras arables este planeta necesitará alimentar a nueve mil millones de personas en 2050, avanza en la investigación y producción de tecnología para la elaboración de semillas resistentes a herbicidas e insecticidas, de modo de incrementar los rindes.
Por otra parte, las polémicas políticas y científicas que estas acciones disparan. El principal forcejeo se libra en Europa, donde Monsanto, en cierta forma, aceptó la derrota porque, tras varios años de batalla e inclusive de haber obtenido dos fallos favorables en la Corte francesa, decidió levantar los expedientes pidiendo regulaciones para sus productos.
En el cuartel general de Saint Louis, estado de Missouri, consideran que ya no quedan razones científicas atendibles para cuestionar la combinación del uso del glifosato y la modificación genética que combate insectos (como el barrenador del tallo) en las plantas de maíz y, por ello, alientan que las regulaciones internacionales tengan bases científicas y no políticas.
Es más, las conclusiones de uno de los más fervientes detractores del maíz transgénico, el francés Gilles-Eric Séralini, quien detectó cáncer en ratas alimentadas a lo largo de dos años con ese producto, fueron rechazadas desde lo más alto de la ciencia del país galo. De inmediato, los científicos que asumieron esta postura fueron acusados por organizaciones ambientalistas europeas de estar comprados por Monsanto.
Forcejeos como este se repiten en otros lugares del planeta. En Córdoba, la construcción de la planta de semillas de maíz híbridas, cuya primera etapa se finalizaría a fin de año, es rechazada por organizaciones ambientalistas, algunas con antecedentes respaldados judicialmente, como el caso de las Madres de Barrio Ituzaingó.
“La regulación en la aplicación del glifosato es algo con lo que estamos totalmente de acuerdo, en parte, porque comercializamos solo el 40 por ciento del consumo total, pero nos hacen responsables de todo”, comenta Pablo Vaquero, el titular de la empresa en el país.
Por ello, la apreciación de Begemann sobre el rol que le cupo a Argentina –país que visitará en septiembre, junto con Brasil– en la aprobación de la soja Intacta RR2 Pro en China, desgrana un significado singular en el uso de los transgénicos.
El colombiano Juan Ferreira es un ejecutivo clave en la estructura de expansión de Monsanto y está acostumbrado a lidiar con el conflicto en la Comisión Europea. En diálogo con La Voz del Interior , reclamó un rol más decisivo de los políticos en la defensa de estas tecnologías.
“Hay que tomar una posición de liderazgo y decir: son ciencias, tienen 15 o 20 años en el mercado, no han producido ningún tipo de efecto negativos, son muy positivos para la producción agrícola. Hay que tomar estos argumentos y enfrentarlos con los electores”.
Pero no se refería a la Argentina, sino a Europa y, en parte, a México, que resiste el acceso del maíz BT en defensa del cultivo tradicional. Para la Argentina sólo hay palabras de agradecimiento en el entorno de Begemann, especialmente, con el presidente de la Cámara de Diputados de la Nación, Julián Domínguez.
Este dirigente kirchnerista gestionó personalmente ante funcionarios de primer nivel del gobierno chino la aprobación de la soja Intacta para ese mercado. Ni siquiera los funcionarios brasileños habían conseguido tanto, dicen en la multinacional.
Con esa “luz verde” de Beijing y la participación de semilleros claves que compran el germoplasma a Monsanto –Don Mario, Nidera, ACA y la marca propia Asgrow–, la multinacional proyecta que, en cinco años, el 60 por ciento (unas 30 millones de toneladas) de la soja producida en el país tendrá la doble propiedad de resistir al glifosato y combatir los insectos.
El mayor rinde emergente (se estima en no menos del 20 por ciento) compensará, en parte, las oscilaciones en los precios actuales de las oleaginosas pero obligará también al productor a formar parte de un circuito estricto en el control de las semillas que utiliza, ya no por cuestiones biogenéticas, sino por algo más terrenal como el pago de la patente.
De paso, el Estado –que acompañó a Monsanto en la tarea de ablandar a China– también embolsará lo suyo.

