La política industrial debe adaptarse a los "nuevos tiempos"
Argentina adopta medidas que ocasionan problemas con países de la región, la política industrial no es efectiva por falta de coordinación y credibilidad, tampoco se da importancia a aspectos sistémicos de la competitividad.
El rol y los instrumentos de la política industrial han sufrido modificaciones en los últimos años de alcance global, asociados a diversos factores. En primer lugar, dados los avances materializados desde la teoría de política económica, que reconoció la existencia de externalidades de información y de coordinación e incorporó conceptos como el de "competitividad sistémica", conformada por factores como la educación, el sistema nacional de innovación, el desarrollo del sistema financiero, la infraestructura y una macroeconomía amigable con la industria. Además, la experiencia de las últimas décadas generó un aprendizaje de los instrumentos utilizados, en los cuales se pueden destacar casos exitosos como los de Corea y China, y otros que fracasaron como el de Latinoamérica y África. De hecho, el fuerte incremento de la productividad de los países asiáticos pone en primer plano el requisito de competitividad para quienes deseen promover la industria nacional, dado que deberán competir con estos "tigres". Y, finalmente, la globalización generó restricciones nuevas que no operaban en un contexto previo de economías más cerradas, dado el surgimiento de acuerdos regionales y la aparición de nuevos actores –como la OMC o el G-20–, al tiempo que generalizó las cadenas internacionales de valor. Ahora bien, dado este nuevo contexto en que se enmarca la política industrial a nivel global, cabe preguntarse qué sucede en Argentina. En particular, resulta clave analizar cuáles son las potenciales ineficiencias de la política industrial local para poder plantear lineamientos de política a futuro. En este sentido, se advierte que los instrumentos de política industrial que se utilizan actualmente poseen un exceso de componentes que no se adaptan a los "nuevos tiempos". En particular, en tres aspectos. Por un lado, porque se adoptan medidas que ocasionan problemas en la relación bilateral con Brasil y con otros países, y se carece de una visión estratégica respecto de los acuerdos regionales. Además, existe discrecionalidad y falta de transparencia y no se evalúan los resultados, lo que facilita el oportunismo de los beneficiarios. En segundo lugar, la política industrial actual no es efectiva por falta de coordinación y credibilidad. En la actualidad, no existe un programa global ni una visión integral, de manera que no es posible distinguir si los incentivos que se otorgan en una dirección, no hacen más que compensar distorsiones de política. Un claro ejemplo en este sentido es el de algunas ramas industriales que actualmente gozan de una protección comercial pero que, al mismo tiempo, se ven afectadas dado que no puede importar insumos para la producción. Y finalmente, tampoco se da importancia a los aspectos sistémicos de la competitividad. En particular, dados los desbalances macro que se han ido acumulado en forma creciente, como la existencia de una tasa de inflación instalada cómodamente por encima del 20 por ciento, y de una distorsión importante en los precios relativos. En este último caso, el principal asunto pendiente se encuentra, claramente, en las tarifas energéticas, en el cual el camino a desandar es verdaderamente extenso tras 10 años en que permanecieron prácticamente congeladas. Pero también es evidente el atraso existente en materia cambiaria, máxime teniendo en cuenta que el ciclo de apreciación continua de nuestros principales socios comerciales (y, en particular, Brasil) parece haber finalizado. Obviamente, una devaluación del peso como medida aislada no tendría sentido e, incluso, podría complicar aún más las cosas. Por ejemplo, una devaluación sin que esté acompañada por un ajuste de tarifas agravaría y no mejoraría los déficits fiscal y externo al encarecer las importaciones de combustibles y, con esto, requerir mayores subsidios. Mientras que una devaluación sin corregir el financiamiento del déficit con emisión monetaria no haría más que alimentar mayores expectativas de depreciación. Por otro lado, y en un enfoque de más largo plazo, también será clave encarar el importante déficit que existe actualmente en materia de infraestructura, que no ha tenido un abordaje serio en décadas. Y en este sentido, si bien resulta urgente la situación existente en materia energética, también aparecen deficiencias importantes en otros aspectos fundamentales como los puertos, la infraestructura vial o las telecomunicaciones. En conclusión, dado el nuevo marco existente, se requiere una modernización de la política industrial argentina. En este sentido, es necesario desarrollar un programa global que coordine todos estos aspectos, dado que el otorgamiento de incentivos micro sin la existencia de un plan maestro no constituye una estrategia eficaz, y la política industrial termina siendo una forma de compensar distorsiones creando otras distorsiones.Además, resulta clave mejorar el clima de negocios: sin este componente de "medio ambiente", será difícil que se materialicen inversiones significativas en un horizonte de mediano a largo plazo. Y también será fundamental avanzar en lo sistémico. En este punto, los aspectos más urgentes son el déficit en materia de infraestructura y la existencia de importantes desbalances macro, principalmente en materia cambiaria.
*Ex secretario de Industria de la Nación y director de abeceb.com

